(En la imagen, un esquema del proceso clínico habitual de investigación y verificación de resultados de las vacunas) Fuente: elaboración propia.

La enfermedad COVID-19, producida por el virus SARS-CoV-2, ha provocado una pandemia con unos efectos sin precedentes en la historia reciente a nivel mundial. A fecha de 1 de diciembre de 2020, se han infectado 63,2 millones de personas por el virus en el mundo, y han muerto más de 1.460.000 personas, cifras que se refieren, por supuesto, a casos confirmados. La OMS ha declarado desde este enero la situación de emergencia global, dando diversas recomendaciones a los distintos gobiernos para controlar el ritmo de contagios. 

En este contexto global las contradicciones existentes en el capitalismo se han agudizado, como ocurre en cualquier crisis del sistema productivo. En el caso de España, la clase trabajadora tenemos que enfrentarnos, por ejemplo, a tener que ir a trabajar o a estudiar en un transporte público atestado, mientras las restricciones se centran en los aspectos del ocio; o a que la sanidad pública sufra de enormes carencias de financiación, personal o equipamiento, a la vez que los medios de comunicación de masas no paran de señalar que la responsabilidad de las muertes es individual, sobre todo de la juventud. A todo esto, hay que sumarle todos los daños asociados a la época del confinamiento total, como pueden ser los psicológicos, que han afectado sobre todo a los hogares con rentas más bajas, y cuyos efectos continúan presentes.

Viendo la situación tan precaria por la que está pasando una gran parte de la población española, lo lógico sería centrar los esfuerzos productivos en intentar mejorar lo máximo posible la calidad de vida y reducir al mínimo los contagios, aunque eso supusiera pérdidas en las grandes empresas. Sin embargo, por la propia naturaleza del sistema capitalista, la estrategia de reducir la producción y centrarla en los aspectos más básicos, a la vez que se potencian los elementos más necesarios como la sanidad, es algo impensable, por lo tanto, la panacea para esta situación es la vacuna. 

La vacuna aparece como la solución definitiva a la pandemia, y las empresas que la elaboran, aparentan ser entidades benévolas y desinteresadas, salvadoras de la humanidad

La vacuna se publicita como la herramienta para que podamos volver a tener nuestra vida, para que vuelvan los espacios de socialización, los reencuentros familiares sin riesgo, etc. Es por esto por lo que se justifica que se inviertan tantos recursos en su consecución y que se haya acelerado el proceso al máximo, ya que en condiciones ordinarias suele dilatarse 10-15 años, en este caso podemos decir que en el transcurso de menos de 1 año se han desarrollado las fases necesarias para la aprobación de la vacuna. Sin embargo, en términos realistas, podemos ver que las cuestiones que subyacen y que justifican esa presteza son totalmente distintas.

 

Por un lado, hay un gran nicho de mercado que está siendo aprovechado por las grandes empresas farmacéuticas, ya que las primeras en desarrollar la vacuna serán las que obtengan mejores acuerdos con los estados y más beneficios. Así, se ha dado una carrera por la consecución de la vacuna, y hemos visto anuncios cercanos en el tiempo de nuevas vacunas, como en el caso de Pfizer y Moderna, lo que evidencia la enorme competencia que existe en esta industria. Por otro lado, se está dando una pugna entre los distintos bloques imperialistas por el desarrollo de la vacuna, destacando el bloque liderado por EEUU y Europa en esta lucha comercial, ya que, por ejemplo, China, ha desarrollado una vacuna pero sobre todo con carácter interno. Por último, y quizás siendo el aspecto más importante, vemos que existe la necesidad de que la tasa de ganancia de las grandes empresas se recupere y continúe creciendo, que la explotación a la clase trabajadora siga con la misma intensidad que en la situación existente antes de la pandemia, e incluso que, justificandolo con un “toda la población ha de arrimar el hombro para paliar esta crisis”, aumente dicha explotación y se profundice en las dinámicas de privatización y especulación. 

Aprovechar sus propias crisis de producción para profundizar en las desigualdades con el objetivo recuperar y mantener en crecimiento la tasa de ganancia es algo esperable y recurrente en el capitalismo, por lo que no sorprende que el fin de todas las medidas que se están llevando a cabo van encaminadas, de mayor o menor forma, hacia ese objetivo. Sin embargo, eso no invalida, per sé, el hecho de que sea o no necesario el desarrollo de una vacuna. 

