Hoy 19 de octubre, con motivo de la Marcha por la Ciencia, se hace necesario hablar de un modelo de ciencia y tecnología alternativo en España. Un modelo, que aborde las principales necesidades del país y que vaya más allá de la clásica (y necesaria) reivindicación sobre la financiación de la ciencia. Necesitamos un modelo de ciencia y tecnología que permita impulsar un nuevo modelo productivo mucho más basado en el conocimiento, que permita abordar retos como la crisis climática, que logre unas condiciones de vida dignas para el conjunto de la población, y que genere un empleo de calidad. Pero para plantear un cambio de modelo productivo a otro, es necesario saber de qué punto partimos para comprender las dificultades que existen para abandonar el actual y transitar hacia el siguiente.

Nuestro modelo científico y tecnológico hunde sus raíces en el papel económico que desempeña nuestro país. En la economía actual el proceso de trabajo se fragmenta en diferentes tramos que pueden ejecutarse en distintas unidades productivas, creando escalonamientos tecnológicos a escala mundial, generando unas jerarquías entre territorios que tienen en la tecnología una de sus principales variables. Esto hace del cambio tecnológico en una economía una de las dimensiones principales que permiten analizar la posición que dicha economía va a ocupar en la división del trabajo. También podemos observar que la tecnología juega un papel protagonista en que las principales empresas del mundo son grandes transnacionales tecnológicas como Google o Apple. Ejemplo paradigmático sería el de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), que son las que permiten una reducción del tiempo de circulación debido a las transformaciones de los transportes y las comunicaciones, así como la generación de un nuevo principio de la organización de la producción: el sistema de producción flexible. Son todos estos cambios lo que permiten superar la crisis de los 70 a través de un proceso de internacionalización de la economía.

Contexto global

Ahora debemos situarnos en contexto para entender cuál es el papel de la ciencia y la tecnología en la sociedad, sobre todo las dependencias tecnológicas que se generan entre las diferentes economías del mundo. Vivimos en un capitalismo completamente globalizado, que ha abarcado todo el planeta y que ha llevado a cabo un proceso de internacionalización del capital[1] como manera de superar la crisis de los 70. La principal característica de esta fase del capitalismo globalizado frente a etapas anteriores es la internacionalización del proceso productivo, articulado en ramas industriales[2] (que son el conjunto de empresas que producen un mismo tipo de bienes o servicios), con las empresas transnacionales como sujeto protagonista. Es importante destacar que el centro del análisis lo ocupan estas ramas industriales y no las empresas o los países. Ya no se producen los productos finalizados en un único país, sino que se reparte a lo largo del globo, especializando cada territorio en diferentes componentes o partes del proceso (unos diseñan el producto final, otros fabrican componentes intermedios, otros ensamblan, etc). Las responsables de articular estas ramas industriales y por tanto de la división internacional del trabajo[3] son las empresas multinacionales, las cuales organizan un proceso productivo fragmentado y coordinado en torno a ellas. Construyen lo que se conoce como cadenas globales de producción[4] y son las responsables de especializar los diferentes territorios y regiones en los mencionados componentes o procesos de la producción. Así, en algunos lugares las empresas se especializan en los componentes o procesos más intensivos en tecnología (diseño o conocimiento) y en otros territorios se especializan en procesos o componentes con una intensidad tecnológica baja o media (como podrían ser las tareas de ensamblaje o los componentes más estandarizables). Los territorios que se dedican a actividades de alto valor añadido tendrán importantes excedentes económicos que repartir entre su población, mientras que los de bajo valor añadido este excedente será escaso. Esta distribución depende de las estrategias tecnológicas de las multinacionales y articula una organización de la producción que genera unas estrictas jerarquías basadas en fuertes dependencias tecnológicas[5].

Situación europea

Concretando más, nos encontramos con la división del trabajo en el espacio europeo en tres áreas:

Una central con marcos de especialización tecnológica que determinan o condicionan la articulación del resto de la economía europea, con Alemania como potencia exportadora industrial que marca un eje, pero también tenemos la financiera del sur de Inglaterra, el marco industrial-tecnológico de parte de Holanda, una parte de Bélgica, la cuenca del Rin, del Ruhr y el norte de Italia. Aquí es donde se concentran el poder (político) de clase de la burguesía europea (donde sectores de la burguesía española están bien conectados), el poder económico, tecnológico, las grandes multinacionales, etc.

Una segunda área que sería aquella que se especializa en la subcontratación, principalmente industrial (como el automóvil) aunque también del sector servicios, como son los países del este de Europa. Se especializan en las industrias manufactureras que se deslocalizan del centro hacia la periferia europea y se insertan en las áreas de subcontratación de una manera dependiente.  El control de esta industria auxiliar se establece a través de las empresas transnacionales del centro. Esta segunda área está representada en España de forma mayoritaria por la industria del automóvil (Navarra, Valencia, Madrid, Vigo, Valladolid, Álava, etc), estando todo el potencial industrial español muy ligado a la subcontratación de las empresas transnacionales del automóvil para tareas de ensamblaje (y principalmente coches de gama baja), lo cual nos conecta de manera subordinada a Europa central, al ser de los procesos productivos menos intensivos en tecnología. Es decir, importamos inputs de tecnología media y alta para después ensamblarlos y, posteriormente, exportar estas manufacturas a bajo coste para competir a nivel global.

