Xabier Arrizabalo Montoro[1]

El análisis sólo admite una premisa para quienes defendemos como objetivo irrenunciable la emancipación de la humanidad de toda forma de opresión:

la legítima aspiración de la mayoría de la población, la que vive de su trabajo, a la vida digna que hoy es posible gracias precisamente a la productividad de dicho trabajo. No se trata de nada disparatado, se aspira simplemente a tener un empleo digno, alimentación, vivienda, vestido, transporte, acceso a la sanidad, la enseñanza, la cultura y el ocio, etc. Sin embargo, cada día se constata que esa aspiración choca con el infranqueable muro de las exigencias de la rentabilidad, que es la fuerza impulsora de la acumulación capitalista. Es decir, que la legítima aspiración a una vida digna, acorde a las posibilidades materiales hoy disponibles, se revela irrealizable bajo el capitalismo[2]

Dicho de otro modo, lo que preside la situación actual es que las “reglas del juego” propias de la sociedad capitalista (las relaciones de producción) no sólo impiden que la productividad se materialice en una mejora sostenida de las condiciones de vida del conjunto de la población (el desarrollo de las fuerzas productivas), sino que, al contrario, estas condiciones se deterioran para la mayoría y están amenazadas de nuevos deterioros. Es decir, hay procesos cada vez más sistematizados de destrucción de fuerzas productivas.

Como ante una enfermedad, partimos de los hechos que se nos presentan en primera instancia: los síntomas. A continuación, indagamos en el diagnóstico de sus causas y lo hacemos a través del método científico, claro, única forma de hacerlo con rigor, lo que en el terreno social significa el método marxista. Finalmente, de acuerdo con dicho diagnóstico, planteamos el tratamiento, qué hacer.

1. Los síntomas: cuestionamiento de las condiciones de vida de la mayoría de la población

De acuerdo con datos de organismos intergubernamentales, más de 800 millones de personas que pasan hambre[3]. Más de 200 millones de desempleados y más de 450 millones de déficit de empleos, considerando a quienes querrían trabajar pero no tienen empleo, aunque no consten como desempleados[4]. Más de 2 000 millones sin acceso a servicios básicos de agua y saneamiento[5]. Unos 1 800 millones sin alojamiento adecuado[6]. Casi 800 millones de personas adultas que carecen de competencias básicas de lectoescritura[7]. ¿Se trata solamente del mal llamado “tercer mundo”[8]? No, las condiciones de vida de la población trabajadora, en las economías que históricamente alcanzaron cierto nivel de desarrollo, también vienen padeciendo retrocesos y, ciertamente, están amenazadas de mayor regresión, tal y como consignamos enseguida.

En la sociedad capitalista, que es la máxima expresión histórica de las sociedades mercantiles, sólo hay una forma de consumir todo lo necesario, que es comprar y, para comprar, es necesario disponer del dinero -mercancía equivalente general- que sólo se obtiene vendiendo algo. Pero la mayoría de la población no es propietaria de medios de producción, es proletariado. Por eso, no puede producir por sí misma algo vendible y vende lo único que tiene de forma normalmente permanente, su capacidad de trabajar. Y por tanto sus condiciones de vida dependen esencialmente de dos factores, el empleo y el salario.

En relación con el primero, sabemos la lacra del desempleo, con el dato referido de la OIT, que en el caso español alcanza 2,7 millones. Conviene enfatizar lo que significa: a casi tres millones de personas se les niega un derecho tan elemental como es ganarse la vida con su trabajo. Pero ocurre que, además, a ella se añade la lacra de la precariedad laboral. Por ejemplo en Alemania, a menudo presentada como un prodigio de desarrollo, antes de la pandemia ya había un 17% de la fuerza de trabajo padeciendo los llamados minijobs -miniempleos-, contratos a tiempo parcial cuyo salario no puede superar los 450 euros mensuales, pero que en promedio sólo alcanza 291. Un total de 7,4 millones de trabajadores. En Reino Unido, otra economía del “primer mundo”, había ya más 1 800 000 de zero hours contracts, contratos que, como su propio nombre indica, no garantizan ninguna hora de trabajo y, consecuentemente, ningún ingreso. Afectaban a más de 900 000 trabajadores, porque muchos tienen más de uno aunque en otros casos el contrato exige exclusividad[9].

