Grupo Motor de la Red de Jóvenes de Izquierda Unida

Ha pasado mucho desde aquel 14 de marzo en el que el gobierno declaró el Estado de alarma. En este tiempo, hemos dejado de saber lo que era una pandemia por los libros de historia: lo hemos sufrido en carne propia. No es poca gente la que nos ha dejado y, casi todo el mundo, tiene una persona conocida que ha fallecido. Aquello que nuestra generación nunca esperó vivir cayó como un jarro de agua fría sobre nuestras cabezas. Pero la pandemia ha sido mucho más que estar dos meses encerrados en casa o usar mascarilla durante casi un año. La pandemia ha cambiado diametralmente la vida de la gente, y la juventud ha sido de los colectivos más perjudicados debido a las ya precarias condiciones de vida pre-existentes a la irrupción del virus en nuestras vidas.

En primer lugar, vimos como se cerraron los centros de estudio e incluso como se nos prohibía salir a la calle a no ser que fuéramos a comprar comida o medicamentos. Sin embargo, la gente no paró de ir a trabajar y el teletrabajo se instauró muy poco. Esto puso de manifiesto que pese a la situación epidemiológica, había dos cosas que nos permitían poner nuestra vida en riesgo: producir y consumir.

También esto se pudo ver durante los meses de desconfinamiento, momento en el que nuestras formas de ocio se vieron restringidas, potenciando así aquellas que tenían que ver con el consumo (bares, cines, etc). Esta cuestión ha llegado incluso a situaciones más absurdas, como cuando las restricciones horarias hacían que las bibliotecas estuvieran cerradas debido a las medidas sanitarias, pero las casas de apuestas estuvieran abiertas, es decir, que incluso en los momentos de crisis sanitaria global el capitalismo nos obliga a seguir participando de un sistema que basa el ocio en el consumo masivo.

Este panorama ha sido aún más hostil para la juventud. La pandemia nos ha obligado a cambiar nuestra forma de relacionarnos. La gente que estudiaba y que se ha visto abocada a las clases online dejaba de relacionarse con los compañeros y compañeras de su clase. Los confinamientos perimetrales han separado a amistades y parejas durante semanas e incluso meses. A esto se suma una campaña de criminalización de la juventud por hacer uso de la única forma de ocio permitida tras el desconfinamiento: consumir bebidas alcohólicas en una terraza. El sanbenito colocado sobre la juventud, bajo el pretexto de la irresponsabilidad, no sólo perjudica gravemente la percepción social de los y las jóvenes; también desvía el problema principal que queda patente, a saber, la cuasi-obligación de pasar nuestro tiempo de recreo personal consumiendo

El marco de criminalización de la juventud ha sido un elemento presente durante toda la pandemia: durante los rebrotes donde se señaló por los contagios a las personas jóvenes; en las movilizaciones de apoyo a Pablo Hásel donde incluso se relacionó a la juventud con los altercados violentos y recientemente con el final del estado de alarma. Todo esto siempre con el mismo patrón, señalando a los jóvenes negativamente y al mismo tiempo invisibilizando el rol positivo de la juventud en la pandemia. Las personas jóvenes bien de forma más espontánea o más organizada se movilizaron para ayudar a colectivos en riesgo, como personas mayores o más vulnerables.

A esto hay que sumarle los problemas que ya teníamos antes de la pandemia. La creciente precarización laboral, los altos precios del alquiler, la dificultad para la emancipación y un largo etcétera se han agudizado más con motivo de la crisis generada por la pandemia. Así el empleo de las personas jóvenes marcado por un fuerte carácter estacional, precario y temporal, fue el primero en destruirse alcanzando cifras históricas de paro juvenil.

Es evidente que la pandemia de la COVID-19, junto con las consecuencias de la crisis económica anterior, ha supuesto una ruptura de los proyectos de vida de la juventud1. De nuevo, nuestros trabajos ya precarios se han visto más precarizados aún y las pocas posibilidades que teníamos de encontrar espacios en el mercado laboral han desaparecido. El estrés y la ansiedad que nos genera la incertidumbre de un futuro cada vez menos esperanzador no hacen más que dificultar nuestra capacidad de resiliencia y condenarnos a unas condiciones de vida indignas.

