Aritz Rodríguez Galán,
Presidente de la Federación Mundial de la Juventud Democrática
y miembro del Comité Central de la Juventud Comunista.

 

El pasado 9 de septiembre, un incendio estremeció la isla griega de Lesbos. Entre las consecuencias de la catástrofe destaca una especialmente trágica: la que afectó a la localidad de Moria, en la cual se ubica un campo de refugiados que albergaba en torno a 130.000 personas. Debido al fuego, las personas refugiadas se vieron obligadas a abandonar el campo, quedando así a la intemperie durante días, y, sin embargo, encerradas en la isla debido a la decisión del gobierno griego de negarles la movilidad.

Lo indignante del caso es que lo sucedido en Moria se podría haber evitado. Distintos agentes políticos y sociales, entre ellos el Partido Comunista de Grecia, llevaban tiempo exigiendo, tanto al actual gobierno como a los anteriores, el cierre de un campo en el que miles de personas vivían hacinadas y en condiciones deplorables. El llamado a cerrar estas cárceles para personas refugiadas y permitirles llegar a su país de destino ha sido desoído por todos los gobiernos de Grecia. Al final, ha tenido que ser una tragedia la que ha visibilizado el horror que ya venían viviendo miles de seres humanos desde hace tiempo.

La tragedia de Moria ha vuelto a poner sobre la mesa la fatalidad que sufren las personas forzadas a migrar y refugiarse, y ha puesto en evidencia la criminal política migratoria de fuerzas imperialistas como la Unión Europea.

Los datos son alarmantes. Según ACNUR, en lo que va de año 55.160 personas han llegado a los países mediterráneos de Europa en busca de asilo. La mayoría de ellas se jugaron la vida para llegar por vía marítima a países como España, Grecia, Italia, Malta o Chipre, y se estima que 495 personas perdieron la vida en el intento. Además, se calcula que en el mundo hay casi 80 millones de personas refugiadas o forzadas a migrar, entre los cuales un 40% son niños y niñas.

La propia Unión Europea comienza a plantearse la necesidad de revisar su política migratoria al calor de lo acontecido en Grecia. Eso sí, en clave de mayores restricciones y con planteamientos que difícilmente darán solución al problema de fondo. Llegados a este mundo merece la pena preguntarse: ¿Cuál es la política migratoria de la UE?, ¿por qué es una política criminal?, ¿por qué hablamos de que el Imperialismo es el principal culpable de forzar a las personas a migrar y refugiarse?

 

¿Cuál es la política migratoria de la Unión Europea?

Para entender la política migratoria que ocasiona tanto sufrimiento a miles de personas es imprescindible tener en cuenta dos de los pilares sobre los que esta se sustenta: el Reglamento de Dublín y la Declaración entre la Unión Europea y Turquía.

Reglamento de Dublín

De cara a establecer una política de asilo común entre los estados miembro de la Unión Europea, en 1990 se acordó el conocido como Convenio de Dublín. Posteriormente revisado en dos ocasiones (2003 y 2013), el Reglamento de Dublín es el que rige actualmente la política migratoria de la Unión Europea.

El fin último de este reglamento es evitar que la persona solicitante de asilo pueda hacerlo en más de un país; de este modo, se establecen criterios compartidos sobre qué país debe hacerse cargo de la solicitud y cómo proceder en caso de establecerse transferencias de personas de un país a otro. Actualmente, uno de los criterios más utilizados es el de que el asilo se establece en el país de llegada.

Este es, sin lugar a dudas, uno de los grandes problemas que posee el Reglamento de Dublín: que obvia por completo las preferencias de países que puedan tener los solicitantes de asilo estableciendo que deberán trasladarse al país a través del cual entraron en la Unión Europea. Así se explica que los países fronterizos y con costa sean los que mayor volumen de personas refugiadas acogen. En resumen: por un lado, se produce una falta de reparto de «responsabilidad» en el asilo entre los países de la Unión Europea, y, por otro, no se respeta la voluntad de la persona refugiada, siendo esta gestionada y trasladada allá donde este procedimiento determine.