En relación con el segundo, el deterioro salarial es prácticamente constante. Ocurre bajo cualquier gobierno que se subordina a las exigencias del capital financiero. Es el caso del gobierno español actual que, optando por no cumplir su compromiso de derogar las contrarreformas laborales de 2010 y 2012, salvo mínimamente, preserva un marco de relaciones laborales que debilita la posición de los trabajadores, haciendo posible así caídas salariales como la que reconoce la OCDE de 2022, que es del 5,3% (donde había 20 montoncitos de dinero para comprar ya no hay ni 19). Pero el salario no es solamente la remuneración individual que cada trabajador percibe a final de mes, es también el salario diferido (pensiones de jubilación, subsidio de desempleo) y el salario indirecto (sanidad pública, enseñanza pública, etc.). Son salario porque forman parte del producto del que disponen los trabajadores, como consecuencia de su lucha, que logra instituir la seguridad social y los servicios públicos. En todos estos planos coincide la política de gobiernos de distintos colores declarados, porque es la política que impone el capital financiero, a cuyas directrices estos gobiernos se subordinan a través de la UE, que es de hecho una sucursal del FMI. Los recortes en el ámbito sanitario se dejaron sentir trágicamente durante la pandemia. También golpearon en la enseñanza, por ejemplo en ese curso 2020-2021 en el que los centros públicos no garantizaron la presencialidad, mientras que los privados sí, en el caso de los concertados gracias al dinero de todos.

El caso de las pensiones merece capítulo aparte. Conquista histórica de la clase trabajadora, el capital lo pone en el punto de mira y, si puede, lo liquida de forma tajante, como fue el caso chileno durante la dictadura de Pinochet; cuyo resultado son unas pensiones de miseria, que no alcanzan ni el 33% del último salario de los trabajadores ni el 25% del de las trabajadoras, mientras que en el sistema público español ronda el 80% (Arrizabalo, 2023: 413-422). Pero aquí las exigencias del capital financiero no han podido ser impuestas gracias a la lucha de las plataformas en defensa del sistema público, en particular las agrupadas en torno a la Coordinadora Estatal en Defensa del Sistema Público de Pensiones (COESPE). Es una lucha que arranca la ley de 2021 que obliga a realizar una auditoría de la seguridad social -ley incumplida por el gobierno-; una lucha que permite una auténtica revalorización de las pensiones frente a la inflación.

Podríamos extendernos mucho señalando indicadores de lo que hemos llamado síntomas. Pero como son prácticamente innumerables, nos remitimos a Arrizabalo (2014: 463-507), concluyendo este apartado con una formulación que lo resume bien. Desde hace tiempo se pretende naturalizar en la sociedad una auténtica aberración: que la juventud debe olvidarse de aspirar siquiera a alcanzar las condiciones de vida de la generación de sus madres y padres. Efectivamente hoy está ocurriendo eso, pero en ningún caso resulta algo ineluctable, como planteamos en el último apartado.

La productividad del trabajo concretada en avances científicos y técnicos permitiría hoy justo lo contrario, pero bajo la lógica capitalista provoca más y más destrucción de fuerzas productivas[10]. Marx y Engels lo habían expresado con toda claridad ya en 1845-46, en La ideología alemana:

a partir de cierto momento el desenvolvimiento de las fuerzas productivas se vuelve un obstáculo para el capital; por tanto la relación del capital se torna en una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo (…).

Y después Marx (1857-58: 635-636) en los Grundrisse:

(…) En agudas contradicciones, crisis, convulsiones, se expresa la creciente inadecuación del desarrollo productivo de la sociedad a sus relaciones de producción hasta hoy vigentes. La violenta aniquilación del capital, no por circunstancias ajenas al mismo, sino como condición de su autoconservación, es la forma más contundente en que se le da el consejo de que se vaya y deje lugar a un estadio superior de producción social.

