Ilustracion original de Celia G. para agitación.org

La aprobación definitiva de la eutanasia por parte del Congreso de los Diputados vuelve a sacar a la palestra un debate, el de la muerte digna, manido y, sin embargo, pocas veces enfocado desde una necesaria perspectiva de clase.

Urge evitar que la gente siga muriendo mal en nuestro país, debemos permitir que, quien sufre sin visos de mejoría, pueda poner fin a su vida. Pero este debate, planteado en términos simplistas, deja fuera tanto su dimensión social como la responsabilidad del Estado y el modelo productivo en la vida de las personas. 

Las propuestas parlamentarias sobre el “derecho a morir dignamente” y los intentos de regulación de la eutanasia vuelven a activar un debate con implicaciones éticas, morales y religiosas. No obstante, antes y después de este aluvión legislativo, se ha sufrido y se sufre al morir. Porque lo cierto es que en nuestro país no se muere dignamente en un gran número de casos.

El sufrimiento silencioso de miles de personas con enfermedades incurables y degenerativas es una constante en nuestras sociedades. Son centenares de casos silenciados que padecen diariamente dolores insufribles que difícil o imposiblemente pueden ser aliviados. 

No obstante, lo más terrible no son las desgraciadas enfermedades que quitan la vida a quienes la padecen, sino que miles de personas soporten sus últimos días de vida sin dignidad por falta de recursos y voluntad. Pacientes con enfermedades curables que mueren en listas de espera porque no reciben ayudas con las que costear un tratamiento que realmente mejoraría su calidad de vida. Así como millones de trabajadoras y trabajadores que cargan sobre sus espaldas enfermedades físicas y mentales derivadas de la brutalidad que el sistema capitalista ejerce durante toda una vida de trabajo asalariado. Casos reales y tasados que distorsionan el debate sobre la muerte digna reduciéndolo a su última expresión: la eutanasia.

La eutanasia por sí misma no va a mejorar las condiciones de salud de la población. El morir dignamente obliga necesariamente al Estado a garantizar, tanto en esos momentos finales de la vida como en los anteriores, unas condiciones de vida dignas para el conjunto de la población.

Actualmente la clase trabajadora sufre no solo en sus últimos días, cuando se puede verse azotada por enfermedades degenerativas incurables, sino que también padece la miseria y explotación del capital durante toda su existencia. El modelo productivo condena a una vida precaria que nos empuja a todo tipo de enfermedades y dolores físicos y psíquicos; las jornadas interminables, el estrés, la falta de tiempo libre, la ausencia de expectativas vitales. 

Especialmente la juventud trabajadora padece multitud de enfermedades mentales derivadas de un modelo de consumo, producción y socialización que nos mercantiliza y deshumaniza. Más de dos millones de personas toman ansiolíticos a diario, diez suicidios y unos 200 intentos tienen lugar cada día en España y un 10% de la población tiene depresión o ansiedad. Todo ello tiene como consecuencia un dolor en vida que nos hace sufrir y sobre el que debatir, antes siquiera de hacerlo en torno a la eutanasia.

Las lógicas de pensamiento actuales tienden a excluir esta visión. Es lógico desde una óptica “progresista” abogar por regular la muerte anticipada en casos de sufrimiento y agonía, pero ello esconde un debate más profundo sobre si antes de elegir morir o no, ese individuo ha tenido las posibilidades de vivir dignamente. Esconde el debate entre socialismo y capitalismo.

La dignidad de la vida no se garantiza con la legalización del derecho a la muerte anticipada. Es decir, no se va a vivir mejor por existir una regulación de la eutanasia. La vida digna implica el esfuerzo del Estado y el modelo productivo por proveer y garantizar a sus ciudadanos de todos los medios y recursos disponibles para su realización; no solo en el momento final de su vida, sino a lo largo de la misma. Y desde luego, esa garantía no puede darse en ningún supuesto en el capitalismo.

Abordar íntegramente el debate social que entraña la eutanasia obliga a revisar críticamente toda la estructura social y económica que condiciona nuestra existencia. Se debe exigir la garantía de un sistema sanitario adecuado y universal, un oxímoron para el sistema capitalista. Solo así no quedará desvirtuado el debate. 

Sin duda, la eutanasia es un derecho conquistado que siempre ha enarbolado el movimiento comunista en nuestro país y su legalización debe ser celebrada. Pues no debemos olvidar que morir dignamente es también un privilegio de clase, solo accesible para aquellos sectores que pueden costearse los carísimos tratamientos paliativos que minimizan los estragos de las enfermedades irreversibles. 

Pero esta aprobación oculta la cuestión de fondo: el privilegio de clase que también es vivir dignamente; vivir sin las ataduras de la explotación económica que nos acecha y golpea cada día en nuestro trabajo y condiciona nuestra existencia misma.

Es necesario entender la muerte digna, la eutanasia, como una fase más de la vida digna. Un proyecto vital irrealizable en el capitalismo, adopte la forma que adopte. Solo un horizonte socialista es capaz de edificar un futuro libre de sufrimiento, en vida y antes de la muerte, para los parias de la tierra.

Nestor P.

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