La declaración del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora se establece en 1910 en la II Conferencia de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague a propuesta de Clara Zetkin, militante del Partido Socialdemócrata Alemán.

Mirar hacia atrás, de dónde venimos, e identificar a nuestras referentes y los debates que ya impulsaron hace décadas, es un necesario ejercicio de reflexión. No se puede olvidar otros nombres de las pioneras y participantes en la Conferencia como Rosa Luxemburgo, Alexandra Kollontai o Nadiazda Krupskaya, que además de tener puestos dirigentes en el Movimiento Obrero, reivindicaron los derechos de las mujeres, haciendo especial hincapié en los derechos civiles, como la igualdad legal y el sufragio, y en derechos sociales, como la igualdad con el hombre en el trabajo y en la representación política. Como vemos, las reivindicaciones iniciales no se separan demasiado de las actuales del movimiento feminista; es importante localizar a nuestras madres políticas frente al feminismo neoliberal y mainstream que nos vende como referentes a grandes banqueras o empresarias de éxito.

Puesta la vista en nuestras referentes, huelga decir que no sería justo situar al movimiento obrero y socialista como el verdadero germen del feminismo. Desde la Revolución Francesa con Olimpia de Gouges y “La declaración de derechos de la mujer y la ciudadana” que ya clamaba contra la visión machista de los Ilustrados, o las más conocidas – probablemente por su origen social burgués – y representadas en series, películas y libros, las sufragistas. Especial mención también merece el papel que las mujeres de Paris tuvieron en la Comuna con el emocionante episodio de la defensa de los cañones de la Guardia Nacional, ejemplo paradigmático de nuestro papel en las revoluciones y levantamientos populares a lo largo del siglo XIX.

El mito fundacional se sitúa en EEUU, en concreto en la ciudad de Nueva York. Por un lado, el 8 de marzo de 1857 las trabajadoras textiles se echaron a la calle protagonizando movilizaciones masivas, por el otro el 25 de marzo de 1911 también en la misma ciudad ante un encierro en una fábrica de camisas un incendio causó la muerte de 123 mujeres y 23 hombres. Hecho que cautivó al movimiento feminista y obrero siendo tan reciente, el año anterior, la proclamación del 8 de marzo. Como el 1º de Mayo con los mártires de Chicago, el hecho trágico explicaba por si solo la situación de las mujeres obreras en el capitalismo situadas explotadas como clase obrera y otra vez explotadas como mujeres respecto a los hombres.

Pero la historia del 8M continúa y fue un 8 de marzo en la Rusia imperial, 23 de febrero en el calendario gregoriano, el que supuso la chispa de la Revolución de Febrero. La carestía vital, las muertes en el frente y el caduco sistema zarista (razones brevemente explicadas pues no es el objetivo del texto) fueron las razones por las que las mujeres protagonizaron la jornada de lucha que supuso el inicio de la Revolución Rusa. Las largas colas que hacían las mujeres para conseguir el pan se convirtieron en manifestaciones espontáneas, reivindicando el fin de la guerra y del régimen zarista. Esto, sumado al clima de crispación, contribuyó en gran medida a precipitar el final del zarismo.

Resulta así lógico que fuera la URSS – como lo fueron posteriormente en el resto de países socialistas – uno de los primeros países en situar el 8 de marzo como día nacional, frente otras instituciones como la ONU que lo reconoció en 1975 o los EEUU que no lo hicieron hasta 1994.

Otra vez más el movimiento obrero y la historia nos debe un reconocimiento especial a las mujeres trabajadoras.

Este ha sido un breve repaso a la historia de la fecha del 8M. Pero no olvidemos que es papel de todas que siga siendo un día de reivindicación feminista, en nuestras manos esta que sigan siendo lugares donde podemos expresarnos y luchar por nuestros derechos y no se conviertan en una fecha sin contenido e institucionalizada.

¡Viva la lucha feminista!

¡Viva el día de la mujer trabajadora!

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