«Vamos hacia una sociedad llena de trabajadores con doctorados sin idea sobre literatura o filosofía»

Hace siete años nació la editorial Hoja de Lata. En ella, la clase obrera ha encontrado un aliado literario, siendo protagonista directa de sus novelas. Entre sus historias podemos encontrar a un trabajador siderúrgico muerto a causa de su exposición al amianto, a una joven palestina violada y asesinada por militares israelíes, a un espía soviético de la II Guerra Mundial, a unos sindicalistas mineros en la huelga contra Thatcher o a las mujeres obreras que relata Luisa Carnés en Tea Rooms y que son resucitadas por este sello asturiano un siglo después de su nacimiento. Frente a la mercantilizada literatura convencional, nuestra clase exige su protagonismo como motor de la realidad. Reanudando su actividad de cara al exterior tras la primera fase de la pandemia, cuando cesaron en sus envíos, Daniel Álvarez, editor de Hoja de Lata, nos atiende telemáticamente para tratar tanto la actualidad de la industria del libro como nuestra situación como clase respecto a la literatura.

Si por algo destaca vuestro catálogo es por su carácter de clase. Frente a la equidistante literatura convencional, Hoja de Lata se desmarca con una marcada conciencia de clase. ¿Por qué seguís esta línea editorial?

Porque somos así, no sabríamos ni querríamos hacerlo de otra forma. Hay una máxima en el oficio que es no publiques solo aquello que te guste. Es decir: publica libros comerciales, que estos te permitirán incluir disimuladamente aquellos que son de tu preferencia. Pero nosotros no sabemos publicar obras en las que no creemos y, por ello, nuestro catálogo refleja lo que somos como personas.

También teníamos muy claro que no queríamos ser una editorial abiertamente militante. Creemos que siendo un sello literario independiente nos podemos permitir muchas más licencias, evitando que gente de a pie nos rechace a priori, lo que nos ha dejado experiencias muy sorprendentes. Por ejemplo, y aprovechando vuestra reciente reseña de Tea Rooms, conocimos una librería del barrio de Salamanca (Madrid) en la que alrededor de treinta mujeres se juntaban en el club de lectura emocionadísimas hablando de Luisa Carnés y sus obreras. Si hubiésemos ido con nuestra etiqueta ideológica por delante seguramente estas mujeres se hubiesen acercado a esa obra lo mismo que el gato al agua, o ellas mismas al demonio.

Tea Rooms se ha convertido en una de vuestras ediciones estrella. ¿Cómo fue el proceso de «resucitar» la novela de Carnés? Vemos que este tipo de reediciones históricas es otra de vuestras marcas de la casa.

Tea Rooms se la debemos a David Becerra, de la Fundación de Investigaciones Marxistas. Coincidimos con él en Barcelona en una presentación de Upton Sinclair [otro autor histórico del que Hoja de Lata ha reeditado cuatro obras ambientadas en el periodo de ascenso del fascismo, que visita la España en guerra en Ancha es la puerta]. Después de la presentación hablamos sobre una desconocidísima autora republicana española, feminista y comunista, Luisa Carnés, que en 1934 había publicado una novela con el nombre de Tea Rooms: mujeres obreras. Nos llamó la atención, en primer lugar, que en la España del 34 una autora titulase su novela en inglés. Acto seguido nos conseguimos hacer con una edición viejísima y alucinamos con lo que Luisa nos contaba. Tanto fue que detuvimos el resto de trabajos y nos centramos en editar Tea Rooms con el objetivo de llegar a la Feria del Libro de Madrid, y desde entonces ha sido un fenómeno literario difundido por el boca a boca. Hasta llegar al punto de que los medios de comunicación se han hecho eco de esa sinsombrero que, curiosamente, a los once años ya cosía sombreros en el taller textil de su familia. Es el libro que más alegrías nos ha dado, tanto en el aspecto económico como en el afectivo y literario.

