Este mes de febrero se cumplen 63 años del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), que se desarrolló entre los días 14 y 26. Este acontecimiento tiene especial significación para el movimiento comunista internacional, pues supuso la institucionalización de las tesis revisionistas y, por consiguiente, el triunfo de los remanentes de la vieja sociedad frente a las fuerzas revolucionarias que querían construir un mundo nuevo. Desde entonces, la URSS -y la totalidad de los estados socialistas que se mantuvieron bajo su influencia-, aunque conservó grandes conquistas y desarrolló aún nuevos derechos para la clase trabajadora, caminó sin freno hacia la restauración del capitalismo, de la mano de una ideología burguesa que se había hecho con la dirección del Partido y del Estado.

Con este artículo, no pretendemos analizar en profundidad las tesis del XX Congreso, sino esbozar sus características fundamentales y detenernos algo más en la de contenido económico. Queremos, por así decirlo, contribuir a una primera aproximación al tema que nos permita arrojar un poco de luz y echar abajo algunos mitos.

A grandes rasgos, el XX Congreso se puede resumir en estas cinco ideas:

-Criminalización de Stalin por parte de Nikita kruschev, nueva figura emergente.

-Introducción del mercado como elemento para la construcción del socialismo.

-Partido y Estado de todo el pueblo, y no de la clase obrera.

-Posibilidad de un tránsito pacífico y parlamentario al socialismo en los países capitalistas.

-Tergiversación de la idea leninista de la coexistencia pacífica.

 

En este texto, trataremos únicamente el segundo punto: la introducción en la URSS del mercado como un elemento compatible con el socialismo. Esta es una idea que, lejos de imponerse de manera repentina en un congreso, ya estaba presente en la sociedad soviética desde el inicio de su edificación. La razón no hay que buscarla en teorías individuales de uno u otro líder bolchevique -esa sería una visión idealista y superficial de los hechos-, sino en la realidad material existente, marcada por los remanentes de la vieja sociedad, entre los cuales destacaban la pervivencia de formas de propiedad no social (individual y cooperativa), la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, las diferencias entre ciudad y campo, el bajo desarrollo de las fuerzas productivas, la cultura y la tradición.

Esta realidad, que marcaba el día a día de la sociedad soviética y condicionaba fuertemente las posibilidades de construcción socialista, fue lo que generó importantes debates teóricos protagonizados por grandes figuras de la revolución. Por eso decimos que es erróneo reducir la cuestión a un mero debate intelectual; era, más bien, un debate surgido de las contradicciones cotidianas a las que se enfrentaban las clases trabajadoras en su tarea de construir una sociedad distinta.

El problema en la URSS -y en todas las experiencias de construcción socialista que han existido- radica en la pervivencia de formas de propiedad no social

Uno de esos debates se saldó con la implantación de la Nueva Política Económica (NEP, por sus siglas en inglés), orientada a liberalizar parcialmente la economía -principalmente, la iniciativa privada en el campo- para relanzar la producción en un contexto de guerra en el que el Estado no podía hacerse cargo por sí solo de los retos económicos. Sin embargo, Lenin, que fue el impulsor de esta medida, la planteó en todo momento como un repliegue táctico forzado por la situación, nunca como una vía de mercado al socialismo. Quienes sí se aferraron a esta supuesta compatibilidad entre el socialismo y las relaciones monetario-mercantiles fueron teóricos como Bujarin y, posteriormente, Kruschev y su camarilla durante el mencionado XX Congreso. Es muy importante, en ese sentido, atender a los contextos, porque, de lo contrario, podemos acabar utilizando a ciertos referentes como Lenin para defender cosas que ellos jamás hubiesen apoyado.

Stalin, en Problemas económicos del socialismo en la Unión Soviética (1952), sostenía que ley económica fundamental del socialismo y el comunismo es “asegurar la máxima satisfacción de las necesidades materiales y culturales, en constante ascenso, de toda la sociedad, mediante el desarrollo y el perfeccionamiento ininterrumpidos de la producción socialista sobre la base de la técnica más elevada”, frente a la ley económica fundamental del capitalismo, que no es otra que “la obtención del beneficio máximo”.

