La necesidad histórica de la revolución

La situación actual que se vive en Venezuela trasciende de los cambios políticos a los que estamos acostumbrados en Europa. No se habla allí de una determinada gestión de un mismo sistema sino del cambio de un sistema por otro, de uno socialista que sustituya al capitalista o, por el contrario, la pervivencia del capitalismo en Venezuela. Y no es un asunto de ayer para hoy.

El gobierno de Chavez, al que recordemos se le intentó derrocar a través de un golpe de Estado fallido, ya sufrió los ataques de la oligarquía venezolana en forma de boicot y saboteo de las líneas de suministro de bienes así como de energía y agua. Hoy, bombardeados por la prensa, vemos cómo el clima de tensión avanza hasta los asesinatos políticos, la tortura y los atentados que promueve la derecha fascista y reaccionaria en Venezuela.

La realidad es que lo que sucede en Venezuela no es más que la culminación de un proceso de largo recorrido. En términos bélicos, una vez reorganizado el ejército fascista de la opositora Mesa de Unidad Democrática, descolocados por el avance del proceso de cambios que inicia el pueblo venezolano con Hugo Chávez al frente, pasan a la ofensiva. Una derrota electoral tras otra y un golpe de Estado fracasado mermó las capacidades de la oposición, ahora envalentonada por el repunte en su intención de voto que ven cómo, pese al terror, son incapaces de hundir y doblegar al pueblo venezolano.

Esta situación en el marco democrático-liberal choca evidentemente con sus propias reglas, esas reglas que, a priori, permiten que en el marco de unas elecciones libres y democráticas un pueblo pueda autodeterminarse. La autodeterminación bolivariana se ha demostrado imposible, precisamente, en el seno de un marco democrático-liberal. ¿Puede un gobierno popular, que depende económicamente de la oligarquía, legislar de forma efectiva? Es decir, puede un gobierno popular gobernar de forma autónoma sin el control sobre los elementos materiales básicos que permiten dicho gobierno? ¿Se puede legislar contra la burguesía -o a favor de la clase trabajadora- cuando la burguesía decide qué se produce, cuánto y cómo se distribuye?

El marco democrático-liberal es válido, sí y sólo sí, los intereses que se defienden son los intereses de la oligarquía. En cualquier otro caso, la superación del mismo o simplemente su mutación, están prohibidos. No formalmente, sino de facto. El sistema democrático-liberal, como el español, permite una “normalidad” democrática solamente en el caso en el que los intereses de la oligarquía no estén en cuestión.

No es necesario mirar muy atrás ni tampoco muy lejos. En Grecia, cuando el gobierno de Tsipras claudica ante la Troika (la representación teatral del imperialismo), los chantajes por parte del sistema eran enormes, prácticamente en las mismas líneas que en el caso venezolano -supresión de suministro, boicot, amenazas internacionales…-. El propio sistema democrático-liberal mostró su límite. Sin ser una revolución lo que se pretendía en Grecia, había un componenente desestabilizador, una suerte de amenaza a las dinámicas de reforzamiento de la posición de la burguesía a través de la explotación de la clase obrera que el imperialismo se negó a tolerar y que, necesariamente, ante la falta de determinación y análisis revolucionario fracasó por pretender jugar en los términos del sistema democrático-liberal. El sistema no tolera ni el más mínimo atisbo de cambio, actuando en su contra con mano férrea.

Cualquier espejismo de cambio sustancial por la vía democrático-liberal carece de comprensión histórica y de entender que el sistema democrático-liberal es el sistema del capitalismo. Que la Transición española fue modélica precisamente porque no se atacaron los cimientos de las oligarquías sino que se reforzaron. Que los muertos de nuestra transición no los pusieron los demócratas liberales sino que los pusieron las fuerzas revolucionarias del país porque eran quienes podían tumbar el sistema. Que los presos políticos de nuestras cárceles de hoy son precisamente aquellos que con su actividad ponen al sistema en apuros, ya sean grandes o pequeños. La despiadada represión del sistema es precisamente su verdadero rostro. Conmigo todo, contra mí nada.

Así pues, cualquier cambio de sistema económico pasa necesariamente por la superación del sistema democrático-liberal, puesto que el sistema democrático-liberal es el sistema del capitalismo. La revolución es entonces una necesidad histórica, una constatación de que es imposible la transformación del sistema dentro del sistema sino que es necesaria una ruptura revolucionaria para destruir un sistema de la minoría y voltearlo en un sistema de la mayoría. Es necesario, pues, comprender que cualquier proyecto revolucionario debe prepararse, por cualquier medio, para la violencia del sistema democrático-liberal y la reacción.

En el punto actual pensar y justificar las actuaciones en Venezuela en términos de elecciones, de votos, de -al fin y al cabo- el marco democrático-liberal es negar que el sistema no sólo no va a tolerar cambios revolucionarios, sino que tampoco modificaciones de la posición relativa de la burguesía y que está defendiendo su necesaria naturaleza de clase por todos los medios necesarios. Es negar el legítimo derecho de los pueblos a contestar a la reacción a través de la revolución.

La lucha en favor del gobierno venezolano es la lucha contra la tiranía fascista y los intereses de la oligarquía y el capitalismo. Es la lucha por la posibilidad de la revolución y el socialismo y hay que defenderla contra todos y cueste lo que cueste porque en su victoria nos acercamos a la nuestra.