Frente a las vacunas han surgido multitud de teorías de la conspiración, funcionales al sistema capitalista, que sitúan como enemigo a una herramienta científica y no a las empresas que se lucran con ella.

En este marco vemos como surgen diversas teorías conspirativas, que cargan contra las medidas de contención de los contagios o de la generación de una vacuna. A simple vista, algunas de ellas pueden parecer movimientos que luchan contra el sistema, pero no hace falta profundizar un poco en su, ya de por sí exiguo mensaje, para identificar un discurso reaccionario, que le hace el juego a la derecha y extrema derecha, estando muchas veces financiadas por grandes empresarios que buscan dividir así a la clase trabajadora. Ante esto la juventud combativa tenemos que defender con uñas y dientes el análisis materialista de la realidad, y no dejarnos engañar por teorías pseudocientíficas y reaccionarias, que sólo buscan distraernos y difuminar al verdadero enemigo. Un caso paradigmático es el uso de la vacuna para introducir micro-chips en la población, de manera que ésta sea fácilmente manejable. Si bien muchas vacunas que están en fases muy avanzadas utilizan mecanismos novedosos, como puede ser el uso de ARN, ADN o vectores no replicantes, esto no implica que escondan algo “malévolo” detrás. Detrás de esta teoría subyace el mensaje de que antes de que nos pongamos alguna de estas vacunas éramos “libres”, lo cual no deja de perseguir que se mantenga el statu quo. Son teorías de la conspiración enraizadas en el discurso de la ultraderecha o absolutamente compatibles con el sistema capitalista.

Así, el desarrollo de la ciencia, aunque en un marco capitalista va casi siempre a responder a necesidades del sistema de una forma más o menos directa, no lo hace menos necesario, ya que forma parte del desarrollo de las fuerzas productivas y de conocimiento de la realidad que facilitará la consecución del socialismo. El conocimiento de la realidad, aunque sea con una visión sesgada, es siempre necesario.

Es por ello por lo que el desarrollo de la vacuna es necesario, pues permite avanzar en el conocimiento y mejorar las condiciones actuales de la clase trabajadora. Pero no hay que perder de vista que persigue un fin claro: recuperar los niveles productivos y asegurar los beneficios de las empresas farmacéuticas.

Ante esto se abre la contradicción entre el acceso igualitario a la vacuna y los beneficios de las grandes industrias farmacéuticas. Actualmente hay once vacunas en fase III, estando involucradas empresas e instituciones de China (CanSino  Biological; Sinovac; Sinopharm), Rusia (Gamaleya  Research  Institute), Reino Unido (Oxford   Vaccine Group/AstraZeneca) y Estados Unidos (Moderna; Johnson &  Johnson; Novavax; Pfizer/BioNTech, junto a Alemania). De estas, hay noticias de que la de Moderna, Pfizer y Oxford han obtenido buenos resultados, con eficacias superiores al 90%. Así, no es de esperar que en breves se pongan en marcha las maquinarias para tener listas las cantidades necesarias lo antes posible, ya que a las grandes empresas les beneficia que el acceso a la vacuna sea rápido y gratuito, ya que principalmente la vacuna estará financiada por los estados y en el caso de Europa también por la EMA (Agencia Europea del Medicamento), para que las masas trabajadoras puedan volver al ritmo productivo. Cabe destacar que los precios de las tres vacunas son muy dispares, mientras la desarrollada por Oxford cuesta unos 3 euros por dosis, la de Pfizer cuesta más de 15 y la de Moderna unos 21 euros.

En este punto habría que preguntarse de dónde está saliendo toda la maquinaria productiva necesaria para producir las dosis, si de las empresas farmacéuticas o de los estados. En el caso de España lo más probable es que se pongan laboratorios públicos (por ejemplo, del CSIC) o de empresas españolas para la fabricación de la vacuna. Sin embargo, estas multinacionales farmacéuticas cuentan con fábricas en muchos países, por lo que parte de la producción se realizará en ellas. Por ejemplo, en España, Pfizer posee 2 plantas de producción. A todas luces, con el anuncio del día de hoy de la fecha de autorización prevista para la vacuna, se ha iniciado ya de hecho su producción.

En la difusión de los hallazgos sobre las vacunas de la COVID-19 se obvia la imprescindible financiación pública de la ciencia y la investigación, sin la cual no contaríamos con los avances científicos que hacen posibles las vacunas.