En esta pandemia se ha puesto de manifiesto la necesidad de cooperación y de apoyo mutuo y se ha fomentado la construcción comunidad. Sin embargo, las jóvenes somos las grandes olvidadas. No somos población de riesgo desde un punto de vista sanitario por la COVID-19, pero sí somos población de riesgo en lo que se refiere a la incapacidad de tener un proyecto de vida digna. Somos población en riesgo de no poder pagar el alquiler o la luz o en riesgo de sufrir ansiedad o depresión. Somos, en definitiva, la generación en riesgo de vivir en precariedad permanente. Y para evitar esto solo nos queda organizarnos, empatizar, crear lazos, y construir una sociedad solidaria e igualitaria, como han demostrado en los hechos compañeras jóvenes (y no tan jóvenes) en las asociaciones de vecinos que han respondido a la urgencia de las colas del hambre ante la insuficiente respuesta de las instituciones burguesas.

La actual crisis sanitaria vuelve a poner de manifiesto, con especial crudeza, que el mercado capitalista es una estructura económica rígida que subordina cualquier decisión a la maximización de la ganancia, lo que lo vuelve incapaz de atajar los grandes desafíos globales que tenemos especialmente ante sucesos catastróficos que requieren de una reacción urgente, la planificación económica aparece de nuevo como la alternativa más justa y eficiente.

Un ejemplo de esto es la incapacidad del sistema para vacunar al mayor número de personas en el menor tiempo derivada en el gran limitante que están siendo las patentes de las vacunas ¡A pesar de haber contado con ingentes cantidades de dinero público para su desarrollo! La naturaleza expansiva del capital obliga al sistema de mercantilizar cualquier bien, incluido el conocimiento.

Sin embargo, el gran desafío que afrontábamos ya antes de la aparición del COVID19 es sin duda la crisis climática. La brecha metabólica surgida de la revolución industrial que ha tenido lugar en el capitaloceno nos ha abocado a un escenario de aumento de temperatura global de 2 a 4,9ºC en 2100, algunos científicos señalan que podríamos superar los 1,5ºC en 2034 y no hay que perder de vista que si sobrepasamos los 3ºC se pondrían en marcha la mayoría de los bucles de retroalimentación positiva, lo que supondría que la temperatura global siguiera aumentando incluso si dejáramos de emitir GEI2.

Este aumento de temperatura, por ejemplo, aumenta la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos, como las DANAs, hace que aumente el nivel del mar, reduce la productividad en el trabajo… ¿Cómo va a reaccionar el capital si ve peligrar la extracción de plusvalía? ¿Y si a esto le sumamos el encarecimiento de las energías fósiles fruto del agotamiento de las reservas?

Paralelamente, desaparecen 200 especies al día, acortando las cadenas zootrópicas, lo que aumenta el riesgo de sufrir nuevas pandemias y compromete la seguridad alimentaria, generando migraciones climáticas. Se estima que en 2050 llegaremos a 300 millones de migraciones derivadas de la Crisis Climática (sólo contando desplazados por inundaciones y por el aumento del nivel del mar)3.

Este escenario no nos debe paralizar. Evitemos discursos excesivamente alarmistas y catastrofistas. Evitemos en la medida de lo posible la ecoansiedad. Este análisis nos debe servir para reivindicar con más fuerza nuestras propuestas para hoy, como la transición a una movilidad basada en medios de transporte colectivos y la bicicleta, o la reducción de la jornada laboral sin reducción salarial: Producimos lo mismo en 22 días que en 1931 en todo un año. Sin embargo, esto no revierte en una mejora de nuestro bienestar: En ese mismo periodo la jornada laboral tan solo se ha reducido un 16%. El trabajo de unos muchos, para el beneficio de unos pocos, o lo que es lo mismo, una salida ecofascista a la crisis ecosocial en contra de las clases trabajadoras que va ganando terreno.

