Esta frase ha circulado por redes las últimas semanas, acompañada de una imagen del ya icónico pañuelo verde, siempre presente en las calles argentinas, mientras en el senado esa clase privilegiada a la que se hace referencia decidía condenar a muerte a las mujeres más vulnerables.

Porque no nos engañan, los abortos seguirán realizándose, y la mayoría en la más absoluta precariedad, con mujeres que se aferrarán a la vida aunque no todas lo conseguirán

Pero aunque este revés ha resultado profundamente desalentador, debemos hacer hincapié en la ejemplar batalla librada en por miles de mujeres que, pañuelo verde al cuello, luchaban por acabar con una ley aprobada en 1921 que condena hasta con cuatro años de cárcel a quien se realice un aborto. Frente a ellas, ataviadas con pañuelos celestes, las mal llamadas pro-vida, que bajo el lema “salvemos las dos vidas” festejaron el pasado 8 de agosto la continuidad de una ley que perpetúa los abortos clandestinos. Porque no nos engañan, los abortos seguirán realizándose, y la mayoría en la más absoluta precariedad, con mujeres que se aferrarán a la vida aunque no todas lo conseguirán.

La dicotomía vida-muerte está presente en todo debate acerca del aborto, y la derecha, avalada por la hipocresía de la iglesia, borra todo rastro de dignidad en cualquiera de los dos extremos (el debate de la eutanasia también es ejemplo de ello). Pero la maternidad obligada no es más que una estrategia de control: no es casualidad que cuando el movimiento feminista argentino empieza conquistar derechos y a hacer demostraciones de fuerza como el “Ni una menos”, la reacción ponga todos sus esfuerzos en la contraofensiva. No les importa la vida, como bien ha sabido señalar Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo: “Cuando fue la dictadura, en los campos de concentración torturaban a las mujeres embarazadas. Y los curas que entraban, los capellanes, lo veían y lo sabían pero callaron la boca y lo permitieron. No se acuerdan de que muchos bebés no llegaban a nacer, que los abortos que produjeron con ese sistema fueron callados y silenciados”.

Las mujeres ricas no usan perchas, ellas abortan con todas las garantías en clínicas privadas

Mientras los intelectuales debaten acerca del momento en el que se inicia la vida, el frente feminista argentino hace años que libra en la calle una batalla contra la muerte. Así, con el derecho a decidir por bandera, una guerrilla de mujeres comenzó a tejer redes de solidaridad, escribiendo manuales de cómo realizarse abortos con misoprostol en casa y facilitando números de teléfono a los que se puede llamar en caso de duda, para así desterrar la temida percha.

La percha, ese instrumento del terror con el que se practican abortos clandestinos -como en España lo fueran las agujas de tejer- ha sido símbolo del sesgo clasista presente en la penalización del aborto: las mujeres ricas no usan perchas, ellas abortan con todas las garantías en clínicas privadas. Y es que en un país donde la educación sexual es a todas luces insuficiente y el acceso a los anticonceptivos es imposible para las capas más empobrecidas, la penalización del aborto condena a las mujeres sin recursos a la maternidad indeseada o a la muerte.

Esa condena, como casi siempre que se trata de las mujeres, es doble: no sólo se juegan la vida, sino que serán tachadas de mala mujer para siempre. Claro ejemplo de esto es la intervención de la diputada Estela Regidor, que comparando sin tapujos a las mujeres con perras hizo las siguientes declaraciones: “¿Qué pasa cuando nuestra perrita se nos queda embarazada? No le llevamos al veterinario a que aborte. Salimos a ver a quién le regalamos los perritos. Las peores fieras quieren a sus crías.”

Pero el pueblo argentino no va a dar un paso atrás. No lo dieron cuando el FMI trató de hundirlos en la miseria, ni cuando Mauricio Macri hipotecó su futuro con los fondos buitre. Seguirán en la calle luchando y construyendo un futuro en el que se defienda la vida: la vida digna. La despenalización del aborto será ley, para que de una vez por todas podamos decir:

‘NI UNA MENOS!

Itsaso Cortés, militante de la UJCE y del movimiento feminista argentino los últimos años.

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