«Doce de los clubes de fútbol más importantes de Europa anuncian hoy que han llegado a un acuerdo para formar una nueva competición, la Superliga, gobernada por sus Clubes Fundadores.»

Inicio del comunicado del Real Madrid, suscrito por otros once clubes europeos, en el que anuncia la creación de la Superliga europea.

Real Madrid, Fútbol Club Barcelona, Atlético de Madrid, Juventus de Turín, Inter de Milán, AC Milan, Manchester City, Manchester United, Liverpool, Chelsea, Arsenal y Tottenham. Estos 12 clubes anunciaron en el día de ayer la creación de la Superliga, un torneo que viene a sustituir a la Champions League como máxima competición continental. Esta competición se jugaría entre semana, participando en ella 20 clubes, teniendo su plaza asegurada en dicha competición 15 de ellos (los 12 miembros fundadores y otros 3 clubes aún por determinar) independientemente de su rendimiento deportivo. 

Esta competición cuenta con el apoyo económico de la empresa financiera JP Morgan y los clubes fundadores se repartirán 3500 millones de euros. Ante esta situación, los máximos organismos del fútbol europeo y mundial se han posicionado en contra: FIFA, UEFA y las grandes ligas y federaciones europeas. Incluso Boris Johnson o Emmanuel Macron han realizado declaraciones al respecto, manifestando su rotunda oposición a esta iniciativa. Sin embargo, al gran capital financiero no le ha parecido tan mala idea: tras dicho anuncio, la Juventus o el Manchester United se han disparado en bolsa.

Sede central de JP Morgan Chase, principal entidad financiera de EE.UU.

Un engendro llamado Superliga

Es la primera vez que en el fútbol está en peligro el principio por el que este se rige: el mérito deportivo. Hasta hoy, el aficionado de un club que compite en la cuarta categoría nacional, tenía el convencimiento de que si su equipo ganara todos los partidos durante los siguientes cinco años, podría competir en los mejores estadios europeos. Esta posibilidad quedaría eliminada de la ecuación de implantarse esta nueva competición. 

Este es el principal argumento esgrimido por FIFA o UEFA para oponerse a este nuevo torneo. Sin embargo, su posicionamiento es realmente hipócrita, pues estos dos organismos internacionales, manifiestamente corruptos y opacos, son co-responsables de que el fútbol haya llegado a esta situación: han permitido que clubes como el Manchester City o el Paris Saint Germain compitan dopados financieramente o que se organicen mundiales a base de chantajes, sobornos y flagrantes violaciones de Derechos Humanos.

Logo del Mundial de Qatar 2022, en cuyas obras de construcción han fallecido más de 6.500 obreros migrantes.

La UEFA y FIFA, oponiéndose a la Superliga, no están defendiendo al aficionado o al fútbol, sino que tratan de preservar sus propios intereses económicos. Lo mismo ocurre con las federaciones, ligas y clubes que se han posicionado en contra: La Liga dirigida por Tebas se opone a la Superliga mientras trata de llevar partidos a Miami. Lo mismo ocurre con la Federación española y la Supercopa en Arabia Saudí o con el Alavés, que se muestra indignado por la superliga mientras el Baskonia, su homólogo en el baloncesto, cuenta con una plaza fija pagada en la Euroliga de baloncesto.

Por otra parte, debemos preguntarnos cuál es el criterio que han seguido Real Madrid y Juventus de Turín (los dos grandes promotores de esta iniciativa) para formar este selecto grupo de doce equipos, ¿por qué están unos y no otros?

En primer lugar, observamos la presencia de tres de las cinco grandes ligas europeas (España, Italia e Inglaterra) y la ausencia de las otras dos restantes (Francia y Alemania). Así, la primera sorpresa surge al no encontrar en este selecto grupo ni al Bayern de Múnich ni al Paris Saint Germain. Mientras que la ausencia del Bayern puede deberse a diferentes motivos que aún desconocemos, los motivos por los que el PSG se ha alineado con UEFA y FIFA son evidentes, pues el club francés es un club-estado, propiedad de Oryx Qatar Sports Investments. Tanto el club como sus propietarios estuvieron involucrados en la adjudicación del Mundial 2022 para Qatar, existiendo una buena relación entre Ceferin (máximo mandatario de la UEFA) y el equipo parisino. Así, el club galo únicamente está protegiendo sus propios intereses económicos. 

En segundo lugar, podemos concluir que este grupo se ha conformado atendiendo a un único criterio: el económico. El Manchester City o el Chelsea nunca fueron grandes clubes en Inglaterra hasta iniciado el siglo XXI. Históricos como el Benfica, Oporto, Marsella, Celtic de Glasgow, Ajax, PSV, Aston Villa o Hamburgo no podrán optar a competir en esta competición a pesar de haber ganado en al menos una ocasión una Copa de Europa, algo que no han hecho cuatro de “los elegidos”.

