En base a lo expuesto en el anterior artículo de esta serie, no parece desbaratado considerar como realista en los análisis políticos actuales y futuros la noción de colapso de nuestra sociedad en términos globales. Éste se situará según diversos estudios en la década del 2050, tanto por un agotamiento de recursos como por una situación insostenible de contaminación atmosférica y del suelo que afectaría a la producción agraria, base última del bienestar humano. En especial conviene considerar la aportación de los estudios de Donella Meadows, compilados en las diferentes actualizaciones de “Los límites del crecimiento” y que en la edición del 2003 [1] adelantaba un sencillo modelo, sustentado en proyecciones y simulaciones, de evolución económica de las siguientes décadas considerando dos grandes restricciones:

1- se considera un único comportamiento medio de todas las naciones y personas, sin conflictos de ningún tipo derivados de las situaciones extremas a las que la humanidad se vería abocada;

2- no se considera gasto militar. Lejos de parecer una simulación inválida e ingenua en base a estas dos restricciones tan alejadas de la esencia humana que se abre paso en el capitalismo, se tratan de simulaciones que ofrecen el escenario menos malo con unas políticas dadas.

En nuestro sencillo mundo se ha producido un colapso civilizatorio debido al modelo económico y al modelo energético.

A modo de mostrar cómo funcionaría la dinámica de colapso vamos a hacer uso de un modelo sobre simplificado, con núcleo en los combustibles fósiles y para el que haremos uso de lo expuesto en los párrafos anteriores y en las Figuras 1 y 2.

Como aparece en la Figura 1, al comienzo de la explotación de los combustibles fósiles, el capital de exploración destinado directamente al hallazgo de nuevos yacimientos era muy bajo, ya que se explotaban los recursos que afloraban en superficie. Lo mismo sucedía con el capital de producción, los pozos de petróleo, por ejemplo, tenían una profundidad y dificultad de extracción mínimas. Ahora bien, a medida que aumentaba el capital de combustión debido a una mayor demanda de estos recursos, era necesario hallar nuevos yacimientos y explotarlos, lo que hace aumentar el capital tanto de exploración como de producción. Sin embargo, fijémonos que estamos haciendo una trampa al no considerar ningún coste sobre la contaminación. Estos son los llamados costes ocultos, que son aquellos gastos ambientales que no se contabilizan en el precio de los productos y que provocan efectos perjudiciales sobre el medio ambiente, en la salud y en la sociedad. Imaginémonos que la contaminación aquí producida en forma de gases de efecto invernadero se traduce en un aumento de la temperatura terrestre y con ello únicamente en una pérdida de hectáreas de tierra cultivable y de rendimiento de la tierra que aún tiene fines agrícolas. El capital destinado a la producción de recursos que estábamos analizando solamente es una parte de la totalidad de los productos industriales que arroja el capital industrial. Es decir, un aumento del capital destinado a la extracción de recursos implicará un aumento de la contaminación, lo que a su vez determinará un aumento del capital agrícola destinado a mantener contante la producción de alimentos que sostengan la población total (que para hacerlo más realista de acuerdo con nuestro mundo real podemos asumir que aumenta  exponencialmente). A su vez los yacimientos son cada vez más profundos, y el combustible extraído de peor calidad, debiendo destinar una mayor cantidad al capital de producción. Es decir, el sistema económico debe destinar cada vez una mayor parte del capital industrial en la producción de recursos, que a su vez, por los efectos de la contaminación durante su consumo ejercen una presión cada vez mayor sobre la explotación de las tierras, debiendo destinar más recursos a las mismas para mantener la producción e incluso elevarla para una población cada vez mayor. Por supuesto, el capital disponible es limitado, lo que provocaría una disminución de los capitales destinados directamente a la manufactura de bienes de consumo y al capital de servicios, por ejemplo sanidad y educación, lo que haría disminuir el índice de bienestar humano. Además la inversión industrial de vuelta al propio capital para aumentar el mismo (gracias a esta flecha de realimentación positiva al reinvertir sobre sí mismo se consigue que el capital total aumente también exponencialmente) comenzaría también a ser menor, con lo que la tasa de amortización del capital (cierre de fábricas por obsoletas) llegaría a ser mayor que la tasa de reposición de nuevo capital, lo que finalmente provocaría que este disminuyese, de modo que ahora el ciclo no es de realimentación positiva, sino al contrario, de realimentación negativa: llega un punto donde los altos costes de extracción de los combustibles y los altos costes de las consecuencias de la contaminación provocan una bajada del capital industrial total y con ello también de los capitales subsidiarios, lo que conlleva una bajada del índice de desarrollo humano y calidad de vida, y por tanto de la esperanza de vida y de la población total.

