Taxi y Uber: dos caras de ¿una misma moneda?

El conflicto Taxi vs Uber/Cabify está generando uno de los debates más mediáticos de los últimos meses. Opiniones al respecto hay de todos los tipos: que si hay que defender los derechos de los trabajadores taxistas (la app mytaxi señala que el porcentaje de mujeres taxistas en Madrid es de un 6%); que si los taxistas son unos privilegiados que quieren continuar con su monopolio, que si no podemos oponernos a la innovación tecnológica… Cientos de argumentos para uno y otro lado que nublan nuestra mente y que terminan por no dejarnos muy claro quién tiene la razón en este conflicto.

El objetivo de este artículo es el de analizar el conflicto desde una posición de clase que saque a la luz lo que unos y otros nos quieren ocultar, desmontando mitos, falacias y mucho maquillaje.

Muchos de los argumentos que utilizan los fanáticos de Uber buscan diferenciar el servicio respecto a los taxis a través de bombas de humo y maquillaje con el que ocultan, de manera inconsciente muchas veces, el verdadero rostro de este tipo de empresas privadas. Porque, vayamos al grano, un fanático de Uber necesita sentirse como Paris Hilton y que el conductor que le lleve a su destino no sea un oyente de la COPE sino un tipo trajeado. Tampoco quiere lastimarse el hombro para parar un taxi y por ello necesita solicitar un Uber a través de su App (aunque ya existen app para taxi). Además, el fanático de Uber teme que se le reseque la garganta o sufra una insolación, menos mal que Uber le proporciona caramelos y un fresco botellín de agua.  El servicio que ofrecen unos y otros es el mismo, payasadas aparte. El problema reside en la gestión del servicio.

Uber Technologies Inc. es una multinacional con sede en San Francisco (California) que, a través de una aplicación, conecta a conductores con clientes, sacando un beneficio por ello. Y decimos conductores y no trabajadores porque es aquí donde reside la clave de sus beneficios: los conductores de Uber son falsamente considerados como autónomos.

Esto es lo grave del conflicto, el modelo de relaciones laborales que el neoliberalismo, protagonizado por empresas como Uber, quiere implantar en los países donde opera. Un modelo de relaciones laborales encuadrado en el desarrollo de los procesos que se vinieron a llamar “terciarización de la economía” y que no es más que la externalización de servicios llevado a una fase superior, aquella que permite gestionar a tus trabajadores a través de una aplicación y no con una relación de asalariado directa. Un modelo en el que la reducción de costes es total. Yo te impongo la vestimenta y el método de trabajo. Además, te controlaré a través de una aplicación de la que te activo o desactivo cuando quiero, el control es mío. No necesito proporcionarte los medios de producción, los pones tú de tu bolsillo. Te buscas la vida. Y de lo que ganes, por supuesto nosotros nos llevamos un gran porcentaje, las sobras para ti. De coberturas sociales ya si eso, hablamos otro día. Recuerda que tú eres libre para elegir el horario que más te convenga, aunque si no lo haces en las horas punta no te comerás un rosco. También puedes elegir las vacaciones cuando quieras, total, las pagas de tu bolsillo.

Un modelo de relaciones laborales que precisamente son las multinacionales las que lo pueden implantar. Llevan a cabo estrategias de penetración en mercados basadas en la competición en precios (a la baja) que expulsan a la competencia y se quedan en régimen de monopolio. A partir de entonces, los precios los pone la empresa, no “la oferta y la demanda”. Un modelo, además, que busca su expansión en otros sectores. Ejemplos cada vez hay más, pero en el caso de Uber los podemos encontrar en otras aplicaciones que tiene como UberEats o UberWorks, esta última para todo tipo de trabajos[1]. Un modelo de relaciones laborales en extensión y contra el que debemos confrontar de una manera clara y meridiana. No podemos permitir la privatización de un servicio público como es el taxi que además eleve el grado de explotación de sus trabajadores privándoles de coberturas sociales y de salud laboral.

Ahora bien, ¿es el taxi el servicio público que queremos?

Llegados a este punto del artículo, tenemos claro que sustituir el taxi a favor de Uber es una vuelta de tuerca en la vulneración de los derechos de los trabajadores, pero apoyar al sector del taxi no quita de analizar las contradicciones que se desprenden de él.

El taxi es un medio de transporte público en el que un conductor, poseedor de una autorización de transporte y una licencia del ayuntamiento, lleva a un reducido número de personas a un destino concreto a cambio de un precio regulado por el ayuntamiento. La autorización de transporte la consigues al superar un examen que determina el ayuntamiento en cuestión. La licencia del ayuntamiento es otra historia.

 El número de licencias que cada ayuntamiento otorga es limitado, por lo que, si quieres hacerte con una, deberás acudir al mercado secundario. Un mercado movido por la especulación, donde la licencia se convierte en un producto financiero que, como demuestran los datos, puede generar mucha rentabilidad. El Institut Metropolitá del Taxi[2] (IMET) señala que, en los últimos 30 años, la especulación con las licencias ha hecho que su valor en el mercado secundario haya crecido un 600%.

Una herramienta de negocio que inevitablemente ha generado dos tipos de taxistas dentro del gremio: los propietarios de licencias vs los trabajadores que las explotan. Un estudio del Ayuntamiento de Madrid[3] señala que el total de las licencias es de 15.723, de las cuales un 60% son explotadas y conducidas por su único propietario. Del total de conductores registrados (20.691), un 73% son a la vez titulares de las licencias, mientras que el 27% son contratados. Además, en torno al 15% de los poseedores de licencias tienen dos, tres, cuatro o más licencias en su poder.

Como conclusiones a lo anteriormente expuesto, debemos de sacar dos claras: la necesidad por un lado de batallar junto al taxi contra empresas como Uber, por la amenaza que representan para la clase trabajadora y los derecho laborales y sociales. Por otro lado, urge repensar el modelo de transporte público para la clase trabajadora, un modelo de transporte que cubra las necesidades de nuestra clase y que puedan ser asumidas económicamente por todas (un taxi para un joven precario es un capricho). Un modelo de transporte que no genere pequeña burguesía que explota por 900€/mes a los trabajadores del taxi. Un modelo de transporte de la clase trabajadora para la clase trabajadora.

 

 

 

[1] https://www.eldiario.es/tecnologia/Uber-servicio-ETTs-camareros-seguridad_0_827667615.html

[2] http://taxi.amb.cat/s/home.html

[3] https://www.ecestaticos.com/file/7319b96df9a0c4223c2214c45996a4f9/1533202195-ayto-madrid–estudio-del-servicio-del-taxi.pdf

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