En los documentos de XIII Congreso de la UJCE se analizaba la crisis ecológica en sus dos vertientes, crisis de recursos y crisis de sumideros. A pesar de recalcar la extrema gravedad y las consecuencias fatales a las que puede abocar esta situación, no existe un debate amplio en la sociedad (ni en nuestra organización). Apenas es noticia en los medios de comunicación salvo durante las “importantes” e infructuosas cumbres sobre el clima, y en general existe un cierto desconocimiento sobre a qué nos referimos cuando hablamos de los límites físicos del planeta. La preocupación lógica por el planeta es un reclamo electoralista, en el que grandes titules y gestos simbólicos (como el nuevo Ministerio de Transición Ecológica) enmascaran una podredumbre en lo que se refiere a los hechos consumados.  Incluso en las organizaciones de vanguardia, el análisis ecologista es tomado como barniz, sin querer profundizar ante seguramente el miedo a desviaciones reformistas de esta “lucha transversal”.

Es probablemente la contradicción capital-medio sobre la que pivotarán las luchas populares, las de la clase obrera, en las próximas décadas y desde las que se construirán modelos alternativos al capitalismo.

Pero sin duda, lo que más ayuda para que estemos en esta situación de superficialidad en los análisis es que apenas podemos ver y sufrir los efectos que los agoreros verdes pronostican, ni siquiera se ve un cambio de política en todas las oligarquías que ostentan el poder en los diversos polos imperialistas. ¿A caso está sobredimensionado el cambio climático como síntoma final de la quema de combustibles fósiles o incluso no existe? ¿Hay seguro una alternativa tecnológica guardada en la recamara de las grandes compañías y que espera hasta que se haya exprimido la última gota de petróleo? ¿O por el contrario se trata de una huida hacia delante porque simplemente el sistema capitalista no puede hacer frente a un colapso anunciado con décadas de antelación y sigue con su máxima de acumulación mientras se pueda?

Desgraciadamente, todo apunta hacia esta última pregunta. En la raíz del problema está la propia naturaleza del sistema capitalista, cuya esencia es la reproducción infinita de capital, lo que choca con los límites físicos de un planeta finito como la Tierra. Como ya hemos expresado en nuestros documentos, estos límites físicos tienen dos vertientes. En primer lugar, los recursos materiales que ofrece el planeta son limitados y de calidad variada. Como ejemplo práctico, la cantidad de petróleo presente en la corteza terrestre es finita, hay un número limitado de barriles que podremos obtener. Por otra parte, no todo este petróleo podrá ser extraído ya que hay parte del mismo de poca calidad: los costes monetarios y energéticos de extracción no compensan los beneficios monetarios y energéticos de su comercialización y uso. Las primeras explotaciones de un recurso determinado se efectúan sobre aquellos yacimientos que requieren de una menor tecnología y de una menor inversión de capital y suponen una altísima rentabilidad, lo que a su vez dispara las inversiones en la búsqueda de nuevas fuentes y en un aumento del ritmo de extracción. Sin embargo, estos primeros yacimientos se acaban y es necesaria una mayor inversión tanto en exploración de nuevas explotaciones, como en desarrollo de nuevas tecnologías de extracción. De nuevo volviendo al petróleo, los yacimientos del siglo XIX en EEUU requerían de una inversión exageradamente menor que los actuales yacimientos de pizarras bituminosas de Alberta, Canadá [1]. Además, la tasa de energía obtenida por cada unidad de energía gastada en la explotación de un recurso energético es también decreciente (tecnologías más complejas requieren de energías mayores para funcionar [2]), lo que referido a estos recursos energéticos lleva a una crisis más profunda en cuanto las sociedades actuales son altamente dependientes de energía barata. En definitiva, nos encontramos que por cada barril de petróleo que se extrae, cada vez una mayor cantidad debe ser invertida en obtener el siguiente barril, lo que lleva a una situación insostenible.