Para lograr este objetivo del modo de producción socialista, se necesita -y se necesitó en la URSS- la herramienta de la planificación democrática de la economía, con la que se determina colectivamente cuáles son las necesidades de la población y, de acuerdo con ellas, se trazan los planes de producción necesarios, lo cual exige que los medios de producción y las unidades productivas sean de propiedad social (titularidad estatal y participación democrática de los trabajadores); solamente así las empresas pueden operar bajo un plan global diseñado de manera democrática.

El problema en la URSS -y en todas las experiencias de construcción socialista que han existido- radica en la pervivencia de formas de propiedad no social (individual y cooperativa) y en la imposibilidad de su erradicación inmediata, en tanto en cuanto los titulares de esas formas de propiedad -campesinos, semiproletarios, pequeños burgueses- sean aliados de la clase obrera. Por esa razón, el gobierno revolucionario tuvo que actuar de una manera en la ciudad, expropiando la industria y poniéndola bajo control del nuevo Estado soviético, y de otra en el campo, donde la expropiación total se limitó a los kulaks (capitalistas rurales), mientras que con los campesinos pobres y medios se fomentó la colectivización de sus explotaciones individuales a través de la organización de koljoses (cooperativas agrícolas).

La pervivencia de formas de propiedad no social, junto con la necesidad del comercio exterior, hizo que la ley del valor y las relaciones monetario-mercantiles siguieran operando en ciertas esferas de la economía, no porque el mercado sea compatible con el socialismo y el comunismo, sino porque las condiciones dadas (correlación de fuerzas, política de alianzas, bajo desarrollo de las fuerzas productivas) obligaban a ello. Este fue el planteamiento que prevaleció en época de Stalin: las relaciones monetario-mercantiles seguirían operando en esferas muy concretas de la economía, pero durante un tiempo limitado, pues, para una planificación total, toda la producción, y no sólo una parte, debe ser producción social directa e integrarse bajo el plan diseñado democráticamente por la sociedad a través de distintas instituciones de carácter territorial y sectorial. Dicho de otro modo: si quería modernizarse el país y dar solución a los problemas de la sociedad, no era sostenible que una parte del producto social (proveniente de las formas de propiedad individual y cooperativa) se destinara al intercambio mercantil en lugar de a la satisfacción directa de las necesidades, por lo que el Estado debía asumir, antes o después, toda la producción.Así, a diferencia del sovjós (granja estatal con obreros del campo asalariados), el koljós era una cooperativa en la que los grandes medios de producción (máquinas y tierra) pertenecían al Estado, mientras que el producto era del koljosiano campesino, quien debía entregar una cuota al Estado soviético. Estas unidades de producción, al no ser de propiedad social (titularidad estatal), operaban bajo la ley del valor, pues su objetivo era el intercambio de mercancías para la obtención de un beneficio.

Prescindir de la historia del movimiento comunista nos lleva a realizar interpretaciones superficiales, cuando no erróneas, del ciclo revolucionario de octubre.

Sin embargo, tras la muerte de Stalin, el 5 de marzo de 1953, los defensores del mercado se hicieron con las riendas del Estado y del Partido e iniciaron una política liberalizadora que favoreció la restauración capitalista. Ese mismo año empieza a cuestionarse el concepto de planificación, en 1955 esta pasa a ser “coordinación planificada” y en 1956 tiene lugar el famoso XX Congreso, en el que se inicia un nuevo rumbo marcado por la introducción de mecanismos de mercado: se venden las estaciones de tractores y máquinas (antes, de titularidad estatal) a los koljoses, se les otorga mayor autonomía, se socava el modelo de planificación, se otorga a las empresas estatales la capacidad de operar de manera autónoma -al margen del plan-, se establece el incentivo material individual (no de clase) como motor para las edificación del comunismo y se afirma la necesidad de utilizar “con toda plenitud las relaciones monetario-mercantiles”. Desde ese momento y hasta la liquidación definitiva de la URSS, en diciembre de 1991, la tendencia fue hacia una progresiva autonomía de las empresas estatales, que se tradujo en una vuelta a la anarquía de la producción, a la brecha cada vez mayor entre obreros y gerentes y en la libertad de estos para actuar de acuerdo a objetivos de beneficio empresarial y no de satisfacción de las necesidades sociales. La simple titularidad estatal de una empresa, como podemos ver, no asegura el control social de economía. Dicho de otro modo: la transformación de las relaciones sociales de producción implica más elementos que el mero cambio en la forma jurídica de propiedad.