La división internacional del trabajo conlleva en España un aprovechamiento del territorio para prestar servicios al exterior compitiendo en costes, lo que nos deja un capitalismo de base inmobiliaria y financiera.

La tercera área de especialización en Europa, sería aquella que se centra en la explotación de sus recursos naturales y su paisaje, que serían sobre todo los países del Mediterráneo, entre los que se encuentra España, que les permite ser competitivos en este terreno por las horas de sol y la situación geográfica. Es decir, todos los países que se especializan en la agroexportación, el turismo de masas, en la construcción inmobiliaria y de infraestructuras, como carreteras o aeropuertos, que van detrás de este turismo. Esta especialización en el turismo de masas también suele ir acompañada de la distribución de los productos y el comercio minorista (en España se importa casi todo y aquí se distribuye). Se trata de un modelo de explotación del paisaje, del suelo, de los recursos naturales y energéticos. Además, esto genera un gran impacto ecológico, pues en las zonas de sol y playa (Murcia, Alicante, Valencia, Málaga, Mallorca, etc.) no hay agua (para higiene, uso doméstico, usos recreativos, etc.) y hay que abastecer esas zonas con trasvases.

Modelo de relaciones laborales que se deriva del modelo productivo

Ahora que tenemos una panorámica más global, podemos concluir que en España nos encontramos con sectores de tecnología baja o media (los sectores de alta tecnología en España son escasos y con poco peso) que no permiten que el país compita en términos de intensificación tecnológica, por lo que busca competir a nivel internacional con una intensificación del trabajo, es decir, trabajar más y ganar menos, lo que técnicamente podríamos llamar un modelo de plusvalía absoluta. Por otro lado, podríamos hablar de que los países del centro de Europa tienen un modelo de plusvalía relativa, especializados en optimizar los procesos productivos y, sobre todo, el diseño de nuevos productos y servicios, lo que les permite competir en base a una intensificación tecnológica dentro de la economía global. Nuestro actual modelo de intensificación del trabajo produce una precariedad y temporalidad estructural, debido a que la construcción y el turismo son actividades que se concentran en determinados meses del año, además de estar mal remunerados. De ahí la reforma laboral de 2012: para dar un soporte legal a la intensificación del trabajo, aumenta el poder de las empresas frente a los sindicatos, debilitando la negociación colectiva; abarata costes —como el despido o facilitando las reducciones salariales unilaterales por parte de las empresas— para competir en la economía global; flexibiliza los contratos para que los obreros se incorporen al trabajo al inicio de la temporada, y lo abandonen —o sean despedidos— cuando esta concluya; facilita los EREs, etc.

Así, se encauza a todo el país a competir a nivel internacional contando con tres sectores como punta de lanza —agroexportación, turismo de masas y automóviles— y el resto —servicios, productivo, educativo, sanitario, etc— como meros acompañantes. La precariedad de los sectores líderes termina por extenderse al resto de sectores de la economía nacional; de lo contrario, la mano de obra abandonaría sus puestos en los sectores líderes en busca de mejores condiciones en el resto de sectores. En otras palabras, un modelo que compite en costes en la economía global requiere que la precariedad esté lo más generalizada posible.

Además, este tipo de industrias genera un bajo valor añadido, lo cual provoca que, en el caso de que por fin nos dispusiéramos a una distribución más justa, encontraríamos que hay poco que repartir. Esto limita mucho la acción de los sindicatos, ya que estos lo que hacen es pelear por un mejor reparto de los excedentes de las empresas. Son evidentes las consecuencias que tiene este modelo en la vida de las familias trabajadoras, por lo difícil que es conciliar teniendo extenuantes jornadas laborales, los bajos salarios, la alta temporalidad y los horarios partidos.

Este modelo productivo nos deja una articulación territorial basada en muy pocas ciudades: Madrid y Barcelona principalmente, luego unas ciudades secundarias que serían Sevilla, Málaga, Zaragoza, Valencia, Bilbao y Vigo, mientras el resto sería paisaje. En muchos territorios con suerte puedes encontrar empleo en las administraciones públicas, Correos, Renfe o principalmente en actividades relacionadas con el turismo (en torno al casco urbano, la playa, el turismo rural, etc.). Se conforma así una gran fractura social y territorial, con zonas de un paro estructural altísimo que expulsa a la población y unas grandes metrópolis que absorben la migración de las zonas rurales y ciudades menores.

Obstáculos y alternativas

Ante la anterior situación cabe preguntarse por las alternativas y las dificultades para salir de este limitante modelo productivo.

