Somos la generación de las series. Las vemos, las seguimos, las pensamos, hablamos y escribimos sobre ellas. Nos encantan porque son buenas, cuentan historias entretenidas, nos sorprenden y técnicamente tienen calidad; nos gustan porque nos ayudan a evadirnos de la realidad, entretenernos y pasar un buen rato. Otros mundos posibles que seleccionamos con el ratón y en los que nos sumergimos por completo la mayoría de los días de nuestra vida.

El rasgo más característico de las series que vemos hoy es la representación de la clase media, que ofrece varias perspectivas interesantes de análisis.

Las series, como todo producto cultural, transmiten ideología, algunas lo hacen más descaradamente y otras indirectamente, pero todas corresponden a una serie de valores. El rasgo más característico de las series que vemos hoy, a través de plataformas como Netflix y HBO, es la representación de la clase media, que ofrece varias perspectivas interesantes de análisis.

Por un lado, está la reflexión de que la clase media es la mayoritaria en las series, mientras la clase obrera ni aparece ni se le espera. Modern Family, Friends, Cómo conocí a vuestra madre, Mad Men, The Good Wife, son algunos ejemplos. Series menos mainstream y con un aire más independiente como Easy, Love o Please Like Me siguen también en la misma línea.

La ola de series feministas de los últimos años han supuesto un soplo de aire fresco, pero no en cuanto a esta cuestión: Alicia Florick es abogada en un prestigioso bufete de abogados, las madres de Big Little Lies viven en mansiones con vistas al mar, Grace y Frankie se separan de sus maridos en la setentena y huyen a su lujosa casa de la playa, Mora de Transparent es profesora universitaria, y un largo etc. Todas ellas son series necesarias, pero están hechas desde una sola perspectiva –adinerada y blanca- y eso es algo que no podemos dejar de tener en cuenta.

Alguien debería llamar la atención de quienes hacen las series que vemos y decirles algo parecido a lo que Charlotte, de Sexo en Nueva York, dice a sus amigas tras haberle reprochado utilizar el término “working class” mientras les hacen la pedicura: “Hacéis como que vivimos en una sociedad sin clases, y no es cierto”.

La mayoría de ellas siguen sobrerrepresentado a la clase media y transmiten valores hegemónicos y neoliberales. The Good Wife es probablemente el ejemplo más claro de cómo una serie puede postrarse ante los intereses imperialistas de EEUU,  teniendo capítulos dedicados a Venezuela o Siria, por ejemplo. Hay más ejemplos, incluso en las series más progres, las chicas de Broad City son trasgresoras para penetrar analmente a su vecino, llevar marihuana en la vagina o tener relaciones abiertas, pero a la hora de la verdad  sus autoras son capaces de utilizar uno de sus capítulos para hacer campaña por Hilary Clinton y dejarnos a todas sus fans con un sentimiento de vergüenza infinita.

La clase obrera no aparece por lo general en las series, y cuando lo hace es de forma caricaturizada y desde una perspectiva burguesa. La segunda temporada de Top of the Lake da un buen ejemplo de ello, el personaje de Puss es incomprensiblemente ambiguo ideológicamente. Un hombre crecido en la RDA, misógino, anticomunista, manipulador y guarro que utiliza el discurso contra la opresión en su propio beneficio. Tan pronto pega a su novia veinte años menor que él como libera a un montón de esclavas sexuales del mercado de los vientres de alquiler. Sólo se entiende el final de la temporada en conjunción con el trascurso del resto de la trama si se analiza a este personaje desde una óptica burguesa, como una lectura completamente curiosa, excéntrica y distorsionada –con más rasgos de lumpen que de otra cosa- de lo que es un hombre de clase obrera. La serie promete, pero termina sin que podamos decir claramente cuál es la posición de sus autores sobre los vientres de alquiler.

Esta sobrerrepresentación de la clase media en las series, sin embargo, da pie a una situación curiosa. En una sociedad en decadencia, cada vez más extrema, la representación que la clase media hace de sí misma a través de las series roza en ocasiones lo ridículo, lo absurdo, incluso lo cómico. Y probablemente lo hace sin ser consciente de ello.

Un ejemplo reciente es Girls, una serie supuestamente sobre la amistad que hace un retrato de un grupo de mujeres en la veintena, todas ellas de clase media. No queda claro en qué medida de forma pretendida o no, se nos presenta capítulo tras capítulo a unas niñas mimadas, con tolerancia cero a la frustración y muy muy egoístas. Está claro que Lena Dunham pretendía hacer así a estos personajes pero su intención era esbozar un retrato generacional, cuando realmente lo ha hecho de clase. Un relato sobre la juventud obrera de Nueva York sería una historia diferente.

Easy nos da varios ejemplos de esta caricatura, sobre todo cuando cuenta la historia de dos hermanos que se montan una empresa de cerveza artesanal en el garaje de su casa (que termina siendo de éxito, claro). El rancio cuento del sueño americano maquillado con aire hipster; personajes ridículos, aniñados, adolescentes de cuarenta años, caprichosos, que nos son presentados como lo más cool.

La idea que los guionistas, directores y productores tienen de las cosas acaba reproduciéndose en las series que elaboran, y la representación que se nos muestra de ellos mismos no es demasiado inteligente ni demasiado prometedora, salvo en honrosas excepciones. El objetivo ideológico es reproducir sus valores y su modelo de vida, pero sin pretenderlo la clase media se desnuda en las series y nos muestra sus miserias.

Alguien debería llamar la atención de quienes hacen las series que vemos y decirles algo parecido a lo que Charlotte, de Sexo en Nueva York, dice a sus amigas tras haberle reprochado utilizar el término “working class” mientras les hacen la pedicura: “Hacéis como que vivimos en una sociedad sin clases, y no es cierto”.

Un comentario en «Series: la clase media al desnudo»

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