2. El diagnóstico: no es el neoliberalismo, sino la naturaleza intrínseca del capitalismo, que le lleva a una suerte de “crisis crónica”

Las cosas no ocurren por casualidad. Hay causas que los provocan y que, obviamente operan más allá de su conocimiento por nuestra parte. La acumulación del capital no se despliega de cualquier modo. Su fuerza impulsora es la rentabilidad -la tasa de ganancia-, cuyo comportamiento no es aleatorio. Marx detecta la causalidad que lo explica: la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia (Marx, 1894: 269-341). Los capitalistas tienden a mecanizar, para aumentar la productividad y así tratar de asegurar su posición competitiva que les permita valorizar su capital efectivamente. Con ello, reducen el peso relativo de la fuerza de trabajo o parte variable del capital, que es la que produce valor nuevo, el plusvalor del que se apropian los capitalistas como ganancias. La tasa de ganancia tiende por tanto a caer. Esta tendencia se puede contrarrestar, en particular aumentando el grado de explotación de la fuerza de trabajo (de donde derivan los problemas sociales actuales), pero no de forma permanente. De modo que es el propio capital el que provoca el problema de fondo para la acumulación del capital. Es decir, el capitalismo es contradictorio o, más precisamente, el capitalismo es crecientemente contradictorio, revelando así sus infranqueables límites históricos.

No planteamos el razonamiento desde ningún punto distinto del que define el capitalismo: los capitales actuando de acuerdo con sus intereses ineludibles, que es su valorización, su medio de vida. Por tanto, no situamos la causa de los problemas actuales en ningún punto diferente al de la naturaleza intrínseca del capitalismo. Esto es: no se trata de una u otra gestión capitalista la que provoca los problemas. Es la ley mencionada. En consecuencia, es imprescindible escapar del fetiche, tan extendido entre muchas organizaciones, de que el problema es el neoliberalismo. ¿Neoliberalismo? ¿Acaso la política que el capital trata de imponer es otra cosa que imperialista? ¿Acaso podría aplicar otra política distinta que el ataque al valor de la fuerza de trabajo, directa e indirectamente, y la eliminación de trabas al saqueo de los recursos naturales? El fetiche del neoliberalismo, identificado con el capitalismo malo, abre de hecho la ilusión de un supuesto capitalismo bueno[11].

La trayectoria histórica del capitalismo está presidida por dicha ley, que permite entender en particular los episodios recurrentes de crisis, dado que, cuando los factores contrarrestantes no operan de forma suficiente, la tasa de ganancia cae efectivamente y el proceso de acumulación se ralentiza, se bloquea. Es decir, la crisis. A las crisis se les atribuye un carácter terapéutico, en tanto que al provocar la destrucción de los capitales menos rentables, sanearía la situación de los demás. Nunca fue así, a las crisis les acompañaban procesos de expansión colonial que expandían el mercado, esto es, en donde los capitales verifican su valorización. Con todo, en algunas regiones el capitalismo hizo posible un proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, en torno a la industrialización, la urbanización, los grandes medios de transporte y, por sobre todo, la conformación de la clase trabajadora. Desarrollo en todo caso no idílico, ya que se basaba, inevitablemente, en la explotación laboral y en el saqueo colonia.

Pero eso acabó hace mucho. A principios del siglo XX, un economista burgués, Hobson, aborda la cuestión del imperialismo. Identificándolo con la expansión colonial, plantea que se trata sólo de una opción entre otras: en particular porque se podría ampliar el mercado, objetivo del imperialismo, a través de una buena distribución de la riqueza, como si la “mala distribución” fuera ajena a las exigencias del capitalismo. Después de distintos estudios al respecto, en 1916 Lenin caracteriza el imperialismo de una forma plenamente certera: el imperialismo no es una opción, sino un estadio histórico al que el capitalismo conduce inevitablemente, su último estadio (Arrizabalo, 2014: 191-196). Un estadio que se concreta, en particular, en la conformación del “gran capital”, grandes masas de capital bajo un mismo control: el capital financiero. Y en la conformación del mercado mundial que hoy, pese a que pueda parecernos grande, en realidad es pequeño, respecto a las necesidades de los capitales: “mientras que la fuerza productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados avanza, en el mejor de los casos, conforme a una progresión aritmética[12].

Esto permite entender la sucesión de crisis en la que no se intercalan periodos realmente identificables como expansivos. ¿Cómo caracterizar esta situación?