Podemos, en resumen, alertar de que ya no tiene cabida solución reformista o socialdemócrata alguna, ya que estas experiencias históricas cabalgaron sobre la ola de disponibilidad energética del petróleo barato y de las oportunidades de reconstrucción de posguerra de un orden liberal obligado a hacer concesiones para competir en derechos con el orden soviético. La tendencia decreciente de la tasa de ganancia sigue su curso, reduciendo lo que Kohei Sato llama “elasticidad” del capitalismo: salidas clásicas como la guerra imperialista se dificultan en un escenario cada vez más multipolar y en el que EEUU tiene mayores contrapesos enfrente, mientras que la nueva ola tecnológica que dé un nuevo impulso a la productividad (fase alcista del ciclo Kondratiev) se está haciendo esperar, si es que llega, poniendo en duda los pronósticos tecno-optimistas del marxismo aceleracionista o de los shumpeterianos de izquierda. Ante la falta de alternativas revolucionarias, surgen tenebrosos paralelismos con los años 30: tras la inicial respuesta comunitaria al “momento Polanyi” de la crisis (con movilizaciones en defensa de lo público como las mareas), asistimos a un repunte de los movimientos reaccionarios y de ultraderecha.

Desde el inicio del ciclo iniciado en 2018, la ultraderecha española (que, en cierta medida, excede a Vox) ha sabido aprovechar cualquier coyuntura política para expandir su base social y amplificar sus proclamas neofascistas. La crisis social y sanitaria derivada de la pandemia ha abonado el terreno propicio para que afloren comportamientos de tipo excluyente y sectario. Hemos podido ver a diputados y diputadas de ultraderecha difundiendo bulos y teorías negacionistas con el simple propósito de desestabilizar al Gobierno de coalición. También hemos presenciado manifestaciones organizadas por los estratos más altos de la sociedad, quienes reivindicaban una libertad no entendida como condición sine qua non de la justicia y la igualdad sino como fuente de privilegio.

La libertad enarbolada por Ayuso es sinónimo de, como el título del libro de Toni Domènech, “el eclipse de la fraternidad”, es decir, el fin de los valores de solidaridad y la profundización de un individualismo del “sálvese quién pueda” (y quien puede es siempre la burguesía y el poder establecido). Ante esta ofensiva ideológica, la mayoría social trabajadora debemos responder con la ideología que se construye a través de la organización, creando vínculos de apoyo mutuo que pueden desplegar un nivel de conciencia de clase más elevado. Entendiendo así que la libertad no se construye individualmente, sino que se crea conjuntamente a través de las condiciones materiales que nos son comunes como sociedad y que permiten  nuestro  desenvolvimiento  potencial  desde  la  salvaguarda  de  nuestros derechos, no desde una falsa igualdad de oportunidades de la mentira meritocrática.

La instrumentalización del término libertad responde a una estrategia clásica de las formaciones de ultraderecha de vaciar de su contenido histórico el término y llenarlo de connotaciones neoliberales. Tal y como la derecha entiende el término, induce al fomento del individualismo y a la adquisición de posturas clasistas. ¿Para

quién es esta libertad? Para el que se la puede permitir a golpe de capital. En este escenario, con limitación de las libertades a causa de la coyuntura sanitaria, se ha dado un contexto idóneo para la reclamación de la libertad en su máxima exponencia. La libertad como bien “arrebatado” se ha convertido en una necesidad, como si estuviese, normalmente, al alcance del común de los mortales. Libertad de tomarse una caña, de ir a la playa, de viajar a otros países…como si esto no estuviera al alcance, únicamente, de aquellos que se lo pueden permitir. En este sentido, lo que verdaderamente nos hace libres y sí se nos arrebata de forma progresiva es la igualdad real y material.

Ante esto, ¿qué podemos decir la juventud trabajadora? El primer paso es reconocer la pluralidad que existe dentro de la propia juventud y de la propia clase trabajadora. El patriarcado busca explotar la división sexual del trabajo, agudizar la reacción neomachista contra los avances de la lucha del movimiento feminista, por lo que cobra relevancia la agenda política que seamos capaces de llevar a cabo desde el Ministerio de Igualdad, como planca institucional que dé un nuevo impulso a las luchas y eleve el suelo de derechos para aquellas personas históricamente más excluidas, como el colectivo de personas trans. Insistimos, no habrá salida progresista de la crisis sin incorporar el reconocimiento del trabajo de cuidados en nuestros análisis, ya que el sistema capitalista se reproduce en la esfera productiva, pero también en la reproductiva. Asistimos a debates en torno a la “familia” que pretenden recuperar la “nostalgia”, lo que supone una visión paralizante y edulcorada del pasado, en vez de una memoria consciente que se haga cargo de las luchas de las mujeres que nos precedieron y de las posibilidades revolucionarias que se disputaron y perdieron dentro de nuestra tradición.

