Hoy, 29 de noviembre, tiene lugar el Black Friday, una “celebración” adoptada de EEUU –el día después del Día de Acción de Gracias- en la que se producen descuentos en el comercio para incentivar el consumo previo a Navidad. A mayores, el lunes 2 de diciembre tendrá lugar el Cyber Monday, creado por las empresas para persuadir las compras por internet.

Ante esta situación, es necesario adoptar una perspectiva crítica y denunciar su funcionamiento interno, que aúna un sistema que aprovecha esta superexplotación de la división internacional del trabajo con una de las máximas expresiones de la cultura del consumo compulsivo.

A través del engaño del consumo obsesivo, la cultura del Black Friday nos afecta psicológicamente. El Black Friday nos genera como consumidores una ilusión que ha sido cuidadosamente diseñada: la sensación de ganar un gran descuento y así ahorrar dinero. Ni si quiera es así. Una práctica generalizada es inflar el precio de un producto días antes y presentar como descuento el precio original, o bien publicitar una rebaja previa como si fuese del Black Friday. Estas acciones generan una sensación de exclusividad efímera, pues si no adquirimos el producto perderemos la oportunidad de ahorrar. Timos como estos son fácilmente comprobables en webs como esta[1], que permiten monitorizar la evolución real de los precios.

Es preciso preguntarnos cómo el Black Friday impacta en la sociedad y desgranar las razones por las que oponernos al mismo. En primer lugar, por el impacto medioambiental del consumo obsesivo de productos textiles y tecnológicos. No podemos obviar las consecuencias que la industria del hiperconsumo genera en el planeta. Especialmente, la generación de residuos tecnológicos, que cierran su ciclo en vertederos de países del Sur, así como el consumo de moda de usar y tirar. Es una tarea colectiva de las sociedades occidentales no alimentar y acrecentar esta lógica de superproducción que expolia recursos y externaliza residuos y contaminación.

¿Y si hablamos de precariedad laboral poniendo el foco en la juventud trabajadora? Si las condiciones laborales de la juventud se rigen actualmente por la temporalidad y los salarios de miseria, el Black Friday las agudiza aún más, fomentando un sistema que nos quiere esclavas de nuestro trabajo. Prueba de ello es la relación entre aumento de plantilla y aumento de volumen de trabajo que se lleva a cabo en las grandes empresas, que es claramente insuficiente y genera ritmos de trabajo frenéticos[2]. Todo ello sin perjuicio de generar unas condiciones laborales hiperprecarizadas, como la liberalización de horarios, principalmente, en las grandes empresas y multinacionales.

Estos eventos, además de ser la máxima expresión del declive de los derechos laborales de los jóvenes, son factores determinantes de la destrucción del pequeño comercio de barrio. Muchos de ellos, ahogados por las grandes empresas, se ven obligados a sumarse a esta tendencia por pura supervivencia -ya que muchos consumidores esperan a esta fecha para realizar sus compras-. Los que se adaptan, lo hacen a costa del descanso de sus trabajadores y difícilmente pueden competir contra gigantes como Amazon.

Por todo ello, el boikot individual y el consumo local y responsable es necesario, pero no suficiente. Es imperativo un cambio de modelo que destierre esta cultura, que acabe con la división del trabajo Norte-Sur, recupere la dignidad de la clase trabajadora y frene la destrucción exponencial del planeta.

[1] https://www.verificadordeofertas.com/

[2] https://www.xataka.com/especiales/el-black-friday-de-los-currantes-la-plantilla-crece-un-20-los-pedidos-un-2000

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