Últimamente se ha escrito mucho en redes sociales sobre la romantización que se está haciendo de la marginalidad y de la pobreza, de una cierta glorificación de lo -asociado o interiorizado como- quinqui y periférico en una, a menudo bordeante, apología de la delincuencia e incluso de la drogadicción. Músicos, comentaristas y escritores, entre otros, se han hecho eco y denunciado, a través de sus redes y espacios de opinión, esta tendencia que pese a estar en el foco no resulta tan nueva.

Se ha hablado sobre los males y bondades de la representación, sobre el papel de los mass media o productos culturales como la música y el cine. Se ha tratado largo y tendido sobre todo aquello que es «apropiado» por el sistema y vaciado de todo carácter de clase, desactivado en su contenido reivindicativo o que confronte directamente con el sistema, para ofertarlo en serie en el catálogo de experiencias, modas, identidades o como ilusión de pertenecer a un «grupo de iguales»  que dé sentido y orientación a nuestra mísera existencia; más que a veces con el exotismo propio de aquello que se mira con extrañamiento y admiración hueca desde la lejanía, de quién a lo sumo se sabe turista en dicha realidad.

Lo que proponemos es retomar a Marx para desentrañar eso que se oculta, o más bien los árboles que parecen no dejarnos ver el bosque, situándonos en aquello de que “Este carácter de fetiche del mundo de las mercancías nace (…) del peculiar carácter social del trabajo productor de mercancías”. Lo menos relevante aquí es si hablamos de mercancías propiamente dichas o formales y tangibles puestas en el mercado. Porque el carácter fetichista de las mercancías y del capitalismo radica en que éstas, donde se incluye a los propios trabajadores y trabajadoras, pese a tener un carácter y un proceso de producción que es social se nos muestran intuitiva y directamente como realidades cosificadas con un valor, unas propiedades, funciones y sentidos como si les fueran inherentes; que hemos de consumir como en una suerte de pulsión de la naturaleza humana independientemente del contenido y la forma de éstas.

Si el Capital es una relación social, el fetichismo es igualmente un fenómeno social y entramos con él al dominio de la ideología.

El carácter social del proceso de producción de las mercancías, las condiciones y relaciones en las que se engendran son desdibujadas –mejor dicho, al valorarlas se nos desdibujan- pese a ser su contenido mismo; y como sabemos la fuerza de trabajo, el trabajador mismo ha sido objetivizado, convertido en objeto y mercancía para la producción de más mercancías. Es aquí donde queríamos llegar, porque en el grado de desarrollo actual del modo de producción capitalista y siendo estas relaciones materiales las que determinan y estructuran el conjunto de relaciones y a la totalidad social, lo que Marx parecía alertar y a lo que parecemos asistir es a una transmutación general de las relaciones sociales y de nuestra percepción. El fetichismo invisibiliza las determinaciones materiales y relaciones sociales que en la base están configurando la realidad y direccionando nuestras vidas y, lo que es más, cómo la concebimos y nos relacionamos con ella, cómo la estudiamos o intervenimos en esta.

De ahí podríamos sostener la idea de que aquello que se objetiviza es fácilmente introducido al mercado, pero sobre todo que nuestra relación inmediata con ello será inconscientemente como la que mantenemos con una mercancía y su consumo. De ahí, que sean mucho más complejos los debates en torno a las apropiaciones que hace el sistema cuando realmente operamos en su dominio y bajo sus lógicas. Lo que tratamos de señalar en esta relación es que, pese a que hablemos de procesos más complejos y con múltiples factores en una relación de determinación y dominación que no caben en este artículo, el fetichismo es un vector ideológico que parte del carácter mismo del capitalismo y que parece haber dominado cada parcela de relación y subjetividad social. Que este fetichismo sirve de sustrato a los crecientes procesos de individualismo, atomización y estereotipación difuminando y recrudeciendo la lucha de clases, pues no vemos y cuestionamos a qué responden los fenómenos: los ingerimos.

Porque aquello con lo que nos relacionamos desde la cosificación es fácilmente desligado de su contexto, de los procesos que han llevado a las condiciones en las que se encuentra y lo que éstas suponen para nuestra clase. De ahí que parezca sencillo caer en el error de mitificar lo «quinqui» o la marginalidad como producto e identidad y que pueda ser ofertado formalmente en el mercado en líneas de ropa (por poner un solo ejemplo). Pero también que pueda ser asimilado y consumido informalmente pero desde la misma lógica no solo por nuestra clase, dándole sentido como algo propio, definitorio y que puede dotar de una respuesta a la violencia estructural que sufre, sino especialmente por sectores de la burguesía o desde instituciones como la academia con su labor ideológica.

Todo lo comentado no busca ser una oda contra determinadas reivindicaciones o la criminalización de expresiones populares. Tampoco pretende servir como explicación, necesariamente reducida, ni una valoración en tono estrictamente fatalista. Pretende plantear que tras esta «glorificación» opera una perversidad tremenda y lo es sobre todo en las consecuencias nocivas y alienantes para nuestra clase; perversidad que no podemos reproducir ni amparar, sino que debemos plantarle batalla ideológica y organizativa.

Porque si dejamos que las respuestas a nuestra explotación, a la destrucción de nuestros barrios y a la negación de presente y futuro se canalicen y normalicen de este modo, estaremos fijando nuestra condena.

Si permitimos que las respuestas que emprendamos resulten en atajos autodestructivos y se reduzcan a expresiones culturales, estereotipadas y asimiladas con orgullo como identidad propia y definitoria, o hábitos contra nuestra propia integridad y evasivos sin dirección de lucha y transformación, tendremos ante nosotros y nosotras una carrera de obstáculos dentro de una ratonera donde no habrá escapatoria posible. La respuesta solo puede ser una: pelear por los nuestros y nuestros barrios, reconocernos, cuidarnos y organizarnos para poder conquistar una vida digna.

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