España es el país de la Unión Europea (UE) que más sentimiento europeísta tiene, o por lo menos, así apuntan las últimas encuestas realizadas por el Eurobarómetro. Estas nos dicen que el 88% de los y las españolas nos sentimos europeos y que las instituciones europeas tienen mayor grado de confianza que las propias. Solo Luxemburgo, que es una ciudad-estado administrativa de la UE, logra datos aún más europeístas.

Esto se debe sin duda a varios factores: el primero, que la idea de modernización de España, y de su economía, se asocia a la entrada en el mercado común y a los cambios sociales ocurridos durante los años 80. De un país con una dictadura fascista transitamos a «una democracia equiparable a las de su entorno». Parece que el proceso democratizador haya venido impuesto desde fuera y no fuera la lucha social la que lo logró. Además, esta idea conecta con ideas muy viejas, decimonónicas, que se podrían resumir en la famosa frase de Ortega y Gasset «España es el problema, Europa la solución». Parece que nunca transitamos por el camino de la Revolución Liberal, que nunca podemos solucionar nuestros problemas más que disparándonos entre nosotros y que solo la civilizada Europa puede modernizar y democratizar España. Esta idea, que puede parecer muy simple, es la que sigue operando en lo profundo del pensamiento europeísta, el cual es totalmente dominante en la sociedad española.

El segundo factor, que nadie ha señalado claramente, es que las políticas austericidas, de Zapatero a Rajoy, han sido impuestas por la Unión Europea con complicidad del bipartidismo. Nadie ha señalado tampoco la pérdida de poder adquisitivo de las clases populares españolas con la entrada del euro, ni tampoco que la peligrosa dependencia económica del turismo, de bajo valor añadido, viene derivada de la desindustrialización mandatada también por la Unión Europea. No se llama la atención de que los Presupuestos Generales del Estado tienen que tener el visto bueno de la UE y sus políticas neoliberales, y parece asumido que no hay otro orden posible de las cosas. Como tampoco que las políticas adoptadas responden al «interés general» dentro de esos estrechos y posibles márgenes. Por ejemplo, que las personas formadas en universidades españolas huyan a Europa en la mayor fuga de cerebros que ha tenido este país o que han avisado que tenemos que privatizar las pensiones «por su sostenibilidad».

El tercer factor que potencia el sentimiento europeísta antes mencionado es que, en el panorama europeo, excluyendo a los Partidos Comunistas de Grecia y Portugal, las únicas fuerzas que plantean una salida de la UE son fuerzas reaccionarias y de ultraderecha. Algo que acaba de aterrizar en España, aunque todavía en absoluto asentado, en el espacio político de VOX. Es cierto que este partido no ha asumido como eje principal esta propuesta y en realidad lo tendrá difícil ya que al capital español no le conviene, ni le convence por su gran interrelación con los capitales europeos. Y aun así se han comenzado a oír voces a través del #Spexit que llaman a la salida de la UE. En definitiva, la salida de la Unión Europea se identifica con un programa de derechas, reaccionario y conservador.

Pero ¿por qué es tan necesaria la salida de la UE? La respuesta a esta pregunta viene determinada no solo por el análisis objetivo de las fuerzas que componen la UE y sus hitos fundacionales, sino que es necesario hacer memoria y recordar que es el mercado común y no una especie de «alianza antifascista y pacifista entre pueblos europeos» el eje fundacional de la UE, lo que nos indica que, ante procesos de cambio social de carácter socialista, la UE va a ser un freno. Además, la historia reciente nos dice que, ante el impago de la deuda o su auditoría, incluso ante la implantación de medidas socialdemócratas y keynesianas, la UE va a ser un impedimento como ya se vio en Grecia. No puede haber un proceso de nacionalización de las eléctricas en nuestro país perteneciendo a la Unión Europea, sin entrar a hablar de otras medidas de carácter urgente como la creación un parque público de viviendas, la creación de una banca pública o el impago de la deuda injusta. Tampoco nos va a permitir volver a industrializar el país, tener unas relaciones de hermanamiento con otros países de carácter socialista o tan siquiera salirnos del estrecho camino del neoliberalismo imperante.

Lo cierto es que, si el camino del neoliberalismo de la UE es estrecho en España, hemos caminado por una cuerda al borde del abismo. Que no nos desarme nuestro análisis el hecho de que el Gobierno progresista llegue a implantar medidas de carácter social, como ya se ha hecho con la subida del Salario Mínimo Interprofesional, pues de la cuerda al estrecho camino hay tan solo un reducido margen.

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