Las mujeres trabajadoras se enfrentan a dobles y triples ejes de opresión. Sobre todo, cuando incorporamos lo que Asad Haider llama “regímenes de racialización”; es decir, cuando el eje de opresión de la raza sirve para dividir a la clase trabajadora y para mantener a una parte sustancial de la misma desprovista de los derechos laborales más básicos, como hemos visto con las irregularidades masivas en el campo que la Inspección de Trabajo ha destapado, gracias a la labor de nuestra Ministra Yolanda Díaz. Si somos capaces de integrar estas perspectivas podremos recomponer la unidad de clase trabajadora a través de la solidaridad entre las distintas luchas.

Si este objetivo fructifica, las distintas organizaciones juveniles de la izquierda transformadora nos encontraremos de manera natural en las luchas emergentes o ya existentes como la salud mental o la lucha contra las casas de apuestas. Nuestra tarea común es, desde el respeto a nuestras diferencias, golpear juntas a la hegemonía dominante y crear espacios de conflicto en las brechas que se le abren al Régimen del 78. En este sentido, asistimos a un proceso de interiorización en el seno del Estado de las contradicciones del Régimen, que se observa no solo en la cuestión nacional y la represión a la izquierda independentista, sino también en las

tensiones territoriales que se observan por el abandono de la llamada “España Abandonada”. En ambos aspectos y en otras políticas valientes que se están tomando desde instituciones tan dispares como el Ayuntamiento de Barcelona, Comunidades Autónomas o el Gobierno estatal… La respuesta es la misma: al interiorizarse la crisis en el seno del Estado, es el propio Estado el que responde a través del llamado “Estado profundo”. Fondos reservados, policías mafiosos como Villarejo, pseudoperiodistas como Inda, Jueces que suplantan la toma democrática de decisiones o tecnócratas europeos que pretenden negarnos la soberanía son algunos de los recursos de los poderes dominantes.

La alternativa a estas estructuras de dominación pasan por la construcción de un proyecto republicano que responda a los problemas y vivencias cotidianos de la mayoría social. La actual monarquía que nos está tocando vivir carece de total legitimidad por su falta de sentido democratico además de las evidencias que se muestran en su trayectoria histórica que perpetúan estructuras de poder desfasadas y que no atienden a nuestras realidades, donde se hace políticas para unos pocos y se desatienden los intereses colectivos . Ante ello nace la necesidad de crear de manera colectiva, conjunta y participativa un proyecto joven, renovador y de izquierdas bajo unos valores republicanos sobre los que pensar en colectivo y construir una radicalidad democrática que solo es posible en un régimen republicano. Avanzar en términos democráticos para que todas tengamos los mismos derechos y oportunidades, erradicando toda forma de dominación, entendiendo que hablar de valores democráticos es sinónimo de valores republicanos. El principal objetivo pasa por devolver la voz y poder a la ciudadanía, y para ello es necesario la creación de un nuevo proceso constituyente desde la pluralidad, igualdad real y libertad republicana.

1 Simón, Pablo et al. 2020. Informe Juventud En España 2020. Madrid. http://www.injuve.es/sites/default/files/adjuntos/2021/03/informe_juventud_espana_2020_0.pdf.

2 Adrian E. Raftery, Alec Zimmer, Dargan M. W. Frierson, Richard Starz y Perian Liu. (2017) Less than 2ºC warming by 2100 unlikely” de Publicado en Nature Climate Change, 7, pp. 637-641.

3 Strauss, B. Kulp, S. (2017) New elevation data triple estimates of global vulnerability to sea-level rise and coastal flooding Nature communications 10:4844.

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