La pandemia de Covid-19 ha removido de distintas formas todos los ámbitos de nuestra sociedad. Las diferencias entre territorios hacen que las causas y consecuencias de la misma no se puedan analizar como algo estándar y acotado a estos últimos meses, sino cómo consecuencia de una serie de procesos anteriores, los cuales han condicionado la evolución de la pandemia en las distintas regiones.

El medio rural español actualmente se caracteriza por una despoblación causada por la falta de oportunidades laborales que empuja a la juventud a la emigración hacia las grandes ciudades, para buscarse un futuro mejor, dejando tras de sí una población muy envejecida en nuestros pueblos.

Esta situación no es fruto únicamente de unas malas políticas gubernamentales centradas únicamente en los grandes núcleos de población,  la despoblación rural en España responde a las propias leyes del capitalismo, las cuales tienen a la acumulación de riqueza y de actividades industriales.

Según fue ganando poder el capital, la producción agroganadera se modernizó buscando una agricultura de mercado, la mecanización y la concentración de la propiedad dieron lugar a una necesidad menor de mano de obra. El resultado de este proceso ha sido que desde la segunda mitad del siglo pasado la juventud se haya visto expulsada de sus pueblos, tieneteniendo como única solución la precariedad y las ínfimas condiciones vitales que ofrecen unas ciudades cada vez más masificadas.

Antiguamente, la agricultura y la ganadería eran el únicos sustento en el medio rural pero sufrió un cambio radical a lo largo del siglo pasado la economía de mercado fue controlando de forma directa todos los procesos productivos pasando de un equilibrio en cada agrosistema (entendido como el resultado de la relación entre las personas y medio para producir alimentos), en el que los recursos obtenidos del medio se reponían de forma natural, a una agricultura de mercado, en la que priman los monocultivos y la aplicación indiscriminada de fertilizantes químicos, en un claro perjuicio del medio natural. Todo ello responde al funcionamiento de una economía de mercado en la se busca lograr la máxima productividad, aunque sea a costa del destruir medio. Íntimamente relacionado con este proceso, encontramos el auge de la ganadería intensiva en macrogranjas, que siguen una lógica muy similar e igualmente destructiva.

La pandemia también ha puesto en evidencia las incongruencias prácticas del sistema agroalimentario mundial, y en nuestro caso, en especial el de la U.E., al depender de lejanas importaciones para el abastecimiento con el fin de mantener la balanza comercial, y para beneficio de las grandes industrias agroalimentarias. Este sistema de lejanos intercambios de alimentos que perfectamente se podrían producir en nuestros países -los famosos productos km 0- ya no sólo es que tenga un nefasto impacto ecológico por el transporte, sino que ayudó a la rápida expansión de la pandemia debido a los grandes flujos de mercancías y personas por todo el planeta. Sin embargo, dentro de una economía capitalista global, soluciones individualistas como los huertos urbanos no tienen una utilidad real más allá de responsabilizar al individuo del un problema colectivo.

La solución a este problema global sólo puede pasar por una nueva forma de relacionarnos con el capital medio natural, buscando un equilibrio entre lo que el medio es capaz de dar sin agotarse y las necesidad  global de alimentos  Ello nos lleva a luchar contra un sistema capitalista que necesita de un crecimiento desenfrenado para su supervivencia, pero no nos puede empujar a abrazar un “socialismo de la abundancia” que siga esquilmando los recursos del planeta. La solución es socialista, en un sistema en el que se satisfagan las necesidades humanas -y no las de una pequeña parte- sin romper el equilibrio ecológico.

Con la crisis sanitaria provocada por la pandemia, no han sido pocos los gobiernos autonómicos que han asestado un nuevo y duro golpe a la ya débil sanidad rural, caracterizada por su deficitaria implantación territorial -en especial, la Atención Primaria- con unos escasos servicios sanitarios concentrados en las cabezas de provincia, a lo que habría que sumar una elevada edad media de la población. Sirvan de ejemplo el cierre de consultorios rurales en Castilla y León con el falso pretexto de la precaución sanitaria.