Para que no se malinterprete nuestra crítica a la “autonomía” empresarial kruschovista, es importante señalar aquí que el concepto de planificación económica -al margen de su aplicación en las distintas experiencias socialistas- no es incompatible con la descentralización para según qué tareas. La planificación implica que las grandes decisiones macro se toman de manera centralizada, previo paso por un proceso de deliberación colectiva según la máxima del centralismo democrático: de abajo arriba y de arriba abajo. En ese nivel, se pueden determinar, por ejemplo, cuestiones como el ritmo de crecimiento, las prioridades de desarrollo, la jornada laboral, la ordenación del territorio, el equilibrio medioambiental o las proporciones del reparto del producto social entre inversión, consumo colectivo, consumo individual y sector estatal no productivo (sanidad, educación, pensiones). Una vez establecidas las líneas generales, deben adecuarse otros niveles de planificación (más descentralizados) para concretar las tecnologías empleadas o el tipo de bienes y servicios y su cantidad.

La articulación de un modelo de planificación así, diseñado colectivamente a distintos niveles territoriales y sectoriales, con comités mixtos de trabajadores, usuarios y técnicos, apoyado en el desarrollo de las tecnologías de la comunicación y basado en el trabajo como unidad de valor, con la sustitución del dinero por bonos de trabajo (y la perspectiva futura de una remuneración según las necesidades de cada cual), es lo que asegura el equilibrio entre la necesaria visión de conjunto (centralización) y la participación efectiva de la clase trabajadora (que asegura que las decisiones sobre el excedente son democráticas y, por lo tanto, no hay explotación). Nada que ver con la “democratización” impulsada por Kruschev, que no fue más que una ampliación de poderes para los gerentes de las empresas estatales (generando así una brecha mayor entre trabajo intelectual y manual) y una mayor autonomía para las empresas de propiedad cooperativa, que no sólo no avanzaron hacia su progresiva incorporación a la propiedad social, sino que acentuaron su carácter de empresa privada.

Todas estas cuestiones, que lamentablemente son desconocidas por buena parte del movimiento comunista, deben estudiarse y debatirse con detenimiento, pues nos ofrecen importantes claves para valorar los éxitos y fracasos de las distintas experiencias socialistas pasadas y actuales. Prescindir de la historia del movimiento comunista nos lleva a realizar interpretaciones superficiales, cuando no erróneas, del ciclo revolucionario de octubre. Prueba de ello son las continuas referencias a la traición de Gorvachov en Rusia y de Carrillo en el España, como si aquellos fracasos hubieran sido fruto de una simple conspiración urdida por unos traidores. Sin desmerecer a estas grandes figuras del revisionismo, las razones del final del socialismo realmente existente, como hemos explicado, hunden sus raíces en contradicciones materiales no resueltas.


 

Bibliografía

Problemas económicos del socialismo en la Unión Soviética, Stalin.

Perestroika: el completo colapso del revisionismo, Harpal Brar.

La planificación soviética, ponencia de henri Houben.

Cibercomunismo, planificación económica, computadoras y democracia, Paul Cockshott y Maxi Nieto.

Crítica del Nuevo Curso de Jruschov, Gavroche (Unión Proletaria).

Otra mirada sobre Stalin, Ludo Martens.

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