Año tras año, al llegar las fechas navideñas, la televisión nos bombardea con anuncios publicitarios sobre miles de regalos que podemos comprar para los más pequeños de la casa. También, año tras año, vemos como se siguen perpetuando los roles de género más salvajes con estas compras y cómo se sigue educando a los niños en el más profundo sexismo desde que tienen conciencia. Desde luego, no podemos culpar a los juguetes, los juguetes no tienen género y los niños no se guían por colores ni por funciones, se guían por sí con lo que juegan es divertido o no. Son los padres y madres o nosotras las que creemos saber qué es lo que va a gustarles a estos en función de su género.

Estas creencias sí que están divididas por colores o por cómo se juega, por eso, como es típico, para las niñas algo rosa, o clarito, algo como un muñeco, que vea que el trabajo de cuidados va a ser cosa suya, o una cocinita, las chicas tienen que aprender cuanto antes a realizar las tareas domésticas, ¿y para ellos? para ellos algo azul, o más oscuro, algo que implique aventura, que implique algo más “violento” o emocionante.  Pero la realidad es que además de nuestra educación, las grandes empresas muestran en sus catálogos para quién es más adecuado el regalo que promocionan y junto a los regalos ponen a niños o niñas jugando, depende de para quién esté diseñado eso.

Más allá de la división por sexos, nos encontramos con la idea de que es inevitable consumir para divertirse y tener amigos. Desde la publicidad se repite constantemente que los niños no pueden pasárselo bien si no compran X juguete, que no pueden socializar con otros niños. Tras las navidades, los propios niños pueden observar quién tiene más y mejores juguetes, es decir, se evidencia la clase social de cada niño. Hay una parte de la infancia que se nutre de ese estatus, alimentado por la competición encubierta de ver qué familia tiene más capacidad de consumo, generando una presión en los padres brutal por la exclusión implícita a la que pueden estar sometidos sus hijos.

Esta presión por encajar basada en el consumo se agudiza con la sucesión de modas de películas infantiles (p.e. Frozen de forma más actual o Cars en su momento). La industria del merchandising alrededor de cada película de éxito entre los más pequeños hace imposible escapar a los padres de la compra de algún juguete, mochila o estuche que llevar al colegio y enseñar al resto de niños. Hasta que se les pase el capricho pasajero, toca ceder. Y es pasajero porque en pocos meses saldrá otra moda, con otro set de objetos infantiles, que siga generando nuevas necesidades en los niños de forma periódica. Materialismo y segregación por sexos desde que naces por un tubo.

Adicionalmente, en épocas navideñas nos olvidamos del impacto ecológico que tiene todo el sistema de envoltorio de los regalos. La ausencia de papeles y adornos con temática navideña parece que le resta “espíritu” y se asocia automáticamente a la falta de detalle o directamente a ser un cutre. Si nos paramos a pensar, es impresionante la cantidad de papel y plástico que se generan en cada hogar, papeles y plásticos que solo sirven para adornar por unos segundos y pasar el resto de su vida en la basura, probablemente sin reciclar.

Es totalmente necesario educar en igualdad, no fomentar unos roles de género dañinos para las niñas y los niños. Crear conciencia sobre los juguetes y adquirirla sobre lo que regalamos, no solo desde un plano feminista, sino también alimentando mentes críticas al materialismo capitalista de masas desde pequeños.  Por un 2020 en el que la lucha contra el machismo termine con los estereotipos de género, el sexismo y que haga que los niños y niñas crezcan felices desarrollando sus habilidades y capacidades. Un 2020 en el que los niños adquieran conciencia de que se puede ser feliz y jugar con los demás niños independientemente del número de regalos y juguetes que haya bajo su árbol de Navidad.

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