Nuestro análisis no debe de quedar en la denuncia de una mala gestión por parte de los gobiernos de turno, sino que hemos de entender su naturaleza de clase. Frente a ese medio rural tan envejecido, los gobiernos autonómicos no han visto en la inversión en sanidad una suficiente rentabilidad como para querer salvar esas vidas. Porque en el capitalismo cada euro invertido en sanidad no responde a ningún fin humanista, sino a la reproducción de una fuerza de trabajo (las trabajadoras) que se ve consumida y que el Estado -en este caso las Comunidades Autónomas- tiene que volver a poner en funcionamiento para que siga produciendo. Sin embargo, nuestros mayores, ya no productivos para el capitalismo, ya no pueden trabajar; por lo que han sido desechados por este sistema y abandonados a su suerte.

En lo que respecta al papel de la mujer en el campo, con el desarrollo del sector agrario se pasó de una doble carga de trabajo producto de la suma del trabajo reproductivo y del trabajo remunerado en el sector agroganadero, a una relegación del ámbito productivo de mano de la modernización, en las que los hombres se han hecho con el control de las explotaciones, de forma que las mujeres que han permanecido en ellas lo han hecho generalmente en un segundo plano. O, en el caso de los trabajos más precarizados, como es el caso de las temporeras y la industria de transformación agroalimentaria, donde se encuentran en el escalafón más bajo de la cadena, como mano de obra barata.

Durante el confinamiento se recrudeció su situación, al no parar el sector primario como actividad económica esencial, Sin embargo, también vimos como en los espacios rurales estas mujeres fueron las que crearon las redes de solidaridad, organizando colectas de material para los sanitarios y cosiendo mascarillas en el momento de desabastecimiento. Lejos de buscar romantizar esta situación, se ha de evidenciar las enormes dificultades de las mujeres en este medio, al encontrarse relegadas dentro de un sector ya de por si relegado, todo ello recorrido por una división sexual del trabajo que mantiene a las mujeres del medio rural en una situación de doble explotación muy invisibilizada

Ante el peligro que supone la alta densidad de población en las ciudades, durante y tras el confinamiento no han sido pocas las personas que han vuelto su vista hacia “el pueblo”, bien hacia segundas residencias -como ocurrió al comienzo del Estado de alarma por parte de personas con más poder adquisitivo que sentido de la responsabilidad, y como está volviendo a ocurrir ahora- o hacia alojamientos de turismo rural, sector que vivió su peculiar agosto este verano. Esto fue visto con recelo por parte de los habitantes de muchos pueblos, teniendo en cuenta la elevada media de edad y los escasos servicios sanitarios comentados. Por su parte, el turismo rural, cuyo auge era también anterior a la pandemia, se muestra como un espejismo para la revitalización de los pueblos, que se ven convertidos en un parque temático de lo rural,totalmente dentro de las lógicas comerciales del capitalismo vendiendo su patrimonio histórico -pues la mayoría del mismo se concentra en zonas rurales- y su entorno natural como un producto a explotar. Producto del cual sólo un pequeño sector de la burguesía rural se ve beneficiada, y con unas pésimas condiciones laborales por el escaso valor añadido de la actividad.

Además, tanto el patrimonio histórico como el material han dejado de pertenecer a las comunidades que lo habitaron y habitan, en un proceso de pérdida de identidad que sumado a la emigración han contribuido a una progresiva desaparición de las comunidades rurales y sus tradiciones, que han quedado reducidas al folklore ante la apisonadora homogenización cultural del neoliberalismo.

Si recogemos de manera conjunta los planteamientos y problemáticas desarrollados, la solución a estos problemas se hace inviable dentro del capitalismo, por ser éste la causa primigenia de los mismos. Se ofrecen múltiples medidas para intentar revitalizar el medio rural que se han mostrado enormemente ineficaces, como los fondos FEDER europeos, cuya única utilidad ha sido alimentar a unas agónicas oligarquías locales (interesante añadir más ejemplos).

La única solución real pasa por el socialismo: una vía socialista que vertebre el territorio según las necesidades reales de las personas y no del capital, que no obtenga más recursos naturales de los que el medio puede reponer, en definitiva, un modelo social y económico de todas y para todas, en el que no sólo se supere la contradicción capital-trabajo, sino también el capital-medio y sobretodo, la contradicción capital – vida, donde quepamos todas.

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