Sin cuestionar la noción de crisis asociada a los momentos de interrupción del proceso de acumulación, que se expresan en la caída o estancamiento del PIB, se necesita caracterizar también el significado de la ausencia de periodos intermedios realmente expansivos. A nuestro modo de ver esta situación puede formularse como la crisis crónica del capitalismo que, ciertamente, excluye toda ilusión de un capitalismo cíclico en el largo plazo y, por tanto, susceptible de impulsar nuevos redespliegues progresivos (Arrizabalo, 2023: 21-22)[13].

El último medio siglo de la economía mundial se puede sintetizar en la secuencia crisis-ajuste-crisis. Es decir, ante la crisis que estalló en los primeros setenta, aunque ya incubada previamente, se responde con la política de ajuste fondomonetarista que no sólo no logra abrir un periodo expansivo, sino que, de hecho, contribuye a que la economía mundial desemboque en una nueva crisis, la que estalla en 2007. Y desde entonces, una secuencia de crisis sucesivas a las que el capital siempre pretende dar una explicación ad hoc de carácter ajeno al capital.

Así, los propagandistas del capital alegan que la causa última de la crisis de 2007 es la desregulación financiera, como si esta desregulación no fuera una de las exigencias del capital. Ocultan que la causa del terrible impacto de la pandemia, con 14,9 millones de muertos según la OMS[14], está ligada a esas mismas exigencias, concretadas en los ataques a los sistemas públicos de salud. Pretenden convencer de que la causa de la inflación son los generalizados aumentos salariales, como si estos hubieran ocurrido efectivamente. Promueven por todos los medios que la causa de la guerra de Ucrania es responsabilidad única del régimen de Putin -ciertamente contrario a los intereses de la clase trabajadora- y no, en lo esencial, a la pugna por el mercado entre la oligarquía rusa y las multinacionales estadounidenses, ambas parasitarias y respaldadas respectivamente por el Estado ruso y la OTAN a través del régimen títere de Zelensky. En definitiva, la guerra como otra expresión más, pero especialmente grave, de la dislocación del mercado mundial en curso[15].

No son crisis por causas ajenas al capitalismo, sino que, al contrario, es el capitalismo lo que provoca las sucesivas crisis:

El capitalismo no es reformable porque sus problemas los provocan las propias leyes que lo rigen. Unas leyes que lo llevan inexorablemente a una trayectoria cada vez más contradictoria, que provoca una destrucción económica y regresión social incompatibles con la preservación de las conquistas democráticas. Es decir, provoca una sistematización cada vez mayor de procesos de destrucción de fuerzas productivas (Arrizabalo, 2023: 21).

Es la crisis crónica del capitalismo, que no excluye vaivenes puntuales, en tal o cual región o país, pero cuya tendencia de fondo es el camino a la barbarie cada vez mayor que los datos consignados reflejan y del que la guerra es una de sus mayores expresiones junto a la desvalorización de la fuerza de trabajo (guerra incluso en Europa, región supuestamente ejemplo de “capitalismo bueno”).

3. El tratamiento: la organización política independiente de la clase trabajadora para defender incondicionalmente, hasta el final, sus legítimas aspiraciones

El diagnóstico de los problemas conduce al tratamiento. ¿Qué hacer? Puesto que los problemas no son el resultado de tal o cual forma de gestión capitalista, sino que proceden de la naturaleza intrínseca del capitalismo, no tiene ningún sentido culpabilizar al “neoliberalismo”, depositando ilusiones en otra política económica, como si acaso fuera posible bajo el capitalismo. Lo único que tiene sentido es actuar de forma consecuente con el punto del que parte este texto: las aspiraciones legítimas de la mayoría, que es la clase trabajadora, concretadas en las correspondientes reivindicaciones (empleo, salario, vivienda, etc.). Como no hay salida individual, toca organizarse. Pero sólo hay una forma de organizarse para luchar por dichas aspiraciones, que es de forma incondicional. Es decir, no aceptando someter las aspiraciones a ninguna condición. Ni objetivos macroeconómicos (déficit, deuda), ni autoridad burguesa alguna (monarquía, UE, OTAN). Tampoco marco legal burgués alguno (constitución, etc.).

