De nuevo, y a raíz de la campaña electoral madrileña (autonómica, aunque en ocasiones parezca que se ha convocado una especie de reválida de alcance estatal), nos encontramos ante un dilema. Es el mismo que atenaza a las fuerzas populares de nuestro país desde otoño de 2017. ¿Como proceder con la ultraderecha? ¿Qué hacer con sus candidatos en los debates? ¿Es acaso mejor ignorarles que rebatirles? ¿Ayuda marginarles a forjar un relato victimista?

Los medios de comunicación, desde El Hormiguero hasta la SER, engrosan sus audiencias con la presencia de la extrema derecha en sus platós y estudios. Los medios digitales, a fuerza de clickbait, hinchan sus visitas web con titulares sobre las propuestas o pasado de los principales representantes de estos sectores. E incluso, su existencia le aporta cierto barniz izquierdoso a periodistas que huelen a naftalina, y llevan años tildando de populista, trasnochado o demagógico a todo discurso que mencione clases sociales, explotación o propiedad.

En cuatro años han ocurrido muchas cosas. Lo que antes podía ser calificado como sectores marginales o nostálgicos, hoy son una expresión de masas. ¿Qué esos sectores existían con anterioridad? Indudablemente. ¿Qué nunca tuvieron la influencia que hoy en día detentan? Es también cierto a todas luces.

La ultraderecha aparece ahora como el metrónomo de la política española. Dice la RAE en su acepción de metrónomo que es la “máquina, a manera de reloj, para medir el tiempo e indicar el compás de las composiciones musicales”. Actualmente, el debate político en el seno del campo popular se centra en como como combatir a la ultraderecha. No en como dar una respuesta de clase a la crisis pandémica (frente al discurso sincronizado de la reacción a escala mundial). Sino de que forma rebatir las propuestas y ocurrencias que va sembrando la reacción. Qué hacer con sus actos y mítines. Si debatir o no con ellos.

Y es que, ni siquiera las expresiones políticas, culturales y sociales abiertamente rupturistas y anticapitalistas (a quienes se les presupone una mayor claridad analítica y una mayor radicalidad propositiva) concuerdan mínimamente sobre el fenómeno de Vox. Esto, y sus riesgos, han sido expuestos por Guillermo Úcar en agitacion.org . Que se lleve casi cuatro años en bucle con Vox evidencia dos cosas:

La primera, la inexistencia de un consenso real sobre qué es la ultraderecha española. Hay quien la califica de derecha fascista o fascitizante. Por el contrario, se plantea que son un fenómeno político diferente del fascismo, pero que permite a este crecer a su sombra. La segunda, la ausencia de una estrategia que se sostenga en el tiempo. No solo al respecto de la ultraderecha, sino sobre qué cuestiones queremos situar en el centro de la agenda.

Ambas cuestiones son manifestaciones directas de la debilidad ideológica de las fuerzas populares. De su papel subsidiario en la actual etapa. ¿A qué se debe esto? No solo a la fortaleza electoral o a la omnipresencia mediática de la ultraderecha. También a que las tendencias socialdemócratas y liberales están “haciendo el agosto” en el combate a la ultraderecha. 

Porque el anticapitalismo y el rupturismo pierden pie constantemente, como consecuencia de esa debilidad antes expuesta. Cada vez que se citan estándares democráticos o de derechos y libertades de la Unión Europea para rebatir a la ultraderecha, se claudica la noción de soberanía. En cada ocasión que se omite la necesidad de transformar radicalmente la estructura de la propiedad en nuestro país (de la vivienda, de las empresas, del agua, la energía o los medios de transporte), se abjura del carácter de clase. Y, cuando frente a la intolerancia y el odio se rememora el carácter abierto y consensuador de Suárez y de la derecha (supuestamente) democrática de la UCD, se engrandece el mito de la Transición española.

Que la reacción española ejerza de metrónomo hace que, por la repetición sostenida en el tiempo de determinadas consignas, en ocasiones tomemos estas como estrategias en si mismas. Quién más y quien menos, hemos lanzado proclamas antifascistas frente a sectores neoliberales. Todos descendemos al mundo de las redes sociales y las consignas. Y algunas de ellas son impecables en su función de conectar con el sentir general. Pero democracia o fascismo, no sitúa a las fuerzas populares como protagonistas. Fija el centro de la respuesta democrática en el liberalismo y la socialdemocracia. Y eso implica aceptar la hegemonía del Régimen del 78.

La hegemonía no es inmutable. Es simplemente una foto fija de las tendencias de fondo que existen en nuestra sociedad. Pero para disputarla, es necesario situar los dos pies fuera del marco hegemónico, aunque a veces introduzcamos alguna mano en él, para atraer y sumar a sectores puntuales a posiciones netamente rupturistas. 

A la ultraderecha se le combate en todos los frentes. En los medios, en las plazas, en los bares y en los hogares. Pero se le debe combatir señalando sus causas y características. Señalando a sus cómplices y aliados. Y oponiéndole una propuesta política contundente. De no hacerlo, corremos el riesgo de no construir un bloque rupturista, sino simplemente una oposición a la ultraderecha.

Miguel M.

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