Ya vemos asomar las orejas a una crisis económica que, aunque inevitable, se ha visto acelerada por la crisis sanitaria. Vemos a trabajadoras y trabajadores de bares, restaurantes y hoteles salir cada día en nuestros medios relatando el drama económico que supondrá la falta de turismo. Nos vemos de golpe reflejadas en el espejo redescubriendo de qué vive España, porque en sí, ya lo sabíamos.

La historia de España y otros países del sur de Europa tras la entrada en la Unión Europea es bien conocida. El proceso de desindustrialización, iniciado hace unas décadas y aún hoy inconcluso, ha representado la cara más dolorosa de la transformación del modelo productivo español para encajar en la división internacional del trabajo. Y por eso, de lo que vive España, es de ser el chiringuito de playa de Europa.

Observamos el panorama y caemos en lo absurdo que resulta no contar con una economía planificada. Esas y otras cuantas preguntas surgen ahora que vislumbramos la próxima crisis y casi no acabamos de olvidar, o sufrir, la última. Y hemos oído de todo, incluso preguntar el porqué de no sacar a la superficie a la gran economía sumergida. Regular el narcotráfico o trata de personas, dos de las «economías ilícitas» que más dinero mueven alrededor del mundo, bien podrían darle un empujón al PIB. Supongo que el tráfico de armas o el blanqueo de capital es aún demasiado proponer.

Estaremos de acuerdo en que esto suena ridículo. Sin embargo, por otro lado, qué casualidad que se haya intensificado el debate en torno a la prostitución en el seno del movimiento feminista y las organizaciones de izquierdas en el mismo tiempo y espacio en el que se ha dado la lucha contra el cierre de astilleros o plantas siderúrgicas.

Además de acabar siendo el chiringuito de playa Europa, ¿acabaremos siendo también su prostíbulo?

Y es que «para conocer la historia reciente del capitalismo solo hay que pisar un burdel alemán», dice la escritora y directora de la revista digital «La Comuna» Carmen Parejo. En 2002 se legaliza la prostitución en Alemania, momento en el que las mujeres prostituidas autóctonas suponían un 80% del total (Ingeborg Kraus, psicóloga alemana). En 2018 ese porcentaje es del 5%, y el 95% restante lo componen las mujeres de los «patios traseros» del imperialismo; allí donde suceden las guerras y los expolios: el este de Europa, América Latina, Somalia, Senegal o Gambia. Sin embargo, dice Parejo, nuestra situación podría parecerse más (como es natural) a otro país del sur de Europa: Grecia. Desde el 2012 hasta el 2018, coincidiendo con los años de crisis económica y de rescates, la prostitución en Grecia aumentó un 1500% según el Centro de Investigaciones Sociales y el defensor del pueblo heleno. El mismo informe asegura que eran en su mayoría mujeres jóvenes o desempleadas que buscaban poder pagarse unos estudios para encontrar mejores empleos. Informes similares, como los realizados por Médicos del Mundo en España en 2012, advertían del mismo fenómeno.

El caso es que es una cuestión de clase desde una perspectiva global. Y la respuesta que el movimiento feminista y las organizaciones de izquierdas debemos dar a la pregunta de si queremos ser el chiringuito de playa de Europa, es la misma que debemos dar a la de si queremos ser su burdel. En cuanto a la respuesta, supongo que esta tendrá que ir en torno a la apropiación de los medios de producción, la soberanía económica y su planificación, y a partir de aquí, la garantía de las condiciones materiales necesarias para desarrollar un proyecto de vida autónomo y digno.

No sé si pronto veremos en la portada del periódico El País un titular sobre los muchos beneficios que aporta intercambiar sexo por dinero. Porque en las universidades públicas sí hemos llegado a verlo ya. Pero espero que demos respuesta a todas las preguntas antes de que las mujeres trabajadoras de este país (migradas o no) se vean –aún más- expulsadas del sistema y abocadas a su propia destrucción, a la lumpenización y la enajenación de la explotación sexual. Porque no solo se trata de conseguir que las mujeres prostituidas tengan voz en la lucha por un mundo más justo, sino que se trata también de que ninguna mujer de clase trabajadora la pudiera perder.

Lara M., militante de la Juventud Comunista

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