Incondicionalmente y, por tanto, hasta el final, lo que inevitablemente implicará expropiar a los expropiadores de trabajo ajeno, para avanzar en el camino de una sociedad sana, una sociedad comunista. ¿Cómo se prepara ese camino? En particular, ¿cómo puede la juventud de la clase trabajadora luchar por sus legítimas aspiraciones, que son el empleo digno, el acceso a la enseñanza, la vivienda, la cultura, etc.? Organizándose de la forma más amplia para, concretadas estas aspiraciones en reivindicaciones ganables, que logradas pavimentan el terreno para avanzar en la organización y así sucesivamente. Un ejemplo lo ofrece la lucha en defensa del sistema público de pensiones. Ante la ausencia de los sindicatos, la clase se ha organizado a través de plataformas, coordinadas en particular en la Coordinadora Estatal en Defensa del Sistema Público de Pensiones, cuya consigna principal es clave: gobierne quien gobierne, las pensiones se defienden. Esto es: las reivindicaciones son innegociables.

Otro ejemplo, trágico, es la guerra en Ucrania, es decir, la guerra contra el pueblo ucraniano, que es también contra el pueblo ruso y contra todos los pueblos de Europa y el mundo, aunque obviamente sea en diferentes formas e intensidades. ¿Qué se puede hacer? Como señala el llamamiento “Alto a la guerra”[16]:

La guerra que se está desarrollando en Europa tiene ya sus consecuencias políticas y económicas en todo el mundo. Supone la amenaza de un peligro mortal para todos los pueblos de Europa y de todos los continentes.

Para preservar a la humanidad, hay que detener esta marcha hacia la barbarie. La guerra de Putin, como la de la OTAN a cargo de Zelenski, no es nuestra guerra. No estamos en guerra con el pueblo ruso ni con el pueblo ucraniano. Queremos la paz para el pueblo ruso y para el pueblo ucraniano.

Lamentablemente, el gobierno español, como todos los gobiernos que se someten a las exigencias del capital financiero estadounidense, que es el dominante, orienta su intervención al dictado de la OTAN. Así, aumenta el gasto militar presupuestado un 26%, mientras sigue habiendo graves carencias en materia de sanidad y enseñanza públicas, etc. En este terreno la defensa incondicional de las reivindicaciones contiene la exigencia de que se detengan las sanciones, el envío de armas, que el presupuesto militar se destine a gasto social. Lo que sólo podrá lograrse mediante la actuación de la clase trabajadora organizada, de forma plenamente independiente de todo compromiso con todas y cada una de las instituciones del capital, en primer lugar sus Estados. Como concluye el llamamiento mencionado:

¡Lanzamos un llamamiento a todos los trabajadores y militantes de Europa a unir sus fuerzas para detener este engranaje mortal y esta carnicería y por el cese de la guerra y un alto el fuego inmediato!

Bibliografía

  • Arrizabalo, Xabier (2023); Capitalismo y economía mundial, IME, Madrid, 3ª edición.
  • Arrizabalo, Xabier (2023); Chile: milagro o quimera (Significado histórico del modelo económico de la dictadura a 50 años del golpe), IME, Madrid, 2ª edición.
  • Arrizabalo, Xabier (2018); Enseñanzas sobre la Revolución rusa, IME, Madrid.
  • Engels, Friedrich (1890); “Carta a Bloch”, en https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/e21-9-90.htm
  • Gill (1996); Fundamentos y límites del capitalismo, Trotta, Madrid.
  • Lenin (1916); “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, en Obras escogidas en doce tomos, tomo V, Progreso, Moscú, 1976.
  • Luxemburg, Rosa (1925); Introducción a la economía política, Siglo XXI, 1972, Madrid.
  • Marx, Karl (1867-1894); El capital (Crítica de la economía política), Siglo XXI, Buenos Aires-Madrid-México, 1975-1981, 8 vols.
  • Marx, Karl (1859); “Prólogo”, en Contribución a la crítica de la economía política, Siglo XXI, México, 1980, págs. 3-7.
  • Murillo, Francisco Javier (2019); El milagro económico español. Dinámica salarial e impacto sobre la estructura de propiedad, Maia, Madrid.
  • Trotsky (1923); «La curva del desarrollo capitalista», en VVAA (1979); Los ciclos largos: ¿una explicación de la crisis?, Akal, Madrid, 1979, págs. 86-94.

