No se trata del grupo mainstream del momento, ni tocaron en el centro de Madrid, por lo que no saldrán en los principales medios, ni si quiera en las principales revistas del panorama musical. Se trata de una historia de El Pozo (Vallecas), uno de los barrios más humildes y obreros de Madrid, y de Los Chichos, hijos predilectos del barrio. Este pasado lunes por la noche, el grupo madrileño tocó ante la abarrotada plaza del Centro Cultural El Pozo, que se quedó incluso pequeña, ante miles de vecinos y seguidores, que olvidaron sus problemas por un momento, cantando, tocando las palmas y bailando durante hora y media con su música traída del siglo XX al XXI.

Antes de empezar, se presagiaba que iba a ser una noche grande para el barrio. No era un concierto cualquiera donde la gente se agolpa de pie junto al escenario para disfrutar de la música de sus ídolos, sino que, en el centro de la plaza, justo delante del escenario, cientos de sillas se agolpaban, para que pudieran sentarse los más mayores y los más castigados por la vida, que, en ese barrio, no es nada fácil. Es por ello (por las sillas) que parecería, a simple vista, que o se trataba de un concierto de música más tranquila en la que no se baila mucho y de ahí a estar sentados o de que ese concierto iba dirigido mayoritariamente a la tercera edad, que necesitaba estar sentada por sus ya malgastadas piernas. Sin embargo, pronto se rompieron estas dos hipótesis: en primer lugar, nada más salir al escenario los miles de personas que había empezaron a mover alguna parte de su cuerpo al ritmo de estas rumbas, y segundo, varias generaciones se unieron bajo el cielo estrellado de El Pozo. Quinceañeras cantando sus letras, matrimonios de la tercera edad bailando, padres e hijos, ligeramente emocionados, abrazados en medio de las canciones, pandillas de veinteañeros de diferentes estéticas tocando las palmas, y hasta un chaval de unos treinta y pico de años se subió al escenario para mostrar su tatuaje con las caras de “Los Chichos”. Muchas camisetas de “Madrid Kinki”, “Madrid Antifa” o “Defend Vallekas” se juntaron junto a otras más clásicas como la camisa de manga corta abierta por la mitad del obrero jubilado. Rastas, cabezas rapadas, punkis, adolescentes con estética “trapera” o corrillos de gitanos tocando las palmas unidos bajo unas mismas letras y ritmos. “Quiero ser libre” o “El Vaquilla”, “dedicada para uno de los personajes más importantes de nuestro barrio, allí donde estés”, fueron de las más aplaudidas por los presentes.

Letras que hablan de los problemas sociales de la clase trabajadora, pero sin hablar con los códigos de la izquierda tradicional

El público se entregaba: “esa es muy buena” decía un joven de treinta y algo de años; “que grandes sois Chichos” gritaba uno más mayor. Y ellos devolvían los halagos y agradecimientos con guiños a su barrio: “estamos encantados de poder cantar en nuestro barrio, entre nuestros vecinos, amigos y familiares con los que llevamos toda la vida viéndonos”. Incluso, para echar más leña al fuego de sus rumbas, la nieta de uno de ellos se subió al escenario para bailar al son de las letras de su abuelo.

Que tendrán sus letras que cuarenta y cinco años después de su génesis, siguen siendo escuchadas por varias generaciones. Letras hechas en la transición y en los años de la “modernidad”, “el progreso”, la entrada en la OTAN, los GAL, las primeras privatizaciones, las reformas laborales, las huelgas generales, la movida madrileña… Letras que hablan de heroína, de amor y desamor, de la cárcel y la libertad (ayer pidieron la libertad de los presos), pero que, sin embargo, son reinterpretadas y dan sentido al presente. “Esta va dedicada a los jóvenes que seguro que os acordáis de esos momentos en los que vuestros padres os la ponían en el cassette”. Y es cierto, son muchos los jóvenes que se han criado con estas canciones. Letras que conectan con las de otras culturas urbanas actuales como el hip-hop, pero con otros códigos y escritas hace más de cuarenta años. Letras que hablan de los problemas sociales de la clase trabajadora, pero sin hablar con los códigos de la izquierda tradicional como sí lo hacen los que se dedican al rap político de protesta actualmente. Y estas son quizás las claves de su éxito, de su atemporalidad, a pesar de no tener un gran sello detrás que les facilite las cosas: son letras que hablan de las consecuencias de la pobreza, el paro o las drogas, problemas que siguen siendo el día a día de barrios como El Pozo de Vallecas, con la tasa más alta de paro y con una de las mayores de pobreza de la capital, y además contadas de una forma sencilla, adaptada a quienes van dirigida, con sus mismos códigos y expresiones populares, o quizás sin adaptar, porque en realidad, fueron hechas por ellos, por los que saben lo que es sufrir por tener el frigorífico vacío, por tener que trapichear para sobrevivir, por los que saben lo que es vivir un desahucio, o la privación de la libertad…

En resumen: diferentes tiempos, mismos problemas, mismas letras.

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