Generalmente las personas que vivimos en la periferia de la capital de España estamos habituados a ver como algo innovador elementos que son normales dentro del cinturón de la M30. La llegada de una nueva línea de autobús, de tren o metro, son siempre motivo de celebración o fiesta, especialmente para la juventud por ser el grupo social que más suele moverse. Es realmente duro trabajar o estudiar a una o dos horas de tu casa, dejándote la vida en el transporte, y encima carecer de una línea pública decente que conecte los espacios de producción con lo que se ha venido a definir como “ciudades dormitorio”, un apelativo que encierra semánticamente una realidad incómoda: las ciudades alejadas de los centros productivos son simplemente un enorme granero de ciudadanos que paradójicamente alimenta la misma maquinaria que los explota, olvida y condena al destierro. “¿Qué importan las condiciones de vida de un pueblo del que casi ni he oído hablar, pero que conozco porque parte de mis empleados proceden de allí?”, pensará tu jefe. Se podría decir que San Fernando de Henares es uno de esos pueblos hasta hace muy poco inexistente, pero que Metro de Madrid ha puesto en el mapa, aunque no de la manera que nos habría gustado a todos.

Imagina que eres un chaval de instituto hijo de padres trabajadores que viven en esa realidad, que va al instituto con sus amigos y la vida social que conoce se reduce a comer pipas en un banco o jugar al futbol los viernes por la tarde, porque el tiempo y el dinero no dan opción a conocer las glorias de la capital con mayor asiduidad. Llevas casi toda la vida dando paseos por las mismas calles, pero en 2007 algo cambia: se inaugura la línea de Metro 7b. Naturalmente toda la juventud comienza a usarla con frecuencia; ahora estás a 25 minutos del centro, sin aguantar atascos infernales, y puedes acceder a toda la oferta de ocio consumista anunciada con histriónicos neones en los gentrificados barrios festivos, donde para alquilar un piso es necesario compartirlo con cuatro personas dejándote más de la mitad del sueldo. Mientras consumes compulsivamente las nuevas ofertas de ocio que cada semana crean especialmente para ti, entre idas y venidas, te vas dando cuenta de pequeños cambios en tu humilde casa: un día te fijas en que las pareces pierden la pintura con más regularidad de lo normal; otro en que la puerta de casa suena como si arrastrase pequeñas piedras que se han quedado encajadas por no limpiarte bien los zapatos; otro te levantas por la mañana para ventilar tu cuarto y te das cuenta de que tienes que golpear la ventana para abrirla, puede que con la humedad no abra muy bien; y por último anuncian que cierran temporalmente la línea de Metro 7b porque tienen que hacer unos estudios. No ocurre nada. Pronto reabrirán la línea para que sigamos consumiendo. Imaginemos que pasan los años, concretamente 15 años. Han cerrado el Metro un total del 9 veces. Esa pintura que se caía ahora son fisuras de dos centímetros en cada rincón de tu casa. Las puertas y ventanas no se pueden abrir y cerrar porque los marcos están descuadrados. Tu antiguo centro de estudios, la escuela oficial de idiomas y diversos centros públicos se cierran porque están en riesgo de derrumbe. Imagineros que los responsables no actúan y decenas de familias trabajadoras y comerciantes pierden sus casas y negocios.

Dejemos de imaginar. Esta es la realidad que vive el pueblo de San Fernando de Henares. Actualmente hay 15 calles afectadas, más de 250 viviendas con problemas estructurales severos, 60 familias trabajadoras que han perdido sus casas y ahora malviven en apartahoteles sin alternativa real, espacios públicos perdidos para siempre que no serán restituidos. Y con todo, yo me pregunto, ¿Qué habría pasado si esto hubiera ocurrido en Malasaña, Gran Vía, el barrio Salamanca, Goya o Moncloa? ¿Sus vecinos habrían tenido que esperar 14 años para tener alguna respuesta o solución de los responsables? A la vista de los últimos y trágicos sucesos acontecidos en la calle General Pardiñas, está claro que no. Visitas presidenciales, actos institucionales en el mismo día del suceso, todo como debe ser. Los que vivimos en la periferia no existimos. Tan solo nos necesitan para producir, servir en casas señoriales, limpiar sus céntricas calles y llenas los puestos de trabajo donde se genera la riqueza que embellece la ciudad, todo a cambio de unos salarios miserables, pérdida de tiempo de vida en el transporte, obras electoralistas trufadas de mordidas y el olvido absoluto cuando no solo destruyen una vida, sino la de miles de personas en un municipio entero.

Lo que no entendimos cuando éramos unos adolescentes ilusionados con subir a un vagón de metro para r a la gran ciudad, es que jamás les interesó nuestro bienestar, sino, como es habitual en este capitalismo de familias y amiguetes que representa España, las comisiones, los precios de construcción inflados, abocarnos a un consumo excesivo y hundir impunemente nuestras vidas como han hecho con nuestras casas. En ese juego perfecto solo ganan ellos. O quizá no.

Ahora vemos las cosas de otra manera. Llevamos años trabajando y peleando junto al tejido social del pueblo, haciendo visible este problema, formando e informando. Luchando contra el expolio, el abandono y sus recortes en educación, sanidad pública y servicios básicos. Estas luchas son el producto de una contestación social por el reflujo de una política neoliberal enormemente agresiva con la mayoría social y muy amable con los poderosos, aquellos que no cogen autobús, metro o tren para trabajar y estudiar, aquellos que se pagan clínicas privadas y escuelas privadas-concertadas, aquellos que pertenecen a otra clase social, porque sí, en Madrid hay clases sociales. Nos ha hecho falta una desgracia colectiva sin precedentes en España para darnos cuenta de que, sin solidaridad, sin apoyo mutuo, sin tejido social, seguiríamos en el olvido. Lo que no esperaban con su juego era nuestra unidad, un clamor popular cuyo origen se encuentra en el despertar de la conciencia. Ese sin lugar a duda es el camino, aunque por sí solo sea insuficiente.

Alejandro E.

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