De un tiempo a esta parte, hemos podido ver cómo grandes equipos femeninos han ocupado las portadas de los medios deportivos más importantes. Este punto en sí ya es bastante significativo ya que hace escasos años estos mismos medios cosificaban a estas mujeres relegando sus hazañas deportivas a un segundo plano frente a su belleza o su físico. Sin embargo, a pesar de los avances cuando se habla de deporte femenino, «popular» todavía no es uno de los adjetivos que lo define. En cambio, otras características muy marcadas como la sexualización, la precariedad y la desinformación nos ayudan a conocer lo que se mueve alrededor de este deporte. Cláusulas laborales encubiertas, la cosificación de las deportistas o la invisibilización, son ejemplos del machismo inherente que el deporte femenino sufre a diario.

Desde la Asociación para Mujeres en el Deporte Profesional (AMDP), Pilar Calvo afirma que el deporte es un fiel reflejo de la sociedad y la discriminación que existe en ella es mucho más evidente dentro de él. Dentro del marco de la sociedad capitalista y patriarcal en la que vivimos, las deportistas femeninas y las trabajadoras dentro del mundo del deporte se encuentran también afectadas de manera directa, como se analiza a continuación.

Una evidencia clara del machismo en el deporte es la existencia de problemas para la conciliación en el caso de las mujeres, algo bastante generalizado en el mundo laboral. Un ejemplo de ello son las conocidas como «cláusulas antiembarazo» que existen en muchos equipos profesionales femeninos y que, por supuesto, son ilegales. Aparecen en la mayoría de los contratos de forma encubierta, equiparando embarazo a una lesión o simplemente impidiendo la renovación en caso de gestación. Esto supone grandes limitaciones para la carrera profesional de muchas deportistas, ya que el decidir tener hijos se convierte en un gran condicionante. Y es que, hoy en día, no existen futbolistas en el panorama español que hayan continuado jugando tras dar a luz. Por supuesto, este problema, como tantos otros, se encontraba fuertemente invisibilizado hasta ahora, ya que son muy escasas las denuncias por el miedo a perder oportunidades únicas con el que viven las deportistas.

Por suerte, también se están dando avances en este asunto. Recientemente, la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE), sindicato mayoritario entre las jugadoras de este deporte, ha planteado la creación de un protocolo que garantice la protección de las futbolistas embarazadas. El objetivo que se persigue es poner en vigor una normativa al respecto que sea de aplicación inmediata y que obligue a los clubes a recogerla en sus reglamentos internos de manera que el protocolo sea realmente efectivo.

 

Otro indicador de que el machismo está a la orden del día en la vida del deporte es el lenguaje misógino. Es típico escuchar en las noticias como a una árbitra o a una deportista la han insultado durante todo un partido con actitudes rebosantes de misoginia referentes a su condición de mujer, a su vida sexual e incluso a su condición sexual. Las denuncias de estas acciones son cada vez más comunes, pero ahí se quedan, ya que es en contadas ocasiones cuando la administración castiga a los responsables de tales actos.

Tras el odio misógino, se esconde la sexualización fruto de una sociedad que sigue considerando a la mujer y a su cuerpo como objeto de disfrute masculino.

Tampoco podemos olvidarnos de que, hasta hace un par de años, la única aparición que hacía el deporte femenino en dos de los medios deportivos de referencia a nivel nacional como AS o MARCA eran deportistas semidesnudas, con el objetivo de que los lectores puntuasen sus cuerpos o conociesen «los mejores culos del voleibol». Las modas llevan a la corrección política y esta última, a la opinión pública, y ahora estos dos medios, aunque sin haber tomado conciencia de lo que suponía esa sexualización pública de las deportistas femeninas, abanderan la lucha para que el deporte femenino se valore más.

Pero más allá del machismo dentro del deporte femenino, se encuentran otros problemas, todos ellos con un denominador común: la poca información que existe al respecto. En el mundo del deporte, rara es la vez en la que las encontramos a ellas como las protagonistas, y es que la visibilidad con la que cuentan las mujeres sigue siendo muy escasa. Un estudio de una profesora de Periodismo y Comunicación concluyó hace unos años que la mujer únicamente salía como protagonista en medios deportivos en un 6 % de los casos, en comparación con el hombre, que lo era en un 92 % de los casos.

En cuanto a la propia manera de denominar al deporte femenino al hablar, existe una gran polémica que reaparece constantemente: ¿es necesario utilizar el adjetivo «femenino» detrás del deporte mencionado? El lenguaje que utilizamos a menudo puede condicionar la interpretación del oyente o lector y, en una sociedad en la que lo femenino sigue asociado a ser inferior o menos bueno, este término resulta contraproducente a la hora de darle una importancia real al deporte.

Cuando hablamos de mujer y deporte, la esfera económica es una de las que más polémica genera, ya que cobran especial relevancia la precariedad y la desigualdad sufridas. Los patrocinios destinados al deporte femenino son únicamente del 1% y, según datos del sindicato internacional de futbolistas, un 49% de las futbolistas no cobra por jugar y el 87% de estas mujeres acabará su carrera antes de los 25 años.

Aunque es cierto que en los últimos años se han producido pequeños avances, todavía queda muchísimo por mejorar en materia de igualdad en el deporte. Es importante reivindicar tanto la visibilidad robada de tantas deportistas, como la conquista de ciertos derechos fundamentales que hagan del deporte un espacio seguro e igualitario para las mujeres.

Debemos fomentar el deporte como ocio alternativo, reivindicando un acceso al mismo más fácil e igualitario, que permita a la juventud disfrutar de un tiempo libre de calidad y alejado del que nos ofrece el sistema capitalista.

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