Para no encasillaros como editorial militante os ayuda el hecho de no reduciros al ensayo. Da la impresión de que la literatura históricamente le había otorgado a la izquierda el género del ensayo. Sin embargo, en vuestro catálogo lo que predomina es la narrativa…

Sí, estábamos encasillados en el ensayo. Personalmente siempre he sido de ensayos sesudos que nos formaban, fortalecían y reafirmaban nuestros argumentos. En cambio, al descubrir el tremendo potencial político que podía tener la narrativa, nos inclinamos por este camino. No queríamos reducirnos a publicar ensayos para los ya convencidos, sino llegar al público lector preocupado por descubrir cosas nuevas a través de la ficción. Tenemos una colección de ensayos mucho más pequeña, pero nuestra columna vertebral es la ficción y estamos obteniendo una respuesta muy buena por parte de lectores altamente ideologizados, militantes habituales del ensayo, a los que les emociona descubrir nuevas reflexiones a través de la ficción, que puede resultar tan estimulante para las neuronas como el ensayo.

Pareciera que en el imaginario literario común no hay espacio para los espías soviéticos de la II Guerra Mundial, tan solo para los anglosajones; ni para el fútbol popular, solo para el comercial; ni para las autoras de la Generación del 27; ni para Palestina… ¿Cómo de complicado es, desde el punto de vista editorial, navegar en la contrahegemonía?

Aunque es complicado, curiosamente en España se da un fenómeno muy sorprendente y positivo que afecta a las pequeñas editoriales. En las buenas librerías independientes comparten espacio equitativamente las propuestas de los grandes sellos, por un lado, y las de los pequeños, por otro. Este fenómeno comenzó en nuestro país hace unos quince años y el público respondió muy bien. Tenemos una curiosidad lectora sorprendente que no se da en otros países como Francia, Inglaterra o Italia, donde la distancia entre los grandes sellos tradicionales y los pequeños es abismal. El hecho de que existan tantísimas editoriales independientes con, en ocasiones, no más de un par de personas trabajando, es un aspecto particular de España.

Hace quince años nuestro distribuidor, que fue la unión de varios pequeños distribuidores, apostó por hacer valer el catálogo de las pequeñas editoriales independientes ante las librerías y las grandes superficies. Y le salió bien la jugada. Sin un distribuidor que apueste por ti lo tienes complicado. Las redes de distribución alternativas que existen no llegan a los niveles necesarios. Personalmente, fui librero toda mi vida antes de ser editor. Era desolador cuando llegaba un distribuidor a la librería con un gran catálogo y ni siquiera mencionaba muchas pequeñas editoriales de su red que publicaban obras interesantísimas.

El sector editorial no ha escapado de la pandemia y las incertidumbres superan de largo a las certezas. La editorial Errata Naturae comunicó la semana pasada que no publicarían novedades hasta otoño o invierno, en un análisis sobre la industria del libro que invita a la pausa y la reflexión. No obstante, quizá esta posibilidad no la pueden tener aquellas pequeñas editoriales con menos ahorros. ¿Cuál es vuestra visión del futuro a corto y medio plazo?

Es cierto que el mercado editorial español vive en cierta burbuja, en una continua huida hacia delante: se publican demasiados títulos y las novedades sepultan las de la semana anterior. Hace un año, en Bilbao, al calor del festival Gutun Zuria, la editorial Consonni organizó unas jornadas de trabajo con un grupo de reflexión compuesto por una docena de editoriales independientes. Ya entonces planteamos unas reflexiones muy parecidas a las que plantea Errata en su manifiesto. No obstante, ante esta situación, nos hubiese gustado una respuesta colectiva. La postura de un sello sobre la saturación del mercado y los pecados del sector editorial nos parece bien, pero hay que ser coherentes. Errata publica treinta y cinco títulos al año; y en las semanas previas a la pandemia habían publicado cuatro obras. Hay editoriales que pueden tener colchón tanto económico como de títulos para aguantar hasta después de verano, e incluso hasta más adelante; sin embargo, otros muchos sellos trabajamos acorde a esa reflexión y la llevamos a la práctica publicando pocos títulos al año.

¿En qué novedades estáis trabajando? 

La primera de nuestras novedades será Los incendiarios, Premio de Literatura de la Unión Europea 2019, escrito por la autora norirlandesa Jan Carson, que plantea una historia en el Belfast protestante actual en el que, a raíz de una limitación de la altura de las hogueras de solsticio de verano por parte del Ayuntamiento, se desencadena de nuevo una ola de violencia e incendios a lo largo de toda la ciudad bajo el antiguo eslogan de No atentéis contra nuestros derechos civiles. Se juntan dos historias, una de un realismo crudo, dramático, de un paramilitar unionista que ve como su hijo se ve envuelto en esa espiral de violencia; y otra de realismo mágico de un médico pusilánime encantador que un día se encuentra con una sirena con la que tiene un romance y una hija, a la que cría en silencio para convertirla en muda.

