Desde el inicio del Estado de Alarma muchas son las problemáticas a las que se ha tenido que enfrentar la juventud obrera, como ERTEs, continuación del desempeño del trabajo sin las correctas medidas de seguridad o hacer frente al pago de alquileres sin tener ningún tipo de remuneración.

En concreto para las estudiantes de clase obrera ha sido ostensiblemente duro: telestudio (con las consecuencias segregadoras que ya se conocen); oscuridad en el traslado de información por parte de las universidades y el Ministerio; aplazamiento o suspensión de prácticas; suspensión de los trabajos que utilizaban para costearse el día a día…

Frente a todo ello, ya se ha recalcado en numerosas ocasiones la importancia de la solidaridad mutua asistencial y el poder de la organización. Organización que, en el caso estudiantil, lleva años fundamentada en el mosaico de sindicatos y asociaciones que recubren el mapa del país. Hasta el inicio del confinamiento y de la situación actual estas estructuras de lucha venían desarrollando un trabajo continuo de corte sindical, entendiendo esta forma como la única posible a través de la cual conseguir victorias, planteamiento que de sobra ha quedado demostrado en la práctica gracias a tantos años de trabajo y movilizaciones.

Gracias a toda esta fuerza y experiencia acumulada, hemos podido ver una respuesta contundente por parte del tejido sindical estudiantil ante la inacción y desinformación de rectorados, ministros y demás órganos en materia educativa. El trabajo asistencial ha tenido múltiples facetas durante las últimas semanas, siendo la experiencia más repetida y mejor valorada los bancos de apuntes, constituidos como una herramienta de solidaridad por la base ante la imposibilidad de muchas estudiantes de poder acceder en los mismos términos que el resto al telestudio y las clases virtuales. Por otra parte, para ofrecer respuestas al silencio institucional ante la falta de certezas de las estudiantes se han creado asesorías estudiantiles y educativas, supliendo así el trabajo que deberían (y en muchas ocasiones no han realizado) los representantes institucionales estudiantiles o los mismos órganos de dirección educativa.

Sin embargo, no sería útil ni sincero dejar a un lado las críticas que llegan a las estructuras estudiantiles aparte de las peticiones de socialización de apuntes o las dudas sobre la evaluación o las becas. Suprimir la crítica durante las situaciones límite escondería a los verdaderos responsables de la nefasta gestión en materia educativa de esta crisis. A ello, se da respuesta desde los sindicatos ejerciendo una posición de denunciante ante los desplantes de las autoridades. Prueba de ello es la campaña pidiendo la dimisión de Emiliano García-Page por sus ofensivos comentarios hacia el profesorado antes del Estado de Alarma, el lanzamiento de críticas anónimas en Navarra sobre la gestión del rectorado de la UPNA de la situación actual o la muestra pública de la existencia de profesorado abiertamente machista en las universidades de Galiza.

En otros lugares las cuestiones y dudas sobre la situación son recopiladas y expuestas por los sindicatos estudiantiles: Asturias, Madrid, Aragón… Por todo el mapa territorial las estudiantes organizadas responden ante la gestión interesada, nefasta y perjudicante de la crisis del COVID-19 esgrimiendo una vez más su repulsa ante el desconcierto en el que se ven sumidas por los distintos rectorados y ambos Ministerios.

Pese a todo esto, no se debe caer en el encorsetamiento y la individualización de la problemática estudiantil aislandola de las vivencias del resto de la población. La transversalidad debe seguir imperando y es por ello por lo que existen asociaciones y estudiantes individuales que se han unido a las redes vecinales de apoyo que la clase obrera ha organizado en los municipios y barrios, probando de esta forma una vez más que la solidaridad de clase sigue presente. Un ejemplo son los contactos con los Sindicatos de Inquilinas para defender ante los abusos de arrendadores a las estudiantes desplazadas de su domicilio o la participación en las bolsas de solidaridad que en Madrid o Sevilla mantienen la dignidad de las vecinas.

Esta asunción del asistencialismo como trabajo principal, en su manera más puramente sindical, supone además de una declaración de intenciones, una muestra de la conciencia colectiva y el poder de organización que el movimiento estudiantil mantiene y muestra en los momento más duros. Es la enésima prueba de la necesidad de trabajar experiencias de Poder Popular en clave tanto de defensa del estudiantado como de ofensiva crítica contra el modelo educativo del sistema capitalista.

 

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