Vemos que, aunque el precio sea tan dispar, la Unión Europea se ha comprometido a adquirir vacunas de Oxford /AstraZeneca (300 millones de dosis), de Moderna (80 millones) y de Pfizer/BioNTech (200 millones) . Se abre el dilema sobre la dependencia de los estados respecto de las empresas farmacéuticas y biotecnológicas. ¿Hasta qué punto es seguro dejar la salud pública y gran parte de las fuerzas productivas del ámbito sanitario a empresas privadas, cuya única lógica es el beneficio? Y, en el caso de que el desarrollo de la vacuna fuera privado, como ha ocurrido con la vacuna para la COVID-19, ¿No sería lógico que la patente fuera pública, o al menos que se fijara un precio justo para todos los países y con el que se cubrieran solamente los gastos de su fabricación? Vemos que esto es imposible, ya no solo por la negativa de muchas empresas farmacéuticas de aceptar inversión estatal en sus proyectos de investigación sobre la vacuna, sino por la propia naturaleza del capitalismo, ya que las empresas farmacéuticas no obtendrían todos los beneficios que realmente tienen el poder de conseguir, por la enorme necesidad que hay de la vacuna. Los ensayos clínicos son una inversión que la industria realiza a fin de tener un posterior beneficio que se logra con el acceso del medicamento al mercado, en numerosas ocasiones estas empresas han dejado de fabricar medicamentos de los que ya había expirado la patente porque no eran ya beneficiosos económicamente y han producido en nuestro sistema de salud desabastecimientos que han conllevado a un perjuicio de la salud de los pacientes que han visto limitado el acceso a su medicación habitual. Así, vemos que claramente no nos beneficia esta dependencia estatal de las empresas farmacéuticas y biotecnológicas. 

Con todo, la población deberá pagar, de forma indirecta, el precio de la vacuna, lo que analizándolo con cierta profundidad resulta en algo así como “pagar para poder ir a trabajar de forma segura y asegurar los beneficios del resto de empresas”. Vemos que el análisis de algo en apariencia sencillo como es el desarrollo de una vacuna esconde una enorme complejidad y una gran cantidad de intereses enfrentados. 

Es por esto por lo que hemos de replantearnos por qué ha afectado tanto esta pandemia, más allá de las causas potenciales de su aparición (aumento de la deforestación, agricultura y ganadería extensivas…). Aquí entra en juego la prioridad del beneficio privado frente al colectivo, generando una sociedad muy poco resiliente ante cualquier adversidad. Este paradigma necesita ser cambiado, no sólo por su inherente injusticia, sino porque mientras el capitalismo siga rapiñando los últimos recursos del planeta, irán aflorando potenciales patógenos que se encontraban latentes o en poblaciones animales muy aisladas, lo cual sumado a la enorme capacidad y facilidad de transporte de personas y mercancías con la que contamos actualmente facilitará, como ha ocurrido con el SARS-CoV-2, su propagación. Esto a su vez se ve propiciado por los modelos de hacinamiento de muchas ciudades, falta de acceso a servicios públicos, ganadería intensiva (potencia la generación y propagación de enfermedades que pueden pasar al ser humano, a la par que es un caldo de cultivo para la aparición de bacterias resistentes a antibióticos), aumento de la polución y degradación de ecosistemas. Todo esto está generando una burbuja que, tarde o temprano, acabará explotando. Como siempre, será la clase trabajadora quien lo pagará, como está ocurriendo con la pandemia actual. 

Para evitar que vuelvan a repetirse los enormes perjuicios que hemos sufrido, tenemos que apostar por un sistema mucho más resiliente, que no aspire a crecer indefinidamente a costa del medio natural, donde la producción pueda adecuarse a las situaciones cambiantes y no dependamos de grandes empresas, como las farmacéuticas, para salir del paso, y donde los servicios públicos estén muy fortalecidos. En definitiva, un sistema donde no se socialicen las pérdidas, sino los beneficios. Un ejemplo es Cuba, un país que en las últimas décadas se ha caracterizado por la inversión pública en materia de investigación biomédica y que se encuentra actualmente inmerso también en el desarrollo de su propia vacuna. La cuestión es, ¿por qué Cuba invierte dinero si ya hay tantas grandes empresas desarrollando vacunas y que están en fases aparentemente más avanzadas que la suya? La respuesta es la soberanía, es decir, no depender de los intereses de las grandes empresas, en este caso farmacéuticas, y de las pugnas comerciales entre los países, para poder asegurar el bienestar de su población.

Iria G. y Pablo A.

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