Ante esta problemática, la Unión Europea suele responder con que «no debería importar el país donde uno pide refugio». Pero, por desgracia, importa. Y mucho. No solamente por los motivos que hay tras la preferencia de la persona refugiada (conocimiento del idioma, tener amigos o familiares, etc.), sino también por las propias políticas, capacidad de acogida, trato, etc. que puede encontrarse en el país de acogida.

Como parece evidente, el Reglamento de Dublín es un fracaso y no funciona. Pero es que, además, son varios los informes –entre ellos  los realizados por European Council on Refugees and Exiles– que apuntan a que esta política vulnera los derechos de las personas refugiadas.

Declaración UE-Turquía

El 18 de marzo de 2016, tras  una reunión, la Unión Europea y Turquía acordaron una declaración en la que se establece que «todos los nuevos migrantes irregulares que pasen de Turquía a las islas griegas a partir del 20 de marzo de 2016 serán retornados a Turquía» así como que «Turquía tomará todas las medidas necesarias para evitar que se abran nuevas rutas marítimas o terrestres de migración ilegal desde Turquía a la UE».

Con esta declaración se buscaba convertir a Turquía en un dique de contención para que ninguna persona refugiada pudiera llegar a la Unión Europea a través de este país, un servicio que, obviamente, está muy bien pagado por la UE: 3000 millones de euros (ampliables una vez agotados) para poner en marcha el mecanismo, además de la promesa de financiación de más proyectos similares. Un servicio –no está de más recordar– que se entiende mejor si se tienen en cuenta  los intereses compartidos entre ambas fuerzas otanistas y la pretensión de Turquía de pasar a ser miembro de la UE.

Como no podía ser menos, esta declaración recibió denuncias por parte de organismos como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, y todavía hoy sigue recibiendo denuncias, dado que, eventualmente, en la frontera entre Grecia y Turquía se usa a las personas refugiadas como herramienta de presión política.

 

¿Es posible una política migratoria digna en la UE?

Tal y como hemos visto, la política migratoria de la Unión Europea, además de ser un fracaso por no lograr atender dignamente a las personas refugiadas, ha demostrado profundamente inhumana, tanto en lo que atañe al Reglamento de Dublín como a la Declaración UE-Turquía. La pregunta, pues, es obligada: ¿cómo tener una política migratoria digna en la Unión Europea?

Para poder responder a esta pregunta tendríamos que olvidarnos de qué es la Unión Europea y qué rol juega esta en los motivos por los que las personas se ven obligadas a migrar y refugiarse; hacer un ejercicio de  abstracción  tal vez útil para plantear parches, pero absolutamente ineficaz si lo que queremos es solucionar el problema de raíz.

La Unión Europea, como polo imperialista, juega un papel fundamental en el expolio de los recursos naturales de decenas de países; participa en la intervención en países para hacerlos títeres; y lleva a cabo guerras imperialistas para satisfacer sus intereses. Sus saqueos, sus intervenciones, sus guerras… son las responsables de que millones de personas se vean obligadas a migrar y buscar asilo.

Por ello, la respuesta es no: no es posible una política migratoria digna en la Unión Europea. Eso no significa que no sea necesario acabar con el infame Reglamento de Dublín y el vergonzoso acuerdo entre la Unión Europea y Turquía; que también en España debamos poner fin a nuestras propias miserias en política migratoria, como los Centros de Internamiento de Extranjeros; y, por supuesto, evitar que miles de personas sigan perdiendo la vida. Pero, mientras exista un polo imperialista como la Unión Europea, mientras esta siga expoliando a pueblos del mundo y llevando a cabo guerras para satisfacer a los intereses de sus monopolios, la política migratoria inevitablemente se construirá sobre el sudor y la sangre de pueblos explotados y millones de seres humanos seguirán sufriendo las consecuencias del imperialismo en sus carnes y se verán obligados a abandonar sus casas. Solamente la lucha antiimperialista  es garantía de un futuro en paz en el que nadie se vea obligado a abandonar su hogar.

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