Abogasteis por paralizar los envíos durante las semanas críticas de la pandemia, sin embargo, esta opción contrasta con la línea comercial de las grandes cadenas, como la Casa del libro o Amazon, cuyos mensajeros se han seguido exponiendo al virus para llevar los libros a sus compradores. ¿Quizá esto pueda ejemplificar la distancia que existe entre una editorial independiente y la gran industria librera?

Sí. Dejamos de hacer envíos y no porque no lo necesitáramos, ya que los ingresos eran cero. Necesitamos, a la fuerza, ser coherentes con nuestro pensamiento. Eso implicaba no arriesgar la salud de los trabajadores de Correos, de los que prácticamente somos amigos ya, o de los de las mensajerías, que es un sector con condiciones muy precarias y con mucho estrés. Estuvimos un mes mordiéndonos las uñas, pero era lo que procedía.

Colgamos un anuncio en la web explicando nuestra decisión de cesar los envíos. Tuvimos un centenar de pedidos durante esta pandemia y solo dos cancelaron su compra al comprobar que no enviábamos aún la obra. La gente también responde bien. Parte de esa necesidad de desacelerar nuestra sociedad capitalista es hacerle comprender a la gente que no tiene necesidad de tener un libro entre sus manos mañana mismo. Que su vida no va a cambiar por ello, salvo que el libro sea un manual de la vacuna del COVID.

En Una historia popular de fútbol se retrata el desarrollo del balompié, que empezó como un deporte elitista que el pueblo consiguió arrebatar para sí, y que ha llegado a convertirse en uno de los mayores negocios del planeta, atrapado por las garras del capitalismo, pese a que siguen existiendo resistencias. Reflexionando, esta evolución ha sido muy parecida a la de la literatura. ¿En qué punto nos encontramos ahora, un momento en el que prácticamente cualquiera puede tener acceso, ya no solo a leer, sino incluso a publicar un libro independientemente de su calidad literaria?

Hace poco leía las memorias de José Mari Zabalza, editor de Txalaparta, en las que contaba que en uno de sus viajes a la Venezuela de Chávez se encontró con la democratización de la literatura. Este plan trataba de publicar, en tiradas importantes, libros que escribiese cualquiera. Zabalza expuso que eso sería un error, ya que no todo el mundo tiene la capacidad de escribir, igual que no todo el mundo tiene los conocimientos necesarios para arreglar un motor u operar un cerebro.

Se está vendiendo una falsa democratización de la cultura cuando verdaderamente esta es una carrera de fondo.

Puedes ser un pastor de cabras y convertirte en un enorme poeta; o puede ser, lo normal, que tengas que adquirir un bagaje cultural previo para poder crear un estilo narrativo propio que te llevará toda tu vida. Sin embargo, hoy tenemos un país en el que existen más escritores que lectores prácticamente. Os sorprenderíais con las propuestas que nos llegan. Autores noveles con una variedad de géneros de todo tipo, con un discurso que es poco más que: «escoge cuál de mis novelas quieres porque tengo un variado repertorio…». Nosotros pensamos: «Joder, otros toda su vida dedicándose a un solo género para escribir una novela y otros aquí con una alegría tremenda».

También se está produciendo la liberalización de los libros, que nos parece algo pernicioso. Se está regalando el trabajo de toda la cadena del libro. En este mundo, con esta mentalidad, lo que se regala no se aprecia. Pero es que en el mundo del libro ya existe la cultura libre desde hace miles de años: está en las bibliotecas. Somos mucho más partidarios de que se exijan fondos para las bibliotecas públicas, a las que cualquier persona pueda acudir para pedir la última novedad de cualquier editorial. Algo mucho más viable que andar por ahí sumándose a la ideología californiana en la que lo tecnológico e internet nos van a facilitar una socialización de todos los saberes que va a conllevar el derrumbe del poder.

Hay que tener en cuenta que para publicar un libro ha habido un editor que se ha leído el libro, lo ha contratado, se lo ha entregado a un traductor, a unos correctores, a diseñadores, a artes gráficas… Sin embargo, con un click liberalizador, toda esta cadena de profesionales desaparece. Es pan para hoy y hambre para mañana. Echemos el freno de mano en esta alegría cibersocializadora y pensemos que detrás de cada libro que se está regalando, lo que se regala es el trabajo de una red de profesionales.

