La historia de la humanidad es la historia de la maldad de las mujeres, o de cómo una superestructura histórica nos ha convencido de ello. Ya nos avisaron los clásicos: no puede haber fe en ellas.

Nos remontamos a la mitología griega, uno de los métodos de agit-prop contra todo aquello que no fuese un ciudadano varón y de la polis. Clitemnestra es una ficción que rompió con la norma: inteligente, celosa, infiel, masculinizada, vengativa, desafió a su esposo cuando quiso vender y sacrificar a su hija (no olvidemos que somos simples mercancías que son propiedad del pater familias). Las comparaciones son odiosas, más aún cuando observamos un Aquiles, asesino, promiscuo, vengativo, celoso, e irracional, uno de los mayores héroes de la mitología, y Clitemnestra, una de las grandes criminales. También pareció sensato criminalizar  a Medea, una mujer inteligente, luchadora, consciente de que la opresión de la mujer, y bruja. No te puedes fiar de una mujer así, podría cuestionar tus privilegios. De nuevo cumple el tópico de los celos, llegando a asesinar a sus hijos por venganza.

Si lo comparamos con el honorable sacrificio de Ifigenia que realizó Agamenón a otro ente metafísico para aplacar su ira, nos encontramos con que el juicio social depende del género que te atribuyan. Pensando en la bruja Medea, nos acordamos de todas aquellas herejes, abortistas, homosexuales, cualquier desviación, que fueron asesinadas en una hoguera por una secta infraestructural, y que aún busca acabar con las que sobrevivieron a una caza de brujas que institucionalizó la violencia hacia las mujeres, sobre todo a las que osan desobedecerles mientras promueven el terrorismo contra ellas. Necesitamos rezar por nuestra salvación, a pesar de nacer condenadas. Ahora que se celebra San Valentín, una de las fiestas clave para la reproducción de roles bajo un halo romántico, sacado de la misma fábrica de comportamientos machistas made in Disney, es obligatorio acordarse de Romeo y Julieta, una de las obras que perpetúan ese “amor romántico” heteropatriarcal, la posesión de las mujeres como mera mercancía, la violencia para mostrar una virilidad exarcebada que acabará en tragedia, cómo no, por culpa de una mujer, el centro de todos los problemas, la docilidad y virginidad femeninas frente a la naturalidad con la que los hombres catalogan nuestra belleza con su pandilla, hoy en día vía Whatsapp mientras comentan lo zorra que es “la Cuqui” de “La que se avecina”.

Pasaron siglos hasta que el teatro introdujo un discurso de clase y de género, pero remontándonos a algo más actual, no podemos dejar pasar la oportunidad de conocer a Wendy Kesselman, y su obra “My Sister in this House”. La protagonista no sólo es de un estrato socioeconómico bajo, por si no tenía suficientes problemas, encima era mujer, y bollera. Dicha obra acabará con el asesinato de las personas opresoras, debido a la acumulación de rabia provocada por la injusticia, la única válvula de escape que le quedaba ante la creciente violencia hacia ella. El patriarcado no es nuevo, aunque algunos aún no lo hayan descubierto, las
mujeres venimos aguantando demasiado tiempo.