La última etapa de un proceso iniciado hace 30 años

No obstante, y aunque en los medios de comunicación convencionales se califique a este suceso como algo sorprendente y revolucionario, todos los expertos venían avisando desde ya hace años que la Superliga era algo inevitable y que tarde o temprano llegaría, pues esto no es más que el resultado de un proceso iniciado hace 30 años. Ya en octubre del pasado 2020, una exclusiva del diario británico The Telegraph desvelaba el Project Big Picture, un plan elaborado por Manchester United y Liverpool que pretendía reformar la Premier League y en el que ya se vislumbraba una clara intención de crear la Superliga Europea. 

Todas las propuestas incluidas en el proyecto iban dirigidas a fortalecer la posición económica y deportiva del denominado “Big Six” (los seis equipos ingleses fundadores de la Superliga). Las ideas giraban en torno a un reparto de los derechos televisivos más favorable, una reducción de los equipos participantes en la liga, la eliminación de dos torneos nacionales (Copa de la Liga y Community Shield), un cambio en el sistema de ascensos y descensos o un cambio en el sistema de votación del organismo liguero. Todo ello dirigido a adaptar la Premier League a una futura Superliga, lo que nos permite deducir que la pandemia y las grandes pérdidas económicas tan sólo han acelerado la llegada de esta nueva competición.

Así pues, y para entender el por qué de la Superliga, debemos retrotraernos a la última década del pasado siglo. Fue en los años noventa cuando el fútbol comenzó a transformarse y a liberalizarse en busca de mayores ingresos, consecuencia de ello fue la progresiva acumulación y concentración del capital en unas pocas manos, lo que ha llevado a que un selecto grupo de clubes tengan la capacidad, influencia y poder posible como para ser capaces de enfrentarse frontalmente al resto del mundo futbolístico.

El primer paso se dio en el momento en el que los clubes de fútbol comenzaron a convertirse en empresas, dejando así de ser propiedad de sus aficionados. En Inglaterra sucedió a finales de los años 80 y en España se materializó con la ley del deporte aprobada el 15 de octubre de 1990, que obligaba a todos los equipos de fútbol con deudas a convertirse en Sociedades Anónimas Deportivas. 

Una vez reformados los clubes, era necesario reformar las competiciones: la primera división inglesa se “independiza” de la estructura federativa del fútbol inglés en 1992, creándose la Premier League y firmando con Sky un cuantioso contrato televisivo. También en 1992 la Copa de Europa pasa a ser la Champions League. Estas modificaciones, a pesar de las razones esgrimidas por organismos, federaciones y clubes, únicamente perseguían un fin: recaudar más dinero.

Posteriormente, en 1995, llegaría la Sentencia Bosman. Esta, sin ninguna duda, es un hito fundamental para entender el fútbol del siglo XXI, pero únicamente acelera una transformación iniciada años atrás. El proceso ya estaba iniciado.

El dictamen emitido por el Tribunal de Justicia de la UE en 1995 establecía la libre circulación de los futbolistas europeos por los países de la Unión, antes limitada por normativas nacionales que establecían un número máximo de extranjeros por equipo. A partir de este suceso comienza el mercado de fichajes tal y como actualmente lo conocemos: grandes cantidades de dinero a cambio de talentosos futbolistas. 

La principal consecuencia de esta apertura y liberalización fue la concentración del talento en las grandes ligas, creándose una enorme brecha entre las grandes ligas europeas, con más dinero gracias a los primeros derechos televisivos,  y el resto de ligas. Como ejemplo, podemos observar el caso de la selección francesa: en 1996, 18 de los 22 jugadores convocados para la Eurocopa jugaban en equipos de la liga francesa. Dos años después en el Mundial de 1998, sólo 9 de 22 jugadores jugaban en equipos franceses.

La Champions League como elemento diferencial

Trofeo de la Champions

A partir de estos sucesos y decisiones, se generó el caldo de cultivo necesario para la formación de una élite europea compuesta por mega-equipos, por multinacionales cuyo mercado es el mundo y cuyos hinchas únicamente son espectadores y clientes. Actualmente, el Real Madrid, el Fútbol Club Barcelona o el Manchester United son marcas globales, capaces de llenar estadios en cualquier rincón del mundo, a miles de kilómetros de su ciudad. Los últimos 15 años han sido determinantes para la formación de esta élite y, en esta, el factor diferencial ha sido la propia Champions League, la cual podemos decir que ha eliminado parcialmente la competitividad e igualdad de las ligas europeas. 

La Champions League, progresivamente y a la par que el resto del fútbol, ha ido aumentando su tamaño, generando más dinero y siendo más lucrativa para sus participantes. Estas cantidades de dinero, cada vez mayores, se han ido quedando en manos de unos pocos clubes y, es este torneo y sus ingresos el que coloca o no a un club entre los ricos. Sabemos, por ejemplo, que una buena trayectoria en esta competición puede suponer hasta el 25% de los ingresos en una temporada para un club del tamaño de la Juventus, Chelsea o Arsenal. 