Precisamente, hace poco se publicó el Manifiesto en defensa del libro, en el que exponíais una manera muy simple de apoyar al sector desde las instituciones públicas: que es adquiriendo sus novedades para las bibliotecas. Es aterrador lo desactualizados que están los catálogos de las bibliotecas públicas.

En nuestra sociedad no se aprecian el saber y la cultura. Antes si eras un ignorante tratabas de esconderlo, y ahora a partir de ello te creas un personaje mediático y te conviertes en celebrity. Nosotros cuestionamos cuando determinados partidos políticos, que han estado en el poder, comparten sus propuestas explicando qué necesita el sector editorial. Lo primero que necesita el sector es que no se lleven a cabo medidas como las suyas en el gobierno; como las de sacar la literatura y la filosofía de la lista de asignaturas obligatorias en el currículum de la educación secundaria. Nos estamos convirtiendo en una sociedad llena de trabajadores muy especializados en su sector, que pueden ser doctores con cuatro másteres pero que no tienen ni idea sobre Cervantes, Shakespeare o filosofía. Esto es hacer una sociedad de mutantes en la que vivimos alegremente descargando aplicaciones todo el día sin pararnos a pensar ¿para qué?

Desde las instituciones públicas se debe dotar de fondo a las bibliotecas, que están marginadísimas, se les debe poner en valor; pero también se debe sembrar desde el principio. Las ciencias sociales, humanidades y la cultura deben ser la columna vertebral de nuestra educación. A partir de ahí, que se especialice cada uno en lo que desee. También vemos ejemplos sorprendentes de grupos de lectura en bibliotecas públicas con pocos fondos que funcionan estupendamente o una guerrilla cultural del activismo en librerías que han recuperado la acción que antes era propia de las bibliotecas. Existen una serie de agentes muy vivos, minoritarios, pero muy a tener en cuenta.

Una colección de vuestro catálogo que llama la atención es la de las obras escritas en lengua asturiana, en una clara defensa de su oficialidad. ¿Qué papel juega la literatura en esta lucha? ¿Funcionan bien estos títulos? ¿Vuestras pretensiones son distintas al publicar una obra en asturiano?

Las pretensiones son las mismas, aunque conllevan un extra: la necesaria reivindicación que hay detrás de esa publicación. El asturiano en nuestra tierra tiene un carácter de no oficial pero sí de lengua propia. Por ello, para su defensa se le dedican una serie de recursos financieros y tiene carácter voluntario en la educación, pero realmente nunca se ha apostado por hacerla lengua oficial e incluirla obligatoriamente en todos los niveles educativos. En Asturias, feudo del PSOE, siempre ha imperado la concepción de unas élites cosmopaletas que creen que todo lo bueno viene de fuera y que lo propio tan solo sirve para consumo interno o para avergonzarte.

Paco Álvarez, nuestro traductor habitual de italiano, ganó el principal premio de las letras asturianas con su novela Lluvia d’agostu, una biografía ficcionada de Durruti, y nos decidimos a publicarla y a lanzar una colección en asturiano con tan solo dos títulos al año. Creemos que vale más publicar poco pero bien, consiguiendo proyección exterior, a estar sacando veinte obras al año que no salgan de los almacenes.

Fiel reflejo de la situación puede ser que, hoy en día, en el resto del estado se sigue conociendo al asturiano como «bable».

Uno de los grandes cánceres de nuestra tierra es el cosmopaletismo de las élites, del que solo se salva Jovellanos. El resto tan solo ha sabido mirar hacia la meseta. No se trata de cerrar tras la cordillera cantábrica y hacer nuestra Arcadia feliz. No hace falta ser nacionalista para valorar las cosas inmateriales de tu tierra, tu cultura, tu forma de hablar. Históricamente la tendencia en Asturias ha sido que la lengua grande se ha comido a la chica, por lo que unos hablamos un asturiano castellanizado y otros un castellano asturianizado. Pero ahora, con la tremenda influencia de las redes, nuestros hijos hablan antes el idioma de Pikachu que esta mezcla de lenguas. Es realmente complicado asegurar la supervivencia de una lengua si ni siquiera la administración la pone en valor. No obstante, aquí no se rinde nadie.

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