Empezando por las dificultades, nos encontramos con un país con un modelo productivo con una pronunciada especialización en el sector de la construcción (ligado al turismo, como ya se ha comentado) y en el agroexportador, mientras que tenemos un sector industrial mucho menos desarrollado, al igual que ocurre con los servicios públicos y los servicios sociales. Esto nos deja en una situación en la que el cambio de modelo productivo es muy difícil de llevar a cabo, porque al tener una estructura productiva industrial tan debilitada, ni siquiera tenemos una estructura previa desde donde transitar. Además, nuestro país es energéticamente deficitario, lo que implica unas fuertes dependencias geopolíticas. Para finalizar, una de las cuestiones más importantes, es la fuerte dependencia tecnológica de nuestro país. No dominamos el cambio tecnológico porque este es consecuencia de las políticas tecnológicas de las empresas transnacionales (tenemos un sistema de I+D+i, tanto público como privado, muy débil) y las filiales españolas suelen estar excluidas de cualquier elemento de I+D. Por tanto, dichas empresas transnacionales suponen un bloqueo para el cambio tecnológico, por lo que es imposible hacer un cambio de modelo productivo dependiendo de estas.

Es decir, el cambio tecnológico está condicionado por la importación de tecnología extranjera. Bien porque el sistema tecnológico y la innovación nacionales no producen la tecnología necesaria para impulsar un cambio tecnológico (y menos ahora con los recortes), o porque las empresas transnacionales son las que controlan los sectores más avanzados de nuestra economía. En resumidas cuentas, la tecnología que utilizamos en nuestro país es importada y el sujeto al que compramos esas tecnologías son las empresas transnacionales y esta importación se puede realizar en función de sus políticas tecnológicas (las cadenas de valor global), que seleccionan qué tecnología y qué procesos van a un sitio o a otro del planeta.

Las alternativas que podemos plantear ante esta situación deben estar lideradas por la clase trabajadora, pues permitir un liderazgo de las transnacionales nos ha llevado a una situación de extrema dependencia del centro europeo y la iniciativa del empresariado nacional mantiene un modelo basado en el turismo masivo, la construcción y el rentismo. Y si nos marcamos el objetivo de romper con esta situación impulsando un cambio de modelo productivo sin depender de las empresas, tanto multinacionales como nacionales —que mantendrían la economía del país en una situación de dependencia—, debemos partir de la iniciativa pública, centrándonos en los dos elementos fijos: el territorio y el trabajo. Pero para llevar a cabo este tipo de proyectos se necesitan recursos, es decir, presupuesto. Este presupuesto habrá que sacarlo de alguna parte y la mejor manera de hacerlo es con un sistema fiscal de imposición progresiva, que no cargue el peso en las rentas del trabajo (porque ya están suficientemente gravadas) y se centre en las rentas del capital, principalmente inmobiliario y financiero, que es donde hay excedente. Con estos recursos es necesario modificar la estructura productiva del país para avanzar con una perspectiva ecológica hacia una economía del conocimiento (mucho más intensiva en tecnología), una economía fuerte en servicios públicos (luz, agua, gas, telecomunicaciones, internet, etc) y una economía productiva de base industrial. Con estos objetivos sobre la mesa, debemos plantear un modelo de ciencia y universidad que dé respuesta a todas estas necesidades teniendo en cuenta todas las dificultades que se han expuesto. Un modelo que encauce todo el sistema de ciencia, tecnología e innovación del país, ya sean Organismos Públicos de Investigación (OPIs) o universidades, así como los sistemas internos de I+D de las empresas (preferiblemente públicas, que son sobre las que podemos tomar decisiones políticas), a centrarse en un desarrollo interno de ciencia, tecnología e innovación frente al modelo de importación de tecnología.

Redirigir el curso de la ciencia española exigirá lo mejor de la clase trabajadora, incluyendo a los obreros, todo el personal encargado de la investigación y aquellas personas que han quedado atrás en la integración de España en la economía global. Solo a través del esfuerzo colectivo estaremos a la altura de esta tarea y lograremos una economía más justa y más soberana.

 

[1] Ya no sólo las mercancías y el dinero circulan a nivel internacional, sino también la producción está internacionalizada. Con esto, todo el ciclo del capital se encuentra internacionalizado.

[2] Por ejemplo: la rama del metal, del textil, del automóvil, etc.

[3] La especialización en la producción de diferentes bienes o servicios por países. Esto tiene una traducción en el empleo que se genera, pues los territorios más especializados en procesos productivos intensivos en tecnología requieren una mano de obra más cualificada y menos sustituible. Consecuentemente, genera de manera estructural unas condiciones laborales mejores que la de los países menos soberanos tecnológicamente, que se dedican a procesos o productos más estandarizados y, por tanto, que requieren una menor cualificación para llevarlos a cabo, facilitando la rotación en el empleo y devaluando la mano de obra.

[4] Para entender mejor este concepto es aconsejable ver los vídeos didácticos que han elaborado la Confederación Sindical de Trabajadores/as de las Américas y teleSUR.

[5] Los análisis que estudian la jerarquía entre los países según su dependencia tecnológica y su papel en la producción internacional suelen distinguir entre el centro, y los países de la periferia, subordinados a los primeros.

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