La segunda vertiente de los límites físicos del planeta consiste en la saturación de los sumideros. Se entiende como sumidero los elementos naturales que absorben los residuos de nuestros procesos industriales, de transporte, etc. (aunque existen sumideros artificiales no pueden compararse globalmente a la capacidad de los primeros). A modo de ejemplo sencillo, los océanos y las grandes masas arboladas del planeta, como las selvas o la taiga, suponen los principales sumideros de dióxido de carbono (CO2), primer gas responsable del efecto invernadero y del consiguiente cambio climático. Evidentemente, existe un límite en la capacidad de asimilación de residuos. Si emitimos a la atmósfera mayor cantidad de CO2 de la que pueden absorber los sumideros éste comenzará a almacenarse en la atmósfera. A partir de cierto límite comenzará un calentamiento gradual del planeta que a su vez afectará al comportamiento de los propios sumideros. De esta manera, cuanto mayor sea la temperatura del agua de los océanos menor será la cantidad de gas que pueda estar disuelto en el agua, llegando a poder comportarse como fuente (hay otros problemas asociados con elevada cantidad de CO2 disuelto en los océanos, como su acidificación [3]). A su vez, mayores temperaturas pueden incurrir en cambios en el régimen de lluvias que profundicen en la desertificación de territorios (problema en el que la península ibérica se ve involucrada [4]), disminuyendo la masa vegetal y con ello la capacidad de fijación de CO2. Evidentemente la saturación de los sumideros implica la ruptura del equilibrio en el que se encuentran los ecosistemas, con la consiguiente extinción de especies que esto implica [5] y, sobretodo, la destrucción de una intrincada red de relaciones entre seres vivos que permiten el desarrollo de una gran cantidad de actividades humanas cuyos costes serían inasumibles por soluciones tecnológicas. Con el fin de aclarar el último punto, la polinización de los campos es realizada de manera natural a través de insectos, como las abejas, muy sensibles a cambios externos y cuya actual desaparición es objeto de alarma [6].

Tanto la crisis de recursos como la de sumideros imponen unos límites claros al crecimiento económico y material del sistema capitalista, una clara contradicción capital-medio o incluso dada la amenaza, capital-vida. En ecología se conoce como capacidad de carga al tamaño máximo de una población que puede soportar un determinado medio natural en un periodo de tiempo indefinido en función de distintos factores como el alimento, el agua, el saneamiento, o el hábitat. Cuando una especie supera este límite de carga su población es insostenible y tenderá a decrecer (incluso desaparecer) hasta ajustarse de nuevo a los límites del sistema, que podrán haber sido alterados y ser ahora más restrictivos que en la primera situación. En el caso del ser humano, para mediar este rebasamiento se utiliza la noción de huella ecológica, la cual es definida por el Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF) como la medida total de impacto ambiental generado por una determinada población humana sobre el medio ambiente, contabilizando la cantidad de terreno que es necesaria para la producción de recursos, asimilación de residuos y vegetación necesaria para absorber el CO2 emitido. Para ello se utiliza las llamadas hectáreas globales (hag), un promedio de la capacidad de producción de biomasa, otros recursos y de asimilación de los residuos en las diferentes zonas del planeta. Por lo tanto, en el 2010 el informe Planeta Vivo de WWF [7] se contabilizaba un total 1,7 hag por persona para un desarrollo sostenible. Sin embargo, nuestro sistema productivo actual necesita globalmente un total de entre 2,5 y 2,7 hag por persona, lo que constituye nuestra huella ecológica mundial (como media, despreciando las inmensas desigualdades y responsabilidades). Claramente hemos sobrepasado la capacidad de carga del planeta, situándonos en la necesidad de 1,5 planetas Tierra para mantener la población actual con el nivel de vida medio (sin tener en cuenta las ofensivas desigualdades existentes).

La célebre cita de Rosa Luxenburgo “Socialismo o barbarie” hacía referencia a las brutales condiciones de vida de la clase trabajadora a principios del siglo XX. Era una frase nacida de la contradicción capital-trabajo. Ahora, esta misma cita cobra aún más relevancia y actualidad en cuanto que la “barbarie” se presenta ante nosotros como un colapso de civilización al haber sobrepasado los límites materiales ecológicos de nuestro planeta. Es probablemente la contradicción capital-medio sobre la que pivotarán las luchas populares, las de la clase obrera, en las próximas décadas y desde las que se construirán modelos alternativos al capitalismo.

Notas

[1] Blog Crash Oil http://crashoil.blogspot.com.es/2011/01/las-arenas-asfalticas-de-canada.html

[2] Revista Ecologista http://www.ecologistasenaccion.es/article17905.html

[3] http://oceana.org/sites/default/files/euo/OCEANA_Ocean_acidification_the_facts_ESP.pdf

[4] Greenpeace http://www.greenpeace.org/espana/Global/espana/report/other/desertificaci-n-y-sequ-a-act.pdf

[5] Gerardo Ceballos, Paul R. Ehrlich, Anthony D. Barnosky, Andrés García, Robert M. Pringle and Todd M. Palmer, Accelerated modern human–induced species losses: Entering the sixth mass extinction, Science Advances, vol 1 (2015)

[6] Greenpeace http://www.greenpeace.org/espana/es/Trabajamos-en/Transgenicos/Abejas/

[7] Living Planet Report 2014, Species and spaces, people and places. Sitio web: www.wwf.org

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