Frente al vaivén de movilizaciones y reflujos, avances y retrocesos de la lucha de clases, el capitalismo está socavando la propia base material en la que se ha desarrollado.

Es decir, en nuestro sencillo mundo se ha producido un colapso civilizatorio debido al modelo económico y al modelo energético.

Una vez con las suficientes evidencias para manejar la noción de colapso es necesario preguntarse qué puede hacerse. Por desgracia, no existe una dirección ni liderazgo claros, ni siquiera se ha logrado imponer con éxito ninguna de las dos grandes posturas políticas que dividen a las organizaciones ecologistas. Como ya sucedió en los siglos pasados (y aún hoy en día) en la lucha obrera en base a la contradicción capital-trabajo, el viejo debate Reforma o Revolución vuelve a la palestra. Compartiendo un mismo análisis de la situación y de las causas del problema, las soluciones pasan por reformar el capitalismo para que este sea verde (transición a energías renovables, mayor reparto de la riqueza y economía basada en servicios bajo las reglas del libre mercado regulado) o bien romper con él y dirigirnos hacia un nuevo modelo (sin nombre en los textos ecologistas de esta vertiente pero expresamente anticapitalista) de planificación económica en el que la justicia social y la conservación y regeneración del medio ambiente sean las principales banderas. Mismo debate frente al mismo sistema, con un único cambio de foco: de la contradicción capital-trabajo como base a la contradicción capital-medio. En España, simplificando la gran variedad de asociaciones, grupos y secciones ecologistas de partidos políticos, estas dos grandes líneas las representarían, respectivamente, Greenpeace (reformista) y Ecologistas en Acción (revolucionario).

Lo que no cabe duda es que la máxima de socialismo o barbarie que gritase Rosa Luxemburgo es más actual que nunca. Frente al vaivén de movilizaciones y reflujos, avances y retrocesos de la lucha de clases, el capitalismo está socavando la propia base material en la que se ha desarrollado. Es decir, impone una cuenta atrás que debe hacernos reflexionar y definir nuevas propuestas de actuación en el medio y largo plazo. ¿Podemos estar eternamente contando votos a la espera de ganar el poder político? ¿Podemos estar eternamente esperando las llamadas ventanas de oportunidades haciendo lo mismo que en las últimas décadas? ¿Eternamente esperando a que las condiciones subjetivas nos aúpen en una ola de movilizaciones revolucionarias? Parece que frente a la noción de colapso queda claro que algo debe hacerse. No hay que olvidar que colapso significa la destrucción acelerada, seguramente violenta, de las estructuras de poder y de sostenimiento de las poblaciones actuales. ¿Nuestra actual y tradicional hoja de ruta puede hacer frente a esta circunstancia? La respuesta parece evidente: no podemos aplicar mismas recetas (sin entrar en su mayor o menor eficacia a lo largo de estas pasadas décadas) en un mundo en el que las reglas de juego van a cambiar de forma radical. Debemos abrir el debate de cuál es la mejor forma de anticiparnos a estas predicciones con base puramente material y poder situarnos en una buena posición de cara a hacer frente a la dura reacción esperable de los poderes capitalistas ante su anunciado fin. La contradicción capital-medio impone un límite en el desarrollo lineal de la historia, y es urgente virar nuestra intervención en el largo plazo respondiendo a la pregunta de qué hacer ante él.

Qué duda cabe de que ante una situación de desmoronamiento de las estructuras de producción y distribución capitalistas el movimiento u organización que ofrezca unas garantías de bienestar mínimas a la población contará con una ventaja decisiva en la consecución del poder. Esta reconfiguración puede construirse desde el propio poder capitalista a través de un proceso de exclusión de bienestar material de grandes capas de la población asentado en el uso de la fuerza. Por el contrario, puede venir de la creación de un sistema paralelo de producción y distribución, construido desde la base y ajeno a las estructuras capitalistas tradicionales de poder político e ideológico que, aun dentro su marco, se haya erigido con otras reglas (sostenibilidad, reparto del trabajo, cambio en los hábitos de consumo, etc) que le permitan resistir el colapso. En nuestras manos está decidir qué hacer para hacer frente al colapso y a los planes que estén elaborando ya las élites económicas y políticas capitalistas.

Figura 1. Ciclo de reservas no descubiertas a contaminación, junto con la presencia de los distintos capitales.

Figura 2. Ciclo de reservas no descubiertas a contaminación, junto con la presencia de los distintos capitales.

 

Notas

[1] Donella Meadows, Jorgen Randers, Dennis Meadows, Los límites del crecimiento 30 años después, Galaxia Gutemberg (2003)

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