[1] Profesor de la Universidad Complutense, codirector del Diploma de Formación Continua de la misma universidad “Análisis crítico del capitalismo: el método marxista y la economía actual”.

[2] Arrizabalo (2023: 13).

[3] En www.fao.org/newsroom/detail/un-report-global-hunger-SOFI-2022-FAO/es.

[4] En www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—dcomm/—publ/documents/briefingnote/wcms_883344.pdf.

[5] En https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000367304.

[6] En https://onuhabitat.org.mx/index.php/vivienda-y-covid19.

[7] En https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000382498.

[8] Uno de los rasgos que han acompañado el despliegue histórico del capitalismo es la internacionalización del capital, que ha conformado el mercado mundial, al que todos los países están vinculados aunque, ciertamente, de distinto modo. Porque el desarrollo capitalista siempre ha sido “desigual y combinado”: “Las leyes de la historia no tienen nada en común con el esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que lo patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados se ven obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la combinación de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas. Sin acudir a esta ley, enfocada, naturalmente, en la integridad de su contenido material, sería imposible comprender la historia de Rusia ni de ningún otro país de avance cultural rezagado, cualquiera sea su grado”; Trotsky (1930-32); Historia de la Revolución rusa, POSI, Madrid, 2017, pág.23.

[9] Los datos de ambos países proceden de Arrizabalo M., Xabier, Pinto M., Patricia y Vicent V., Lucía (2019); “Historical Significance of Labor’s Increased Precariousness in Germany, the United Kingdom and Spain”, American Journal on Economics and Sociology, volumen 78, número 1, páginas 255-290), enero.

[10] Arrizabalo, X., Del Rosal, M. y Murillo, F. J. (2021); “La inevitable perversión de los avances tecnológicos bajo el capitalismo: mayor productividad y mayor explotación laboral”, en Sociology & Technoscience, vol. 11, nº. extra 2, Universidad de Valladolid.

[11] Sugerimos dos lecturas al respecto:

· Arrizabalo, Xabier, Murillo, Francisco Javier y Del Rosal, Mario (2023); “«Un período de guerra de clases salvaje, engañosamente llamado ‘neoliberalismo’: imperialismo, orientación del capital y política económica”», en León, E., Puello-Socarrás, J. F., Roffinelli, G. y Jiménez, C., eds. (2023); Las venas (aún) abiertas por el neoliberalismo en América Latina. Medio siglo de contrarreformas y contrarrevolución (1973-2023), UNAM, Ciudad de México.

· Arrizabalo, Xabier (2021b); “El neoliberalismo, trampantojo del imperialismo”, en Vidal, Paula (2021); Dilemas del trabajo y las políticas laborales, Ariadna Ediciones, Santiago.

[12] Engels, Friedrich (1886), “Prólogo a la edición inglesa”, en Marx, Karl (1867: 31).

[13] Arrizabalo, Xabier (2019); “La crisis crónica del capitalismo”, La Verdad, nº. 101, abril.

[14] En www.un.org/es/desa/las-muertes-por-covid-19-sumar%C3%ADan-15-millones-entre-2020-y-2021.

[15]Caracterizamos como dislocación del mercado mundial el proceso por el que las distorsiones de todo tipo que lo definen, provocando su desbarajuste general, un funcionamiento trabado, irregular, que estrangula los circuitos habituales de valorización del capital, impidiendo, en definitiva, que el mercado mundial albergue un proceso de acumulación del capital mínimamente fluido. Dichas distorsiones no son un resultado circunstancial, sino que reflejan la huida adelante del capital ante la estrechez del mercado mundial para su valorización, en un contexto presidido por la exacerbación de la pugna competitiva entre capitales y la agudización de la lucha de clases. Por tanto, están ligadas al carácter crecientemente contradictorio del capitalismo, expresado en la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia formulada por Marx”, tomado de Arrizabalo, Xabier (2022); “La dislocación del mercado mundial y la crisis del capitalismo”, La Verdad, n.º 110, marzo, página 31.

[16] Disponible en https://informacionobrera.org/no-a-la-guerra/.

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