Durante la visita de Bob Pop al programa de emisión en Youtube “Otra Vuelta de Tuerka”, presentado por Pablo Iglesias, este ponía en valor la valentía del colaborador de Andreu Buenafuente, por hacer accesible al gran público «una especie de virus marxista» con algunas de sus intervenciones en Late Motiv. Ante el más que evidente contenido anticapitalista de muchas de sus apariciones, el invitado respondía de forma sorprendente
haciendo referencia a la amplia legitimidad con la que cuenta en la actualidad el capitalismo, al menos la suficiente como para permitir la expansión de cierto discurso contestatario y que a fin de cuentas «no pase nada».

Esta reflexión puede resultar útil para aproximarnos a cierta parte de la producción cultural de masas con aspiraciones transformadoras y contenido crítico. El film surcoreano «Parásitos» (2019) del director Boon Jon-ho, es un claro ejemplo de obra multipremiada y de acceso al gran público que genera la oportunidad de debatir principalmente sobre uno de los ejes principales del marxismo: la lucha de clases.

La película, ambientada en la Corea del Sur actual, narra la historia de dos familias provenientes de distintos estratos sociales que pugnan por vivir y sobrevivir en el capitalismo contemporáneo. El director, transmite de forma cruda y directa el antagonismo de clase en base a entornos cercanos al espectador: la vivienda como hogar, como centro de trabajo y como campo de batalla; junto con las características usuales insertas en el
imaginario colectivo sobre cómo son los ricos y cómo son los pobres. Todo ello atravesado por un anhelo de emancipación de los oprimidos que aparentemente espera que el supuesto «ascensor social» del capitalismo funcione.
Los fuertes contrastes derivados de la posición social, el nivel de renta y las condiciones materiales son el hilo conductor principal de la obra. La familia burguesa vive en espacios amplios con una casa de varias plantas, rodeados de una pulcritud insultante llena de luz. Cuentan con una trabajadora doméstica, chófer y profesores particulares para sus dos hijos. Los roles están definidos: padre de familia empresario de éxito, madre preocupada por la educación de sus hijos y encargada de organizar los encuentros sociales de la familia, hija adolescente con tics de rebeldía y un niño pequeño intranquilo y travieso. Con altas expectativas y un futuro prometedor que les permite planificar su vida vida familiar por la ingente cantidad de recursos con los que cuentan. Frente a ello, la familia proletaria, habitante del sótano de un suburbio degradado que es fumigado al inicio de la película, con un grado de cohesión un tanto extraño, guiados por una picaresca ligada a la
extrema pobreza que sobrevive bajo unas condiciones propias (en base a los parámetros hegemónicos) de un país pobre, no hay que olvidar el punto de partida de la conexión entre ambas familias es la necesidad de trabajar como profesor particular del hijo obrero ante su imposibilidad de acceder a la universidad, teniendo para ello que falsificar un título académico.

La desigualdad se presenta constantemente a lo largo de la película como un fenómeno impuesto por naturaleza y que sustenta los privilegios de la familia pudiente, las causas de esa desigualdad y como revertirla – o exterminarla- es otro de los ejes del film. En su desarrollo, Parásitos cuenta con un arsenal de detalles que justifican la violencia de abajo hacia arriba. Durante buena parte del largometraje, el clasismo destilado por parte
de la familia burguesa hacia los personajes obreros es ofensivo y opera en espacios cotidianos cercanos a la mayoría de los espectadores: en esto la distinción por el olor es clave y chispa de la respuesta violenta. Los ejemplos son variados, existe un contraste duro al mostrar la vulnerabilidad de la propiedad ante la lluvia, una tienda de campaña en un jardín lujoso es más resistente que el sótano de los pobres, y esta catástrofe activa los lazos de solidaridad entre el vecindario. Dichos lazos no aparecen en el ámbito elitista de la familia rica. Por otro lado, el retrato de la guerra entre pobres, representada a través de la pugna entre la familia obrera y su competidora en el marco de la casa como lugar de empleo, que muestra la sumisión al amo burgués por parte del marido de la antigua sirvienta, invisible ante los ojos de las élites, es fundamental para el desenlace violento de la pugna familiar.

La escena de con más carga ideológica de carácter reaccionario se produce cuando el padre de la familia obrera, en conversación con su hijo en un polideportivo tras la inundación de su barrio, rechaza explícitamente la necesidad de «tener un plan» para poder sacar a su familia de la situación convulsa en la que se encuentran. El personaje se entrega al azar, renuncia a la linea planificada que por medio de la coordinación colectiva en el ámbito familiar les permite disputar el espacio de poder a la familia rica. Reniega de la respuesta organizada y la violencia se muestra como reacción individual de venganza. Este punto de inflexión en el guión es lo que le otorga el visto bueno de la industria cinematográfica al producto.

Como conclusión, una obra notable que revuelve conciencias a través de la crítica de la ostentación y la opulencia de los ricos. La cinta oscarizada, contiene suficientes elementos útiles para generar debate y reflexionar sobre la existencia de la lucha de clases. Con el objetivo de generar múltiples interpretaciones, comenzando por la ambigüedad en el título que obliga a preguntarse incluso quien ostenta el rol de parásito en la sociedad capitalista, qué familia trabaja más y genera riqueza y cuál se apropia de esa riqueza ajena. En definitiva, cumple con su papel polémico aun estando inserta en una industria, que como correa de transmisión de la ideología dominante, tiene límites, a veces más amplios, debido a la consolidación del propio capitalismo y a la falta de una propuesta colectiva que sustituya el estado de cosas expuesto en la película.

Alberto García, militante del Partido Comunista de España

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