Y es este el círculo vicioso que consolida una desigualdad estructural: los equipos que disputan la Champions League asiduamente reciben ingentes cantidades de dinero con las que el resto de equipos de su liga no cuentan, lo cual les permite formar mejores equipos, volver a vencer y volver de nuevo a la Champions League. Por tanto, si un club quiere competir en igualdad de condiciones contra estos gigantes, sólo tiene dos opciones: o bien ser capaz de entrar asiduamente en la máxima competición europea a pesar de encontrarse en inferioridad económica respecto a sus rivales o bien contar con un inversor o propietario que supla con su dinero esta diferencia. Según el periodista Miguel Delaney, el big six inglés ha recibido, en lo últimos 8 años, el 93% del dinero procedente de los derechos de TV de las competiciones europeas destinado a los participantes ingleses. Esto se acentúa en las ligas menores, en las cuales sólo un club accede a la Champions. 

Un futuro oscuro e incierto

Y así es como llegamos a la formación de un club privado formado por doce multinacionales que únicamente persiguen la maximización de sus beneficios, y que se saben dominantes en esta situación. Si la UEFA y FIFA cedieron en anteriores ocasiones, ¿por qué no lo harán ahora?. Los medios de comunicación, que viven de sus partidos y noticias ¿van a darles la espalda ahora?. Y los gobiernos y estados que les subvencionan y permiten el fraude fiscal de sus jugadores y directivos, ¿van a enfrentarse a ellos ahora?

Logo de la anunciada Superliga

Pero, ¿qué hará su afición? Eso parece importarles poco. El Real Madrid ya no es un club madrileño, y lo mismo ocurre con los demás. Como ya hemos mencionado, su mercado es el mundo, por lo que el lugar donde se juegue la superliga se demostrará irrelevante. Los partidos de fútbol, y tras la pandemia ha quedado evidenciado, van camino de convertirse en capítulos de una serie de Netflix, donde el aficionado fiel que acude al campo todos los domingos no importa. En el estadio, turistas, y detrás de la televisión, espectadores.

Ante esta situación, debemos preguntarnos ¿qué es el fútbol? ¿cuál es su esencia?. El fútbol nació hace casi 150 años, y no nació ni como industria ni como espectáculo. El fútbol nació como un deporte comunitario, en el que un colectivo jugaba contra otro para discernir quien era mejor. Si bien es cierto que su origen es aristócrata, pronto la clase obrera se apropió de él, construyendo en torno a esos equipos de fútbol un sentimiento de comunidad que rápidamente se convirtió en lo realmente importante de aquel deporte. Como vemos, es este sentimiento de comunidad el que lleva en peligro desde hace casi tres décadas. 

Sin embargo, no se escriben estas líneas con añoranza por el barro o por el blanco y negro. Tampoco desde el lema “odio eterno al fútbol moderno”, pues este es un lugar común que acostumbra a decir más de las filias y fobias de quién lo emplea, que del propio fútbol como deporte o como fenómeno de masas. Cuando lo acuñamos desde la izquierda, el resultado suele ser un batiburrillo inconexo de análisis cultural marxista, tendencias al monopolio, pontificaciones sobre modelos de ocio alternativo y, sobre todo, mucha nostalgia. 

Pretendemos encontrar en el fútbol todos los fantasmas del capitalismo y terminamos por ser monjes franciscanos intentando convencer a la gente de que no les gustan las cosas que les gustan, creyéndonos superiores por no formar parte de ese grupo de borregos que ve el Real Madrid-Barça en el bar. Lo único cierto es que el fútbol profesional es un espectáculo de masas rendido a los intereses económicos de sus propietarios desde hace décadas, y que, como podemos ver en nuestra realidad diaria en muchas ocasiones, el ocio dentro del capitalismo se somete necesariamente a los intereses del mismo, y, por tanto, la clase trabajadora dispone cada día de menos alternativas de ocio reales y dignas. 

Sin embargo, y pese al difícil escenario al que los hinchas se enfrentan, estas líneas se escriben desde la convicción de quien cree que el fútbol, al igual que todo lo que nos rodea, puede cambiar mediante la conciencia y la organización diaria. Por ello, las últimas líneas van dedicadas a todos esos clubes de fútbol popular que han devuelto el fútbol a sus aficionados. A los clubes de accionariado popular como Unionistas Salamanca, el CAP Ciudad de Murcia o el Independiente de Vallekas, que vinculan participación, con fútbol base y afición. También a hinchadas como Iraultza 1921 o Bukaneros que luchan día a día por hacer de nuestras gradas un lugar donde no quepa ni el racismo, ni el machismo ni la homofobia, o a organizaciones como la FASFE, que reúne a cientos de aficionados de España para luchar por un fútbol democrático, transparente y sostenible. 

“¿Qué es lo indispensable en el fútbol?
Lo único insustituible son los hinchas, que es distinto del espectador. El espectador es un tipo que mira y disfruta, o no, según la belleza de lo que se le ofrece. El hincha es otra cosa”

Marcelo Bielsa

Iván A., Miguel S., Jesús M.

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